Serafín Somoza estaba formalizando relaciones con una chica de las Alpujarras que estudiaba filosofía y letras en Granada. Él, desde Veraluz, hacía lo posible para encontrarse con ella cada mes o mes y medio, según la arqueta de sus pobres recursos. Seis años mayor que ella, Serafín ya había terminado su licenciatura en lenguas clásicas y, mientras convocaban oposiciones, abrió una academia en el pueblo dando clases particulares. Serafín y a María Angustias, la chica alpujarreña, acudían a las cartas como remedio de ausencias.
Aquellas cartas de novios solían llevar en el papel besos estampados, mechones de cabello con abundante perfume y arrullos interminables escondidos en los pliegues de la cuartilla. Pero María Angustias notó, en el sobre que recibía de su novio, una violación de salivillas en la goma de pegar la solapa. Sospechaba de su madre hasta que un día en la vigilancia del correo la sorprendió entre vahos vulnerando la carta enamorada.
Desde entonces, Serafín prefirió ver a su novia cara a cara antes que escribirle cartas de amor que otros leyeran. En Correos había mucha seguridad, sin contar con las madres entrometidas.
Pedro Villarejo