Asombró su presencia en España cuando vino. Pocos esperaban que su majestad callada irrumpiera con tal fuerza en un pueblo zaherido por sofismas de laicismo y aconfesionalidad, como si los humanos fuésemos pollos de granja. Un martilleo constante de cruces que se derriban y falsos socialismos procuran debilitar el misterio de creer y las estables consecuencias de ese compromiso. León XIV en España hizo ruido con un mensaje presencial y suave, como una piel de visón que se toca y estremece. En el Congreso de los Diputados fue aplaudido como nunca por ser implacable contra muchas leyes defendidas por los mismos que aplaudían.
Estos días en Francia, frente a un presidente de gobierno que acaba de impulsar con vehemencia la ley, ya establecida, de la eutanasia, sosteniendo igualmente el aborto como un derecho (infame), el papa León ha defendido la vida por encima de todo como regalo de Dios sin que pueda estar sometida a la manipulación del hombre: “Las leyes inmorales no son legítimas”.
Ha rechazado la grandeur de una cena de gala, desfiles militares y hasta la legión de honor. Con la serena firmeza de su gesto anunció que a Francia había ido a rezar.
Pedro Villarejo