Las consignas implantadas

25 de julio de 2026
4 minutos de lectura
Justicia | Pexels

Las consignas implantadas, esas que les arrastrarán a las cloacas malolientes al haber levantado, ellos solitos, sus pesadas tapas.

Son situaciones bochornosas e incomprensibles las que estamos viviendo, pues todos los días nos asombramos al ser las noticias peores que las del día anterior.

Antes nos respetaban en Europa, y ahora crean bromas y chascarrillos de todo tipo a nuestra costa, por culpa de los «sinsorgos de culto». Ese apelativo define muy bien a una persona sin sentido, insustancial o con poca formalidad; proviene del euskera y se emplea habitualmente en mi tierra.

Hoy no se respetan las leyes, y quienes para dar ejemplo durante su mandato debían hacerlo nos hacen sentirnos sin integridad moral, sin seguridad en las calles y ni siquiera en nuestros propios domicilios.

Para más descalabro moral, son capaces de negar la imparcialidad de los jueces que juzgan los delitos de unos delincuentes que pensaban que nunca los cogerían.

Todo por el hecho de haber sido capaces de crear un conglomerado de indecentes montajes y mentiras, digno de la mejor película de cine negro. La película El Padrino se queda corta al lado de estos avispados guionistas, además con denominación de origen ibérico, sean de la comunidad que sean. Pero genuinos al fin y al cabo, con el marchamo de «Made in Spain».

La Justicia garantiza la equidad, la igualdad de derechos y el bienestar de la sociedad; busca el bien común por encima del individualismo.

Ese poder judicial cuyas leyes y sentencias algunos pretenden destruir… Unos descontentos iletrados que emplean la maledicencia y el deshonor inventando barbaridades para destruir ese poder, que es el que de verdad rige la estabilidad de los ciudadanos que la respetan y creen en ella.

Sin justicia no existe seguridad para nadie; te encuentras vendido y en manos de unos siniestros buscadores de malas tretas para «afanar» todo lo que puedan.

Solo por representar la ley y no la mentira, la sinrazón y no basarse solo en infundios creados por unos tramposos e indecentes que implantan su ley de mentiras, pretendiendo matar la verdad del poder judicial.

Y las consignas corren de boca en boca de todos los que, de una forma u otra, han participado en las «correrías del tú más» y por lo tanto están implicados. Los creadores de consignas odian a los legisladores, y lo vemos todos los días cuando imparten justicia y esta queda en entredicho por culpa de esa masa de servidores que arengan a los suyos sin acatar las resoluciones.

Y la actualidad arrasa en los periódicos con noticias que asombran a la gente, a esa que cumple con sus trabajos, sus familias y en general actúa correctamente, como manda la buena educación y los principios.

Resistiré, como decía aquella canción que se hizo famosa durante la pandemia y que fue, por desgracia para todos nosotros, el comienzo de lo que estamos viviendo hoy.

Así funcionamos unos, mientras otros crean auténticas cloacas y las airean a los cuatro vientos sin darse cuenta de que cae sobre ellos la mayor inmundicia, mientras en su país y los que nos observan se asombran del endurecimiento del amianto en los rostros de quienes airean las miserias de sus acciones.

Mientras los ciudadanos que tienen la suerte de tener trabajo hoy lo hacen para lograr una vida mejor, otros, con las brochas llenas de detritus, pretenden cubrir esas fachadas tan respetadas que guardan en sus cámaras y vitrinas los estamentos más prestigiosos que forman la tan deseada democracia en la que vivíamos hasta que los aciagos días de hoy nos arrastran al caos, con el consenso de unos cobardes avariciosos.

No se asemejan a aquellos valientes que deseaban vivir en una España con libertad y progreso después de la recién creada democracia, que dio lugar al regreso de muchos de los exiliados que recuperaron su lugar al volver. ¡Fueron días de gloria para España!

Hoy causan vergüenza los comportamientos desde las más altas esferas del poder; son capaces de enjuiciar, sin que les tiemble el pulso, a la mismísima Justicia con infundios y falsedades, todo por implantar esa verdad que lo único que demuestra es la mala conciencia de los creadores de consignas maliciosas.

Ellos saben que la justicia tiene razón, y eso les hace ver lo torpes y engreídos que fueron al crear el territorio Comanche con su gran jefe a la cabeza, y no sentado precisamente en un tipí, el hogar de las antiguas tribus de Norteamérica.

«Estos de aquí» no conocen el acto de fumar la pipa de la paz, sencillamente porque no les interesa.

Prefieren cosas mucho más cañeras y fuertes, como el peyote, que contiene esa mescalina que altera a tope la conciencia y la percepción real de las cosas, y te sientes volando, volando, como un halcón.

¿Quién nos lo iba a decir? Hoy damos vergüenza ajena con nuestra descomposición institucional, esa que unos malos españoles pretenden hacer desaparecer en su esencia.

¡Mal para todos, a costa de unos resentidos dominados por el odio que les inyectaron en vena!

Con lo grandioso que es el poder de perdonarnos los unos a los otros, esperamos que esta situación desaparezca y que esta España nuestra no se convierta en una Venezuela a la que le arrebataron todo lo material, pero en la que quedó íntegra la dignidad de su gente, que hoy nos demuestra su poder y hermosura.

Sabemos cómo empezó su destrucción y el sufrimiento de tantos años; los venezolanos son dignos de admiración por su resistencia, sacrificio y honestidad; son luchadores impertérritos por su libertad.

No permitiremos perecer en esa destrucción de nuestra mejor esencia de ser españoles a manos de unos infames que en realidad no lo son, no se sienten como tales; son apátridas con sus capitales económicos fuera de nuestra patria.

Vivir sin honor es demostrar que nunca actuaron como buenos ciudadanos, y más pronto que tarde caerá la justicia verdadera y se sabrá si existieron actos de traición o el culpable fue el maldito peyote que los confundió… Pero lo primordial es que el dinero regrese al sitio de donde fue sacado.

¡Fin de la cita! Como dijo un señor en su peor día, después de haber finalizado la veda de caza. No pensó que así se pudieron cobrar una buena cabeza. Muchos lo recuerdan hoy como un patético final.

¡Aquello fue el comienzo de lo que estamos viviendo hoy! Muchos lo piensan así cuando templamos gaitas en las calles de nuestros pueblos.

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