Independientemente de la cercanía con Dios y sus diferentes responsabilidades, serafines, querubines, ángeles o arcángeles han sido distinguidos y jerarquizados en su representación artística con mayor o menor abundancia en el plumaje de sus alas. Algunos, como Luzbel, pronto cayeron de las alturas por tener las alas mojadas. Lo mismo sucede con los pájaros cuando llueve demasiado, que no pueden volar hasta que un viento nuevo remedie su impotencia.
El expresidente de las joyas imprecisas se ha presentado en televisión española como un querubín empapado en desgracias. Acostumbrado a volar a Venezuela, Arabia, República Dominicana, Panamá… como peregrino enviado para repartir bendiciones en seráfica postura de bienhechor constante, resulta que está investigado por jueces malos que han encontrado comisiones debajo de sus plumas y una desbandada de piedras preciosas verdes, azules y pesadas.
De pronto, su rostro angelical se ha manchado de coincidencias impropias de su oficio y ya no espera vientos australes que recuerdan amores, sino vendavales que le lleven de la mano a cárceles angostas donde pueda rehacer, serenamente, su trágica Memoria Democrática.
Pedro Villarejo