Invierno en La Molina

14 de noviembre de 2025
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Antes de que llegara diciembre preparábamos las botas y los impermeables porque, como todos los años, íbamos a pasar veinte días en La Molina, invitados por la dueña, una señora mayor amiga de mi abuela. Rodeada de olivos y cuatro cipreses de centinela, la casa resplandecía de blancos grapados por esa piedra oscura , resistente y tierna con la que se adornan en el pueblo las viviendas de labor en las familias pudientes. Algunos niños raros, como yo, nos quedábamos en la ventana mirando el atardecer que doraba las hojas y volvía de amarillo el temblor de las ramas. Los árboles iban a lo suyo: a crecer, sin decir nada. Las tórtolas llevaban a sus parejas en el pico las aceitunas caídas. A la noche, alrededor del fuego, se iban quemando los sueños y los días… Una joya de silencio todo aquello, con el mar tan lejos.

Días atrás volví a la misma casa y a los mismos campos donde siguen alborotados los zorzales prohibidos, por escasos. Ya escasean las varas de varear y las mulas que nos paseaban estarán rebuscando otro pienso en su otra vida.

…Fuera de allí, las algarabías embrutecen las intimidades y ya no hay pájaros alrededor que puedan consolarnos.

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