A Enrique Salazar Ruipérez le llamaban Pipe de niño en Veraluz. Años después, al casarse con una espléndida mujer, Rosalía Domínguez, hija única de un concejal de distrito, llamaron Piporra a su esposa que, además, era muy aficionada a las joyas: se llenaba de oros cuando salía. Enrique Salazar, sabiéndolo, acrecentaba el joyero de su mujer con la proporción que le permitían sus caudales. Nunca eran ostentosos los brillos que la Piporra lucía.
Una Nochebuena, sin embargo, Rosalía se colocó para la cena familiar un collar de zafiros que deslumbraba. Pipe no estaba advertido de prenda semejante, que en un principio creyó ser baratija de mercadillo: así lo divulgó a los comensales sorprendidos. Pero más tarde, a solas, Pipe preguntó a su dama de donde había sacado semejantes azules y la Piporra no tuvo más remedio que confesar:
-El alcalde me presentó a un jeque que pasaba por aquí y yo le invité a café esa tarde en que tú estabas pesando la cosecha de aceitunas. Antes de irse, me regaló este collar.
Pipe se quitó un peso de encima porque no encajaba en que fuese herencia de familia.
Pedro Villarejo