Según el lehendakari Imanol Pradales los vascos no quieren fundirse en la magma española sin el privilegio de saber que son distintos. Así llevan pidiéndolo siglos sin que les convengan los resultados. Ellos y los demás estamos hasta el gorro de pedir lo mismo, pero al revés. Ahora, sin embargo, el señor que allí gobierna con el beneplácito de Sabino Arana se ha puesto más serio que de costumbre y exige al gobierno de turno, antes de que se vaya y mermen los privilegios, que se reconozca la “singularidad nacional vasca”. Su singularidad, más apremiante y significativa, descarada y reaccionaria, insolidaria y burlona, está en el famoso “cupo vasco”, del que los demás carecemos.
Américo Castro, que como todos saben era de las vascongadas, dijo de sus paisanos sentencias irreproducibles; alguna de las suaves sí pueden recordarse: “los vascos son nobles y buenos, pero desagradecidos”. Nadie pudo preguntarle en qué consistía su agravio. Probablemente el historiador quiso recordar la indiferencia colectiva de su pueblo para agradecer al resto de los españoles el respeto por tantos privilegios como ellos tuvieron hasta conseguir un alto nivel productivo con sólo poner las manos a cambio de no protestar “por un ratito”.