-Cuando los tiempos empujan sin descanso, hora es ya, Majestad, de sacar la pluma y hacer cuentas. No necesariamente para dar explicaciones, más bien para entender un poco la causa de irrevocables desvaríos o las manos interiores que nos empujaron a cumplir aciertos. Hora es sobre todo, Majestad, de aprovechar sin asombros la escasa luz que queda. Porque en Zarzuela, Señor, hace ya tiempo que las sombras apagaron el fuego de las candelas.
-Casi nunca la vida nos responde acorde con los sueños porque tampoco supimos debidamente soñarla. Algunos se quejan de que la vida es corta y no es verdad, ya Séneca nos enseñó que sólo está mal aprovechada. Ella maneja las virtudes como escalofríos y nos advierte que la sensatez se aleja si antes de tiempo la sustituimos por un ansioso labio o por un desproporcionado tiempo de placeres… Las claves son, Señor, una gimnasia que mantenga firmes los propósitos y unos bolsillos que no se preocupen demasiado de las esclavitudes. Me permito hoy, hablar en voz alta para acompañarle…
(El Rey Juan Carlos en su exilio se conforma con ser maestro de experiencias vibrando con ellas, y con lo irremediable. Los amores en su vida, más bien fueron deseos, y alguno de los deseos tal vez hubieran podido ser amores. Aunque parezca tarde, siempre queda un lugar para el rescate).
LA REINA DOÑA SOFÍA
(María Gabriela de Saboya era el tipo de mujer que a don Juan Carlos encandila: alta, precisa, exquisita, dominante, pero la princesa, entre dos manirrotos del deseo, prefirió al más acaudalado. Y se casó con Balkani).
(Como un cazador que ha de darle a la caza alcance, el hijo de Los Barcelona buscaba un lazo de seda que le sujetara y encontró en El Agamenón, el barco al que la Reina Federica de Grecia levó el ancla de los apetitos. En él estaba su hija, la princesa Sofía, educada, jovial, con la suficiente belleza como para edificar con ella una familia en la que pudiese dominar el equilibrio, la dorada inquietud y la esperanza).
(A Franco, que vigilaba desde sus torreones las discrepancias, le pareció bien la princesa elegida aunque ya, el entonces príncipe Juan Carlos, oteaba el paisaje de otras hermosuras. Sabiéndose humillada, hubo un tiempo en que doña Sofía mantuvo abiertas las maletas porque su esposo, como Lope de Vega, en horas veinticuatro pasaba de las musas al teatro).
-En sus memorias de ahora, Majestad, se vislumbra un cansancio de infidelidades a quien no las merecía. La Reina madre doña Sofía, con razón, es muy amada por los españoles a pesar de que haya permitido (a los hijos de ahora no se les puede llevar la contraria) que los suyos hayan elegido sólo con el corazón, prescindiendo de venideras responsabilidades que precisan los empeños del deber, más duraderos.
-La irresponsabilidad, Señor, ante la impecable exigencia de sus tareas, ha desvirtuado la grandeza democrática que Su Majestad nos supo alcanzar y que nunca agradeceremos lo bastante. Mas, cuando las humedades son largas, Señor, se desbordan los ríos y se vuelven vanas las espigas sembradas… Es muy difícil ahora recoger el agua derramada. La Reina doña Sofía, su Reina, sigue del Bien enamorada, el Bien que, en aquel tiempo, Señor, Su Majestad tan bien representaba.
LA REINA DOÑA LETICIA
-De la Reina doña Leticia se sabe, Señor, lo que se ve, lo que se intuye y lo que se interpreta. Es decir, las apariencias que, por más que sean engañosas, cuando no se disfrazan lo suficiente, son un libro abierto de conductas.
-A veces la timidez o la falta de preparación o de cuna, suele parecer arrogancia. Quizá haya una mezcla de todo en lo que se dice con el gesto. Por lo que descuelga en sus memorias, Majestad, parece que la Reina de ahora no “reina” en las complacencias de la Familia. Ignoro la calidad de los desaires que pudo sufrir, pero ella se los está devolviendo en lluvias silenciosas. A veces, le puede el temperamento y hasta olvida que está en las catedrales adonde, precisamente, se trastorna con el frío de la extrañeza.
-Motivos personales no tengo, Majestad, para enjuiciar a doña Leticia, ni a nadie. Me da la impresión, sin embargo y usted, Señor, debe saberlo de primera mano, que entre los “razonamientos” del Presidente de Gobierno, de la Reina, su nuera, y la anuencia evanescente de su hijo, el Rey, Vuestra Majestad está consumiéndose en el más injusto desamparo.
(…A pesar de todo, proclama Su Majestad desde el País lejano, con rascacielos y petróleo adonde vive, que está de salud extraordinariamente, pero su foto última no sostiene el argumento, hasta el punto de que pudiera habérsele escapado a Don Felipe, en conversación con la Reina, el reproche de no haber edificado en la Zarzuelita una capilla donde rezar:
(-Si me hubieses escuchado, Leticia, habríamos añadido a nuestra casa un pequeño oratorio, que ahora nos vendría muy bien, nos sacaría de apuros ante la opinión pública, viendo el deterioro de la salud en mi padre… Hay que dirigirse a Dios o a Alguien, Leti, para que se curen las heridas y no sigan sangrando, en espinadas rosas, las venganzas. Con Dios entre nosotros, esposa mía querida, las cosas hubieran sido distintas y hasta el Rey, mi padre, te hubiese coronado con dos besos)…
¡Salud, Majestad, por muchos años!
Pedro Villarejo