Si juntásemos en una fotografía los rostros de la presidenta de México con la del rey de Marruecos, llegaríamos a la conclusión de que ni el poder ni la riqueza hacen felices a sus poseedores. Diera la impresión de que ambos son dueños de conciencias intranquilas o están faltos de afectos o les dan a beber limonadas amargas. Quizá cuando el rey en París se quite la chilaba y el turbante descubra que hay otros aires que facilitan la sonrisa y que la mejicana, incómoda consigo misma, necesite más mundiales de fútbol para forzar su complacencia a los jugadores que ganaron y que hablan español, con cara satisfecha.
De cualquier manera, la Presidenta de México, tampoco Lula el de Brasil, han acompañado a Keika Fujimori en su toma de posesión como Presidenta del Perú. Ellos son de izquierdas y no estaría bien visto que les fotografiaran dando la mano a los mandatarios de Argentina o Chile o Ecuador, tan cristianos ellos, tan de derechas.
Fujimori ha comenzado su discurso de investidura dejando en las manos de Dios su Jefatura de Estado. Y las manos de Dios son las mejores para un buen comienzo.