Vivir es asomarse

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AL LÍMITE

Sobre las ventanillas de aquellos trenes machadianos con asientos de madera, una advertencia en plaquita de porcelana: Es peligroso asomarse al exterior… Los motivos de ese peligro no estaban en el exceso de velocidad (éramos, para bien, tan lentos) ni en que se pudiese caer al vacío (que estaba siempre lleno de trigos o de alpacas, tan ordenadas), sino porque del cabezal de la máquina se desprendía carbonilla que nos dejaba los ojos como guindas y negros los cuellos blancos de las camisas. Después, Jardiel Poncela escribió una obra de teatro con este título, pero siempre ha sido peligroso asomarse al exterior. Y vivir no es otra cosa que asomarse.

Por fin se asoman a la luz y a la sangre los recién nacidos que escapan de los vientres como de sombras acolchadas y allí comienzan su llanto: nunca se sabrá si de alegría por la sorpresa o de tristeza por no haber tenido la posibilidad de quedarse dentro.

A los pasillos de su Residencia de Ancianos se asomó aquel viejito con la certeza de que sus hijos irían a por él para pasar juntos las Navidades. Sus lágrimas, al ver que no llegaban, traspasaron la esfera del reloj y detuvieron para siempre su tic-tac de padre en la aguja de los cipreses.

Es peligroso asomarse a los telediarios.

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