Hay datos que sólo pertenecen a la subjetividad de los aprecios: cada persona pondera los perfiles que reconoce como válidos. Sin embargo, hay realidades incontestables, vigorosas de defender a la luz de todas las candelas.
No puede entenderse como progreso de un país arrastrar una legislatura entera sin presupuestos: desconocer el dinero que hay y para qué se emplea desemboca inevitablemente en un despilfarro a ciegas que habrán de enmendar, si pueden, los que vengan. Imposible llamarle progreso amnistiar por cobardía o conveniencia a una banda de golpistas que siguen machacando con lo mismo. Como el hecho de “darle un sustillo” a quien “asusta” con razón por abusos o corrupciones muchas, algunas emboscadas y retenidas para remediar algo el descaro. Tampoco es progreso sacarse de la manga leyes absurdas como la de los nietos o validar los reales decretos que el Congreso declinó aceptar.
No, señor presidente, usted no ha convocado elecciones porque todo va bien, sino porque España va manga por hombro en viviendas, inflación, impuestos, controles… con los jueces no ha podido y no le ha quedado más remedio que acercarnos al 29 de noviembre.