En Veraluz las cosas no son como parecen o, mejor dicho, las cosas que parecen nunca han sido. De vez en cuando algo pasa y yo os lo cuento añadiendo a todo mis granos de inocencia.
Don Rosendo Hijuelo, ya fallecido, hizo un contrato de cesión inmobiliaria a Rita Casas, que pudo haber sido su esposa, permitiendo que Rita viviese allí gratis hasta los noventa años, fecha que los dos imaginaron suficiente. Pero he aquí que la inquilina está como una rosa y, con 92, sigue asentada en un contrato que le fue superado con la edad. Los herederos de don Rosendo reclaman el inmueble, pero Rita dice que no se va, que sólo se va en la sangre de sus llantos, como las heroínas de Galdós. Haciéndose eco del lamento, un grupo numeroso de jóvenes veralucenses acampan en la puerta de la iglesia reclamando eternidad habitacional para la que pudo haber sido esposa de don Rosendo.
Solucionado el conflicto, los agraviados de la acampada solicitan ahora, además de bocadillos y cervezas, que el cura les garantice la potestad para las mujeres de celebrar la eucaristía, o no se irán de la plaza. Creo que el cura ha llamado al Vaticano. Y allí se quedarán hasta que llegue la respuesta o se acaben los bocadillos.
Pedro Villarejo