A día de hoy, 13 de febrero, Día Mundial de la Radio, este medio de comunicación sigue siendo el más creíble. Su carácter universal, su bajo coste y su sencillez técnica la convierten en un recurso imprescindible, especialmente en situaciones límite. En España lo ha demostrado desde su nacimiento en 1924, con episodios como la noche del 23F, la llamada “noche de los transistores”, o más recientemente durante el apagón del 28 de abril, cuando los pequeños aparatos a pilas volvieron a ser protagonistas silenciosos.
En esos momentos colectivos de incertidumbre, la radio actúa como salvavidas común. Pero también ha sido sostén individual para quienes han sufrido la soledad más extrema. En palabras de uno de los testimonios recogidos por Radio Nacional de España, la radio permitía “seguir la vida” incluso cuando la libertad estaba suspendida o el aislamiento parecía absoluto.
Antonio Izquierdo, misionero oblato destinado en la remota isla de Banks, en el Ártico canadiense, convivió con poco más de un centenar de inuit en un territorio inhóspito. Allí, en medio del hielo y la distancia, encontraba consuelo sintonizando Radio Nacional, que llegaba con “sorprendente nitidez”. Aquella señal no era solo sonido: era vínculo, pertenencia y compañía.
También José Soto García, conocido como Pepín, convirtió la radio en su ventana al mundo. Tras un accidente minero en 1957 que lo dejó postrado en cama y con un pronóstico de vida muy limitado, sobrevivió 30 años. Desde su habitación en Villaseca de Laciana, en León, la radio le permitió mantenerse conectado a la actualidad y transformar una tragedia personal en una historia de superación.
Durante su secuestro por los GRAPO entre 1976 y 1977, Antonio María de Oriol y Urquijo encontró en los medios, “sobre todo la radio”, una manera de mantenerse informado y de sentir que el mundo seguía girando. La voz que salía del transistor rompía el silencio del cautiverio y sostenía la esperanza.
Más dramático aún fue el caso del oficial colombiano Luis Herlindo Mendieta Ovalle, secuestrado por las FARC-EP durante casi 12 años en la selva. En condiciones infrahumanas, encadenado durante largos periodos, cualquier noticia escuchada se convertía en un hilo de esperanza.
Porque cuando todo se reduce a sobrevivir, una voz que informa y acompaña puede significar mucho más que un simple medio de comunicación: puede ser, literalmente, un salvavidas.