Ante la escasa Majestad de Felipe IV y las aburridas Cortes de los Austrias, eran imprescindibles personajes a sueldo que entretuvieran a la Familia Real. A los bufones, que les estaba permitido todo, también se les consideraba parte sustancial de los cuadros grandiosos de Velázquez, que hasta se atrevió “a pintar el viento”.
Sintiéndome a ratos buen observador, me da la impresión de que eran los bufones quienes se reían de los reyes y no al contrario. Las caras y los gestos de Barbarroja o Lezcano así lo expresan: ellos a cobrar y a reírse de los que pagaban, que por algo entretenían sus llantos.
En nuestro admirable panorama político los bufones saben que lo son, cambian sus organizaciones poniéndoles un nombre distinto que haga reír al personal, pero a fin de mes, con el sobre lleno, llegan a casa y aparcan la cantinela de los independentismos o afanes parecidos.
Menos mal que Velázquez no vive para inmortalizarlos.
Pedro Villarejo