Cuando las circunstancias cercenan el entendimiento y la vida te oprime y te deja exhausto; cuando eres incapaz de verbalizar todo lo que sientes porque sabes que no te entenderán…
Ante situaciones que tú no has creado, pero que te involucran y te provocan inseguridad, asombro y malestar, lo ideal sería irse. Desaparecer con estilo, educación, agradecimiento y en silencio.
Los espectáculos son solo para el teatro.
Pero cuando tu situación personal es débil y eres tú solo quien lucha contra gigantes, te sientes muy pequeño y no entiendes nada de lo que ocurre a tu alrededor.
Así, perdida y desamparada, aunque todavía no hundida, das pequeños pasos hacia delante entre frustraciones, angustia y llanto. Te esfuerzas por alcanzar esa paz interior que te haga sentir libre, pero no lo consigues, porque tú sí necesitas a los demás ante esa soledad que la vida te ha regalado y que, sin embargo, escondes a los ojos de todos.
Mientras tanto, la vida continúa. Y tú, día tras día, luchas por no expresar de verdad lo que sientes. Tratas de hacerte notar solo un poco, aunque sea únicamente para sobrevivir.
Y, al final, llegas a la conclusión de que es mejor no involucrarte en problemas que no son tuyos, porque temes que hacerlo pueda provocarte rechazo. Y callas, veas lo que veas o escuches lo más disparatado.
Tienes la costumbre de pedir perdón, aunque ni siquiera sabes por qué. Bajas la cabeza, sencillamente porque sientes miedo de exponer tu criterio y fracasar en el intento de mediar.
Esta situación se repite en muchas personas mayores que se ven abocadas a estar dirigidas por otros, ya sean familiares o extraños. Suelen callar y limitarse a observar. Piensan en silencio. Algunos incluso se han quedado casi mudos de no ejercitar la palabra, y así continúan hasta el final de sus días.
Hoy han cambiado muchos de los conceptos de vida con los que crecimos en el siglo pasado. Aquello que entonces estaba prohibido hoy se considera, en muchos casos, viable, aceptable e incluso merecido. La búsqueda del placer por el placer se ha convertido en algo primordial para muchos.
Y el respeto entre nosotros parece practicarse cada vez menos.
Muchos, ya demasiado mayores y con los billetes en la mano preparados para el último viaje, permanecemos en la retaguardia y observamos. Incluso contemplamos a los nuestros, a quienes tenemos más cerca, y descubrimos enormes diferencias entre su manera de entender la vida y los conceptos que nosotros llevamos guardados en nuestro equipaje.
Muchos tuvimos la suerte de ser educados en unos principios que considerábamos fundamentales para una convivencia y una supervivencia sanas.
Aprendimos, en aquel siglo pasado, a respetar. Y quizá por eso lo que vivimos hoy nos lleva —casi nos obliga— a guardar nuestros sentimientos y a pensar en silencio:
«Esto no es bueno».
Sentimos que determinadas formas de interpretar la vida pueden ser una equivocación cuyas consecuencias tendrán que afrontar después quienes hoy las practican.
Lo cierto es que, más tarde, muchos se rasgan las vestiduras ante las acciones deplorables de quienes tienen algo que decir al resto de la sociedad. Son aquellos que, por su posición, nos representan y que un día se sometieron a un juramento al conseguir el puesto codiciado, quizá mientras se frotaban las manos después de la foto.
Y, sin embargo, también hay quienes los envidian. Personas a las que les encantaría seguir sus pasos, que los aplauden y que incluso se sienten frustradas por no haber sido tan listas desde el principio como para subirse a ese codiciado carro que, creen, les permitiría hoy dar rienda suelta a sus sueños y deseos más escondidos.
El mensaje que unos transmiten a otros parece ser:
«Haz todo lo que te haga feliz».
«Déjalos que sean felices; ahora pueden».
Y así viven demasiadas personas, sin apenas freno en sus acciones. Desde el despertar de su sexualidad reciben mensajes en los que los límites y la conciencia parecen ocupar cada vez menos espacio. Si todo se les concede desde el principio, quizá más adelante lleguen incluso a considerarlo un derecho exigible.
Todo ello sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus conductas. ¿Para qué preocuparse? Ya llegarán. Ahora toca vivir a tope.
Lo preocupante es confundir todo eso con la verdadera libertad. Porque cuando la libertad se entiende sin responsabilidad ni respeto pueden producirse auténticos atropellos físicos y emocionales contra quienes no participan del mismo juego ni comparten la misma forma de pensar.
Cada vez resulta más difícil encontrar voces que discrepen de aquello que se ha establecido como norma de vida.
Mientras tanto, los padres intentan establecer límites y normas en la vida de sus hijos, pero determinadas leyes impulsadas por los gobiernos pueden hacerles sentir que sus hijos son convertidos en adultos antes de tiempo, cuando siguen siendo lo que realmente son: jóvenes que todavía están aprendiendo a discernir qué les conviene y qué no.
¿O no?
Los hijos son responsabilidad de sus padres y, en gran medida, también nuestro propio reflejo. Y sabemos que las leyes aprobadas por los distintos gobiernos deben cumplirse.
Pero ¡ojo!
Debemos permanecer atentos y exigir siempre que esas leyes estén dictadas desde la cordura y, sobre todo, desde el respeto a las personas.
Seamos cuidadosos con aquello que admitimos y no dobleguemos nuestra voluntad ante imposiciones sin razón, modas pasajeras o conceptos aparentemente atractivos y permisivos.
Respétate tú primero. Da un buen ejemplo de vida a los tuyos y no abras jamás la puerta de tu confianza a quien antes no se haya dado a conocer.
Todos tenemos una historia. Y es importante conocerla antes de depositar nuestra confianza en una urna, aunque parezca transparente.
¡Nos la jugamos todos!
No permitas que cercenen tu libre albedrío en nombre de libertades que puedan terminar embotando tu mente y alejándote de tu verdadera identidad.
Debemos ser cautos.
Valemos demasiado para dejarnos guiar por falsos profetas.