La anglosfera y su declive

5 de abril de 2025
7 minutos de lectura
Banderas de Estados Unidos, China y Europa.
RAFAEL FRAGUAS

Por anglosfera se entiende área de influencia mundial, geopolítica e ideológica, de Inglaterra y Estados Unidos. Incluye también a Canadá, Australia y Nueva Zelanda, países -ricos- de la llamada Commonwealth, comunidad de excolonias del Imperio británico. Las colonias pobres, todo el Caribe anglófono, malviven y languidecen fuera de la Historia: la tóxica herencia colonial las sepultó fuera de combate y no han conseguido levantar cabeza desde entonces; que se lo pregunten, por ejemplo, a los jamaicanos. Durante todo el siglo XIX y muy entrado el XX, la anglosfera pudo atribuirse el control geopolítico e ideológico de gran parte del mundo, mediante su dominio de los mares y océanos, así como por el imperio ideológico sobre buena parte de las conciencias mundiales, dado por su capacidad de dictar e imponer militarmente modelos políticos, estilos de vida, hábitos de consumo y cánones estéticos, incluso morales. Pero tal predominio llega ahora a su fin: Estados Unidos asume a cara de perro su propio declinar, la caída de su influencia mundial y con ella arrastra a la anglosfera hacia su inexorable consunción. No es cosa del acceso a la Casa Blanca de un presidente más o menos atrabiliario. No. Se trata de un fenómeno estudiado por la Ciencia Política que sobreviene cuando se cortocircuitan las relaciones entre un Gobierno y su correspondiente Estado. Los Gobiernos pasan pero los Estados están obligados a sobrevivir, a no ser que un excéntrico millonario se proponga desmantelarlo, olvidando el carácter efímero y contingente de las actividades gubernamentales, como es el caso de Elon Musk, firmante de su propia sentencia de muerte política.

De momento, el gran país trasatlántico se repliega sobre sí mismo, recobra su conciencia regional e insular y se aplica al principio de la “América (bicontinental) para los norteamericanos estadounidenses”, fórmula ampliada a Suramérica de aquella otra “América para los americanos”. Así lo muestran sus pretensiones expansionistas hacia Canadá (¿se propone comerse la joya de la Corona de la Commonwealth, malquistándose con la otra parte de la anglosfera?); y hacia Groenlandia, a la que arribó el malencarado vikingo Erick Hacha de Sangre exiliado por orden de su regio padre, mientras su otro hermano, exiliado también, recaló en la exótica Samarcanda -Smarkand, la marca en clave escandinava-. En cuanto a Panamá, el presidente Trump se plantea quedarse otra vez con el Canal, saltándose a la torera el Tratado Torrijos-Carter. Hacia México, el lenguaje de Donald Trump es el trágala, mientras acaricia la idea, hasta el momento imposible ya que el pueblo venezolano está armado, de derrocar al presidente Nicolás Maduro. Por otra parte, el inquilino del 1.600 de la Avenida de Pensilvania, en Washington, se muestra incapaz de frenar la desbocada belicosidad genocida de Benjamín Nethanyahu, empeñado en rematar la faena de reconfigurar el mapa del Medio Oriente destruyendo militarmente Irán. Ni él ni Nethanyahu saben dónde se pueden meter.

Mercocracia

Cosas veremos en los próximos meses. De momento, asistimos a una guerra de cuño antiguo, comercial, habitualmente preludio de guerras armadas, que pone en juego la pugna por la hegemonía de la mercocracia, el gobierno comercial del mundo, lid en la que China parece llevar ya el principal protagonismo. Esta actividad económica, consustancial a todas las culturas y civilizaciones, asociaba el comercio con el intercambio de mercancías que demandaba, generalmente, paz y diálogo. Mas las cosas no son hoy así. Un nuevo giro de tuerca ha sido dado desde la Casa Blanca contra los hábitos convivenciales que hicieron posible otrora cierta coexistencia mundial por la vía del comercio. Las medidas arancelarias decretadas por Donald Trump -10% como mínimo urbi et orbi, 20% para Europa, 34% para China-, surgen desde el furor del showman inmobiliario apalancado en la Casa Blanca que considera que Estados Unidos no ha hecho otra cosa que hacer el primo ayudando filantrópica, económica o financieramente a medio mundo… ¡a mantener la hegemonía geopolítica mundial de su amado y presuntamente sufriente país americano!

No parece haber entendido Donald Trump que ese dominio mundial tenía un precio, el precio de un déficit comercial estimado hoy en 980.000 millones de dólares. ¿Cómo entiende el prócer inmobiliario neoyorquino que puede mantenerse por todo el mundo una red de más de 800 bases e instalaciones militares estadounidenses, construidas pieza a pieza en la metrópolis y exportadas a parajes tan singulares como Morón, Guantánamo, Frankfurt o Aviano? ¿Sabe cuánto presupuesto destina y destinó desde su fundación la CIA, organización del espionaje estadounidense, a corromper supuestos intelectuales o bien a comprar gobernantes o a derrocarlos? ¿Repara el presidente del tupé anaranjado en los miles de millones de dólares que Washington destinó a intentar hundir a la Unión Soviética? Todo ese dinero ¿de dónde salía? Pues salía de privar a la ciudadanía estadounidense, por ejemplo, de derechos sociales como la sanidad pública, convirtiéndola en un negocio privado donde te puedes morir socialmente desasistido tras trabajar toda tu vida como un loco y sin -o con- seguros médicos irrisorios. O como sucede allí en la educación universitaria, a costa de pagarse cada estudiante su carrera mediante créditos onerosos, sin ir más lejos. Hay quien dice que la red de carreteras interiores de Estados Unidos es de las peores del mundo occidental, pero eso, ¿qué importa, si sabemos que Hollywood magnificará la imagen del país a lo grande, desde aquellas neveras llenas de alimentos del Tecnicolor de los años 50 a las mansiones circundadas de praderas arboladas al borde del mar en un mundo donde todos pueden ser campeones…?

Uno no sabe ya que pensar, si a la Casa Blanca ha regresado un ingenuo, un inepto o un niño grande y, desde luego, perverso. Si bien los grandes cambios políticos no son cosa de un solo hombre o mujer, en el caso del Presidente de los Estados Unidos de América, la impronta personal asignada por su Constitución a la dirección política del país es de una magnitud desaforada, ya que atribuye al titular de la Casa Blanca incluso un ascendiente moral sin parangón en otras cartas magnas. Además, porta el botón del arma nuclear.

Albión

En cuanto a la otra pata de la anglosfera, el Reino Unido, como el genio del cineasta Ken Loach pone de relieve en sus filmes, bracea por no hundirse más tras su abandono brexitiano de la Unión Europea. Claro que, líderes de esta organización continental, contra la cual Londres proyectó desde siempre su animosidad por celos del maridaje franco-alemán, hegemónico en el Viejo Continente, acaban de dar a Inglaterra el balón de oxígeno del protagonismo militar en la guerra entre Rusia y Ucrania. Esto es, le han otorgado la capacidad ilimitada de erosionar, más todavía, la quebradiza estabilidad europea. ¿No son capaces de ver los actuales líderes europeos, que Inglaterra es enemiga de todo tipo de paz, concordia o acuerdos en el interior de Eurasia, porque su designio estratégico talasocrático, imperialista y naval, felizmente periclitado pero aún vigente en las mentes de los gobernantes ingleses, confronta de pechos el carácter terrestre del macro-continente euroasiático al que Europa, junto con Rusia y China, pertenece? Claro que, de esta dirigencia de la UE, cuya omnímoda Presidencia de la Comisión, hay que aclararlo, no procede del voto ciudadano sino de la élite eurócrata, podemos esperar de todo puesto que a su candor hacia el zorro británico, al que han colocado al frente del gallináceo corral europeo, hemos de añadir la cantinela de la cacareada autonomía militar estratégica de Europa con los 800.000 millones de euros procedentes de nuestros bolsillos que Úrsula von der Layen ha decidido destinar a tal fin. Dicen emanciparse así de la férula estadounidense, dada la agresividad arancelaria de Donald Trump, pero desconocen que ese supuesto rearme autónomo europeo no tiene otra finalidad que la de convertir Europa en la avanzadilla de su guerra, la guerra estadounidense indeseada por los europeos, contra China. Guerra que Washington, tras acabar con la guerra en Ucrania, considera inexorable, como si esa conienda le fuera a salvar de su declinación imperial e histórica. Así, el holandés Marck Rutte (La Haya, 1967), secretario general de la Alianza Atlántica, pide una OTAN más “letal”: otro halcón sobrevolando el destino, a vida o muerte, de millones de europeos, nuestros hijos y nietos, a los que parece querer meter en una nueva escalada de la guerra que se libra en el Este europeo y que amenaza con incendiar el mundo.

Vemos pues que, pese a los previsibles zarpazos previos a su consunción, la anglosfera está de capa caída. Las afrentas de Donald Trump hacia Canadá estallan en el seno de este ámbito geopolítico. Tal vez algún hado mueve ahora los hilos de la Historia para que Inglaterra comience a pagar los platos rotos por la arrogancia de sus líderes, como fue la de Arthur Wellesley, duque de Wellington, que por su altanería cabreó tanto a Francisco de Goya mientras posaba para sus pinceles en un encargo de Fernando VII, que el maño estuvo a punto de descerrajarle un escopetazo. Y eso que el duque había luchado valientemente y con denuedo para echar a los franceses de Portugal y de España. O la sobradía, cualidad de las personas sobradas, de Margaret Thatcher, que se ufanaba de desmantelar los servicios públicos, hasta entonces, admirables, de su propio país. O el propio Winston Churchill que inventó aquello del telón de acero sin darse cuenta de que sus ataques a la URSS precipitaban más todavía hacia la irrelevancia imperial a su amada Albión, al fortificar el poderío de los Estados Unidos de América. Claro que, en su haber, hay que reconocerle que anduvo presto a la hora atajar y encarcelar a Rudolf Hess, lugarteniente de Adolf Hitler, que viajó a Inglaterra en plena Segunda Guerra Mundial, con luz verde áulica para entrevistarse con la Casa Real de Buckingham donde había más nazis por metro cuadrado que en toda la Europa invadida por la Wehrmacht.

En fin. Desde aquí no es preciso inventar una leyenda negra contra Inglaterra, artificiosa estratagema de su especialidad, para evidenciar su declinar histórico. Basta con confirmar el reiterado rumbo caótico al que le guía el apetito de sus líderes, imposible de saciar, por reconvertirle en lo que un día fue. En cuanto a Estados Unidos, la coalición denominada AUKUS con Australia y enfilada contra China, no dejará de ser otra más de las peligrosas apuestas que los poderes fácticos de Washington perpetran para restañar su erosionada peana mundial. El problema es que cuando los gigantes caen, en su abatimiento arrastran consigo todo cuanto encuentran. Pongámonos a buen recaudo.

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