Por JOSÉ VALENZUELA
En los papeles del norte de Europa la tinta de los periódicos es fría y juzga sin lástima. El de Alemania, el de Francia, el de Inglaterra; todos escriben con un asombro que se parece al desprecio y a la incomprensión.
Dicen allá, en tierras europeas, que España se está viniendo abajo por los cuatro costados, que las playas de Ceuta están llenas de muertos y los cerros y arboledas españoles son puro tizón.
Se burlan, con una ironía de imprenta, de que el capataz del Gobierno haya publicado una lista de canciones en internet mientras el país se hunde en el caos. No entienden cómo un hombre puede desear un buen verano con una sonrisa de fotografía, mientras las olas arrastraban cuerpos hinchados a la arena, y el humo de los incendios apagaba el brillo del sol.
Para los cronistas extranjeros, España no es ahora un país, sino una paradoja que se lee con sarcasmo en los cafés de Berlín y de Londres e incluso en los bares y salones del oeste.
Porque mientras los periódicos repiten el espanto, aquí la tierra gime con un crujido sordo. El carbón español huele a pino muerto y a olvido, y en la frontera con Marruecos, el agua sigue entregando despojos.
El ministro Marlaska se paró ante los micrófonos con su cara de piedra seca y gesticulante y los ojos vacíos, a decir unas palabras que pocos creen y que a nadie consuelan: «No hubo papel, ni aviso, ni grito del CNI que nos dijera nada de estas setenta y dos mil almas. Las cosas suceden porque tienen que suceder, y no hay ley que detenga el mar». Lo dice sacudiéndose la culpa de la ropa, no sabemos si también de la conciencia; como si la muerte fuera un asunto del clima y el dolor ajeno no tuviera dueño. Habla para las paredes, mastica el silencio, mientras la geografía del país se deshace.
Don Pedro, el atornillado al sillón, no escucha los lamentos de la costa ni el tronar del fuego. Él prefirió irse lejos, allá por Lanzarote, donde el océano golpea los muros altos de La Mareta. Se encerró en su descanso de cuatro semanas, más que ningún otro rey del continente.
El mayor filósofo de Roma, el cordobés Séneca, nos advertía desde la severidad de su mármol: «La peor cobardía del que manda es creer que su descanso está por encima del peligro de los suyos; la púrpura no protege de la infamia al que duerme mientras la ciudad padece».
El gobernante que se esconde tras una piscina privada mientras sus campos se vuelven ceniza no es un hombre libre, e incluso no sabemos si es hombre; es un ciego que ha comprado su paz al precio del desastre de su pueblo.
Un inimitable escritor argentino sabía que el universo es un laberinto de apariencias y que los hombres adoran los simulacros. Hoy la patria se ahoga en la dura y sangrienta realidad de la carne, pero en el centro del palacio, el encantar liderazgo de esta vieja piel de toro, ha elegido la eternidad de Spotify. Ha reducido el dolor de una nación a una breve lista de melodías invisibles.
Al final, los siete millones de almas que todavía parecen que lo votan en los caminos no buscan un estadista; adoran en su ceguera una impecable ficción literaria: Un gobernante que ha logrado el milagro de no estar en ninguna parte mientras todo el país simula que todavía existe.