Mi amigo Pepe, agobiado por el calor de la capital, decidió irse con su pareja unos días a la playa. Consultó folletos, miró ofertas y al final se decidió por un pueblecito del Mar Menor donde, además del paisaje de aguas salinas donde se duerme el sol cada tarde, hay charcas para baños de lodo con propiedades terapéuticas que le vendrían bien para las junturas del cuerpo.
Supo que esas charcas llevan ahí desde tiempos inmemoriales, ya usadas por los romanos para curar dolencias de sus soldados. Pensó que cinco o seis días estarían bien, teniendo en cuenta su exigua paga y que tampoco tenían quien les regara las macetas de casa. Y así lo hicieron. Cansados del viaje, cuando llegaron, decidieron irse a cenar algo a algún restaurante de la zona.
La noche era propicia, la carta variada y no excesivamente cara. Tomaron asiento y, mientras esperaban la comanda, vieron en Google que el nombre del pueblo se debía a D. Pedro Pagán, un señor que vivió en el siglo XIX y que levantó una gran casa con torre de estilo medieval donde nada había.
Al pueblo más le hubiera valido haberse llamado Vista Bella como en su tiempo se le llamó, por ser este el nombre de la casa de D. Pedro. Cuando terminó de cenar y mientras se tomaban el chupito de aguardiente, gentileza de la casa, un magrebí (podía haber sido ruso, paraguayo o español, pero era magrebí) se le acercó por detrás y en un hábil gesto le pegó un tirón de la cadena que llevaba en el cuello más de cincuenta años, llevándose unas cruces y las medallas que sus hijos y sus padres le habían ido regalando.
Y ahí empezó la odisea de mi amigo Pepe. Fue consolado por algunos vecinos y amables viandantes que reconocieron al ladrón en su huida y facilitaron a la Policía Local, que también acudió al encuentro, el nombre y la fotografía del delincuente, al que vieron correr por las laberínticas calles e incluso les indicaron dónde vivía y el lugar donde iba a estar dentro de un rato.
La Policía también sabía quién era, un habitual, dijeron. Mal empezaban las ansiadas vacaciones de Pepe y su pareja. Noche sin dormir por el sobresalto y mañana de denuncia en el cuartel de la Guardia Civil, donde fue amablemente atendido. De camino a la comandancia, el taxi que los llevaba les comentó lo habitual que era eso en una zona donde suele haber gente mayor.
En charla con otros empleados del hotel, le dijeron que hay gente que duerme con la escopeta detrás de la puerta, que roban en casas, que no hay a quien no le hayan robado un patinete, una bicicleta o le hayan dado un tironazo y que, incluso, como confirmaron los locales, van armados. Triste estampa para San Pedro del Pinatar y Lo Pagán.
A la mañana siguiente, de nuevo al cuartel a identificar al salteador y confirmar que era él. La tercera mañana, de nuevo a hacer gestiones e ir a recoger la cita para el juzgado que le gestionaron en el cuartel con diligencia. La mitad de la cuarta mañana se la pasó en el juzgado de San Javier y la quinta fueron de nuevo solicitados para recoger la citación de juicio que habrá de celebrarse en breve.
La funcionaria, que conocía las andanzas y vicisitudes de mi amigo, amablemente le dijo que ya se podía ir a dar los barros o a la playa. Y Pepe pensó: «A casa; nos vamos a casa, que me han amargado. En el camino de regreso, reconstruyó los hechos y recordó la amabilidad y la generosidad de las personas que lo habían tratado y de los que le habían ayudado a reconocer al “chorizo”.
Recordó con pena los años que debía de llevar esa cadena, las cruces y la medalla sobre su cuello, y se preguntó si la Policía Local realmente no habría podido recuperarlo, sabiendo, como sabían, quién era, dónde vivía de okupa y dónde iba a estar en un rato.
Tuvo la amarga sensación de que, aparte de anotar la incidencia en la tablet, podían haber hecho mucho más. Puede que el miedo sea libre, como le dijeron, pero también lo es la libertad de poder llevar una cadena con una cruz, unas medallas o la imagen de Camarón, pongo por caso.
Cualquier parecido con la realidad puede que no sea mera coincidencia.