Con el Santo Padre en la escalerilla del avión que de nuevo lo condujo a Roma, escucho y leo en sitios de interés para contrarrestar la benevolencia de los muchos, que los gastos económicos de la visita papal ascienden a unos veinticinco millones de euros… ¡Como si se pudieran medir la anchura de las tempestades! Puestos a cuantificar, tal visita ha reportado a España una cifra cercana a los doscientos millones: la inversión ha dejado sustancia, aunque los detractores de siempre encuentran despilfarro en todo aquello que es ajeno a su ideología o a sus intereses.
Independientemente de que los cristianos españoles pagamos impuestos y que cada año crecen las cruces favorables a la Iglesia en la declaración de la renta, la convocatoria moral del Vicario de Cristo siempre será noticia de reconciliación y paz entre todos. La riqueza invisible que deja el papa cuando visita un País, es imposible de reducir en números y, mucho menos, pretenderlo: de las peores tierras pueden surgir las mejores cosechas.
¿Quién aseguraría, por ejemplo, que el Presidente de Gobierno, antes de convocar elecciones, no acuda al Cristo de Medinaceli para confesarse?
Pedro Villarejo