Por JUAN ANTONIO RODRÍGUEZ FLORES, su primo hermano.
Hay cosas que uno puede explicar con palabras y otras que, sencillamente, lleva dentro. Este artículo pertenece a las segundas.
Porque cuando hablo de Judith Piquet no puedo empezar hablando de la alcaldesa de Alcalá de Henares, de política, del Partido Popular ni de ningún cargo institucional. Mucho antes de todo eso, yo conocí a Judith. Conocí a mi prima. Y eso cambia por completo la manera en la que puedo contar esta historia.
Judith y yo somos primos hermanos. Su madre, mi tía Concha, es hermana de mi madre. Durante aproximadamente veinte años compartimos una parte de nuestras vidas que entonces parecía simplemente cotidiana, pero que hoy, con la perspectiva que da el tiempo, comprendo que fue extraordinaria.
Éramos niños. Y los niños no entienden de partidos, ideologías, alcaldías ni titulares. Entienden de familia. De correr, jugar y reír. De esperar con ganas la llegada del verano. De saber que había una comida familiar y que allí estarían los primos.
Recuerdo aquellas barbacoas que parecían no terminar nunca, las mesas llenas de gente, las conversaciones de los mayores mientras nosotros vivíamos en nuestro propio mundo. Recuerdo cumpleaños, Navidades, tardes enteras juntos, bromas y esas pequeñas discusiones infantiles que parecían importantísimas y que cinco minutos después estaban completamente olvidadas.
Yo reí y disfruté como un niño más. Fui feliz.
Y ahora, cuando miro hacia atrás, comprendo que aquellos fueron algunos de los mejores años de mi vida.
Judith estaba allí.
Antes de convertirse en una persona conocida públicamente, para nosotros era simplemente Judith. Mi prima. La niña y después la joven con la que compartí tantos momentos familiares, cuando nadie estaba pendiente de una noticia, de una cámara o de lo que pudiera decirse al día siguiente.
Éramos familia. Y punto.
Por eso resulta extraño escuchar determinadas opiniones sobre ella procedentes de personas que solo conocen su faceta pública. Porque una cosa es conocer a Judith Piquet, alcaldesa y política, y otra conocer a Judith, la persona que existía mucho antes de que llegaran los cargos.
Yo recuerdo a la que se reía con nosotros, compartía nuestros veranos y estaba sentada en aquellas interminables comidas familiares. Recuerdo también a la joven que estudió, se esforzó y comenzó a abrirse camino.
Siempre tuvo carácter. Eso no apareció con la política.
Judith nunca fue de agachar fácilmente la cabeza. Cuando creía en algo, lo defendía; cuando tenía un objetivo, perseveraba hasta conseguirlo. Quizá por eso nunca me sorprendió que estudiara Derecho.
De hecho, Judith fue abogada antes que yo, algo que siempre he dicho con orgullo.
Cuando años después decidí estudiar Derecho y dedicarme a la abogacía, ella ya había recorrido ese camino. Para mí fue un referente cercano y real: no alguien cuyo retrato contemplaba desde lejos, sino una persona con la que había crecido.
Después llegó la política.
Judith comenzó a asumir responsabilidades públicas y aquella prima que para mí seguía formando parte de mis recuerdos familiares empezó a aparecer en periódicos, televisiones y redes sociales.
Con la exposición pública llegaron también las opiniones, las críticas y los juicios de personas que nunca habían compartido una tarde con ella.
Muchas veces he pensado: «Si hubieran conocido aquella época…».
Si hubieran visto las barbacoas, las comidas, las risas y los veranos. Si conocieran todos esos pequeños momentos que jamás aparecen en una biografía política, quizá recordarían que detrás de cualquier cargo público existe una persona y detrás de esa persona hay una familia y una historia.
La mía también tiene capítulos dolorosos.
Yo pasé por prisión. Cumplí condena en Alcalá-Meco y allí atravesé experiencias que todavía hoy me duelen.
No quiero utilizar estas líneas para acusar gratuitamente a nadie. Soy abogado y sé perfectamente la diferencia que existe entre una sospecha, una percepción y un hecho que puede demostrarse.
Pero tampoco quiero borrar lo que viví.
Hubo situaciones que me marcaron y decisiones que consideré perjudiciales. En determinados momentos llegué a sentir que ser primo de Judith podía influir en la manera en la que algunas personas me miraban.
No puedo afirmar que existiera una orden política. Tampoco puedo asegurar que las actuaciones de determinados funcionarios respondieran a una ideología concreta. Hacerlo sin pruebas sería faltar al rigor que yo mismo exijo.
Lo que sí puedo afirmar es cómo me sentí.
Yo estaba allí.
Yo lo viví.
Hubo momentos en los que experimenté una enorme sensación de impotencia y llegué a sentir que sufría un auténtico acoso y derribo. Cuando una persona está privada de libertad y depende de decisiones administrativas para cuestiones esenciales de su vida, cualquier sensación de indefensión adquiere una dimensión enorme.
Nunca pedí privilegios por ser primo de Judith. Precisamente lo contrario.
Solo quería ser tratado como cualquier otra persona.
Como Juan Antonio.
Creo profundamente que un apellido no debería conceder privilegios, pero tampoco convertirse en una condena. Las personas debemos responder por nuestros propios actos, no por nuestra familia, nuestras ideas políticas o los cargos que puedan ocupar quienes nos rodean.
Si considero que una institución me ha perjudicado injustamente, utilizaré las vías legales que correspondan para reclamar mis derechos. Lo haré como ciudadano, como abogado y como persona.
Pero tampoco permitiré que mi sufrimiento sea utilizado para construir una historia que yo no pueda demostrar. Prefiero contar con honestidad aquello que viví y sentí antes que fabricar certezas que no tengo.
Quizá todas esas experiencias también me han permitido comprender mejor una parte del carácter de Judith: su resistencia.
Sé lo difícil que resulta mantener la cabeza levantada cuando las circunstancias aprietan. Y esa determinación siempre la vi en ella, mucho antes de que entrara en política.
Cuando pienso en Judith, por eso, no veo primero un despacho. No veo el Ayuntamiento, una rueda de prensa ni unas siglas políticas.
Veo una mesa familiar.
Veo a mis tíos. Veo a mi madre. Veo a mi tía Concha y a mi tío Carlos. Veo a los primos alrededor de una barbacoa.
Veo verano.
Veo risas.
Veo una época en la que éramos simplemente niños y ninguno podía imaginar los caminos tan diferentes por los que acabaría llevándonos la vida.
Mi orgullo hacia Judith no nace de la política. Estoy orgulloso de ella porque conozco su recorrido, porque sé que trabajó para construir su vida profesional y porque, antes de convertirse en alcaldesa, ya había sido para mí un ejemplo dentro de nuestra propia familia.
Eso no significa pensar que nunca pueda equivocarse. Claro que puede hacerlo. Como yo y como cualquier persona.
Puede y debe recibir críticas por su gestión. Quien desempeña un cargo público tiene que rendir cuentas, aceptar la fiscalización y convivir con la oposición. Eso forma parte de la democracia.
Pero criticar una decisión política es una cosa y deshumanizar a quien la toma es otra muy diferente.
Judith podrá ser alcaldesa durante unos años o dejar de serlo algún día. Podrá continuar en política, asumir otras responsabilidades o emprender un camino completamente diferente. Los gobiernos cambiarán, los partidos cambiarán y los titulares de hoy terminarán desapareciendo.
Pero para mí hay algo que permanecerá.
Judith seguirá siendo mi prima.
Seguirá siendo aquella niña con la que compartí una parte de mi infancia; la joven a la que vi convertirse en abogada; la persona presente en algunos de los recuerdos más felices de aquellos años.
A quienes quieran juzgar su gestión política, que lo hagan. Que fiscalicen, pregunten, investiguen y exijan explicaciones cuando corresponda. Eso es democracia.
Pero mi relación con ella pertenece a un lugar distinto.
Yo conocí a Judith cuando no tenía ningún cargo, cuando no había cámaras esperando sus declaraciones y cuando nadie tenía interés político en saber quién era.
Por eso mi opinión personal sobre ella no nace de unas siglas.
Nace de la vida.
Nace de la familia.
Nace de los recuerdos.
También mi propia historia forma parte de quien soy. He sufrido, he sentido impotencia y he tenido que luchar para defender mis derechos. Pero no quiero transformar ese dolor en odio.
Prefiero convertirlo en memoria.
Memoria para recordar que detrás de cada expediente existe una persona. Memoria para defender que las instituciones deben tratar a todos con dignidad, independientemente de su apellido, sus ideas o sus circunstancias.
Ese es uno de los principios que quiero defender como abogado.
Pero antes que abogado soy persona. Y antes de cualquier cargo, partido o batalla política, está la familia.
Por eso quiero terminar exactamente donde empecé: hablando de Judith.
De mi prima.
De aquella niña con la que compartí tantos años. De los veranos, las barbacoas, las comidas familiares, las Navidades, los cumpleaños y las risas. De aquellas pequeñas discusiones que entonces parecían enormes y que hoy solo consiguen arrancarme una sonrisa.
De mi tío Carlos, de mi tía Concha, de mi madre, de mis primos y de aquella familia que nos vio crecer.
Son recuerdos que, con el paso de los años, valen muchísimo más que cualquier cargo.
Porque hay cosas que el dinero no puede comprar, que la política no debería destruir y que ningún titular puede borrar.
Una de ellas es la memoria de una infancia feliz.
Y yo tuve la suerte de compartir una parte importante de la mía con Judith.
Detrás de las palabras «es mi prima» hay casi veinte años de recuerdos. Hay familia, risas, momentos felices, heridas, personas que ya no están y una infancia que jamás regresará.
Hay también una mujer a la que he visto crecer, estudiar, trabajar, luchar y construir su propio camino.
Por eso la quiero. Por eso la admiro. Y por eso estoy orgulloso de ella.
No porque sea alcaldesa.
Porque es Judith.
Mi prima.
Yo estuve allí mucho antes de que su nombre apareciera en los titulares. Reí, jugué y disfruté junto a ellos como un niño más. Y esos recuerdos forman parte de mí.
La vida nos cambia, nos separa, nos golpea y, a veces, nos lleva por caminos que jamás habríamos imaginado cuando éramos pequeños. Pero existen afectos que sobreviven al tiempo y a todas esas circunstancias.
Los quiero, pese a quien pese.
Porque antes que la política, antes que los cargos y antes que cualquier diferencia, está algo mucho más sencillo y mucho más poderoso:
la familia.