LA SUERTE EN EL VIENTO

0
cuentos de verano

Buscaba en su cabeza la última frase de su cuento. Llevaba días con ella detrás de la frente, frunciéndole el ceño, burlándose, sin dejarse coger. Se bajó del autobús completamente absorta. Caminaba en aquel estado de semi trance, de forma prácticamente automática mientras su mente se afanaba. Iba distraída, más pendiente de aquel final esquivo que de su entorno. El sonido de un claxon la salvó de un atropello. El conductor gesticulaba como un enloquecido llamándola Dios sabe qué. Se disculpó y volvió a la acera, aún aturdida, dejando atrás los gritos que aquel hombre seguía profiriendo. Movió la cabeza pensando en cómo la ira, en algunas personas, se prolonga más allá del hecho que la produce. En estas disquisiciones estaba cuando de pronto la halló. Su frase… Llegó a ella en un fogonazo, luminosa y extraordinaria. Odiaba que le sucediese aquello, pero siempre ocurría igual. Se rompía el cerebro buscando sin éxito las palabras mágicas y de pronto, en un descuido, en un instante de ausencia, aparecían ante sus ojos, burlonas. Ajena al trajín de la calle, se paró, sacó la minúscula libreta y la pluma que siempre llevaba consigo para tan sorpresivas situaciones y escribió sus palabras voladoras, temerosa de que se le volvieran a escapar.

El aire azotaba los toldos y las ramas, hacía volar los papeles y las hojas. Algunos se pegaron a su cuerpo mientras el vendaval la empujaba hacia atrás. Ella apenas se daba cuenta. Mirando su frase del derecho y del revés, sonreía. Empezó a llover. Como por encanto, un mundo multicolor de paraguas surgió de la nada. Le fascinaban las tormentas. Con un poco de suerte esa noche habría una descomunal. Rayos y truenos, relámpagos, nubes apelotonándose, agua empapando la tierra. Le encantaba la fragancia salvaje, recia, penetrante de la tierra mojada. Debía acordarse de sacar sus escuálidas plantas a la terraza. Seguro que un poco de lluvia les haría bien. Pasó un hombre corriendo por su lado, empujándola, mientras ella cerraba su abrigo y guardaba el cuadernillo. Mirándolo distraída, le pareció desesperado. Se perdió entre la multitud. Ahora que tenía aquellas palabras atrapadas, volvió a la realidad y apretó el paso. Tenía frío.

Llegó a su casa empapada hasta los huesos. Vio su enorme paraguas en el paragüero y le dio la sensación de que se reía de ella. Se lo tenía merecido, por desconfiada. Suspiró. Tenía que comprarse uno más pequeño, que cupiera en su bolso sin fondo. Así, tanto si acertaban los hombres del tiempo, como si no, estaría preparada. Cogió sus plantas y las sacó al balcón sin mucha fe en que mejorase su patético aspecto. Se desnudó, se dejó querer por el agua de la ducha y se puso el pijama. Al recoger la ropa que se acababa de quitar, encontró en el suelo todo aquello que el viento le había regalado. Algún panfleto publicitario mojado y sucio, un billete de autobús, un montón de hojarasca húmeda, un boleto de la lotería…Tiró todo a la papelera del baño menos el boleto. Era del día anterior. Estaba bastante sorprendida porque ella ya no compraba ninguno. Nunca los miraba. Los echaba al bolso y se olvidaba de ellos hasta que era demasiado tarde. Para esas cosas tenía memoria de pez. ¡Qué calamidad!

Vio su ordenador en la mesa de la sala y recordó sus cuentas pendientes con aquel cuento díscolo que no se dejaba terminar. Se preparó un enorme café caliente, cogió su libreta buscando las palabras prisioneras y colocó por fin aquel broche magistral a su relato. Lo leyó y lo releyó complacida, con la satisfacción de haber trazado un círculo perfecto. Relajada y risueña, tomó los periódicos y los ojeó por encima. El mundo iba tan mal como ayer. Casi parecían los mismos titulares… Al llegar a los horóscopos, lanzó una imprecación. Predicciones contrarias para un mismo día. De creer en ellos, habría tenido un serio problema a la hora de decidir en cuál confiar. Se entretuvo en los anuncios por palabras: Vendo, compro, cambio, estoy solo, soy cariñosa…

Siempre acababa sorprendida de la cantidad de vida, sueños, soledades, ilusiones e historias anónimas que se agazapaban tras la letra impresa. Llegó a los pasatiempos y la embargó un sentimiento de desagrado. ¿Qué demonios eran aquellos sudoku? Estaban por todas partes. Todo el mundo, en el metro, en los bares, en las paradas del autobús, los intentaban resolver. Los pasatiempos modernos de los diarios no le hacían gracia. Entendía que ocupaban mucho menos espacio en el periódico pero añoraba aquellos autodefinidos enormes en los que uno mismo se retaba, haciendo un ejercicio de memoria para acordarse de los símbolos químicos, del nombre del gorro de un soldado o de tal o cuál filósofo griego. Daba igual que los hubieras hecho mil veces. El caso era conseguir recordar y, en cualquier caso, aprender algo. Ahora, aquellos cuadraditos con números que había que completar para Dios sabe qué propósito, le daban alergia.

Se terminó el café. Iba a cerrar el periódico pero recordó el boleto. Lo miró. Aquellas cifras no le decían nada de nada. ¿Quién dijo que los números tenían un algo poético? Buscó la página de los juegos de azar. Mientras lo hacía, tropezó en la cartelera con una reposición de una película que les apetecía ver a ella y a un par de amigos desde hacía tiempo. Los llamó. Concretando con ellos el día para ir al cine, encontró los resultados de la lotería. Los miró ausente, mientras conversaba por teléfono. Realmente no los veía. De forma mecánica tomó el boleto mojado y comprobó los números. Coincidían todos. “Sí, sí, el miércoles a las nueve…Claro, tomamos algo y la vemos…”¡¡¡¡¡¡COINCIDÍAN TODOS!!!!!! Colgó el auricular sin saber muy bien si había terminado de hablar. Observaba aquel trozo de papel, el periódico, otra vez el trozo de papel…Comprobó los números de nuevo……¡¡¡¡¡¡COINCIDÍAN TODOS!!!!!! Mientras ella bailaba riendo como las locas en su salón, con el boleto pegado al pecho, exactamente en el mismo sitio al que había llegado en un golpe de aire sin que se diera cuenta, un hombre, calado hasta los huesos, volteaba cada uno de los papeles que encontraba en el suelo, revolvía los montones de hojas caídas, desesperado, corriendo por las aceras, buscando, buscando…Aquella mañana, su horóscopo era optimista “Cambiará tu suerte”. Se perdió en la noche en pos del ave de papel que el viento le había arrebatado de entre los dedos, llevándose tatuados en sus alas los números de la fortuna.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí