Llenando seminarios

15 de marzo de 2026
4 minutos de lectura

(En torno al Patrocinio de San José)

VOCACIÓN, EQUIVOCACIÓN, RENOVACIÓN

Inevitablemente la lógica al uso desestabiliza la lógica en desuso hasta que llegue a parecer absurda o inapropiada. Absurdo es también que mis reflexiones coincidan algo con él, admire sobremanera la persona y algunos rasgos filosóficos de Albert Camus. En su irrepetible Calígula señala que el loco emperador prefiere morir porque nadie le ha traído la luna y, aunque nadie pudo alcanzarle el amor, tampoco el amor hubiese bastado para justificar la vida… Sin embargo, concluye el premio Nobel, “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

VOCACIÓN

La vocación religiosa es ir en busca de la luna y procurar que el amor trascienda en su importancia. Humanamente hablando, el que escucha supuestamente la llamada de Dios se adentra en el absurdo de entregar lo que es, aun sin saber aún de qué dispone para que pueda ser entregado.

Lo que sí ha de clarear desde el principio en su decisión es que ese amor, como la fruta madura, no puede permitirse que pase de los labios porque, seguir adelante, es caer en la trampa de los deseos que detienen el vuelo hacia donde aspira llegar el pájaro solitario en su pretensión de darle “a la caza (a la divinidad) alcance”. A las alas del amor vocacional hay que entrenarlas en el cansancio del vuelo y en el solitario reposo de lo ofrecido… “Cuando tengo calor, me abanican los ángeles”, comentó un seminarista a punto de ordenarse.

La vocación sacerdotal, religiosa en su conjunto, además, es un intento razonado de conseguir que la felicidad ocupe el antiguo lugar de la tristeza. O del desencanto. Y para que ese ideal pueda cumplirse es preciso renunciar, valorar sólo lo necesario e instalarse en el sitio donde llegan, en sucesivos oleajes, los asombros de la fe.

Cuando por fin se decide esa entrega, comienza la batalla de los miedos que, como señala Cervantes en El Quijote, tienen mil ojos y más de mil cavilaciones. Miedo a preferir lo no soñado. Miedo a que crezcan las debilidades frente a las decisiones. Miedo a que por las almenas del castillo interior no pase el viento del Espíritu y nos asole el frío de la intemperie.

A pesar de todo, como hechizo supremo, la vocación es un desgarro de intensidades nacido del misterioso “entréme donde no supe y quedéme no sabiendo toda ciencia trascendiendo”, que exhalara San Juan de la Cruz desde la noche oscura de su silencio.

EQUIVOCACIÓN

Con bastante frecuencia converso con un cura amigo para ajustar las afinidades de la fe y la forma en que es necesario comunicarla. Aunque más de una vez ha recordado con humor la frase del abad Mamerto Menapace: “Lo que más espera la gente cuando habla un cura es que se calle. Porque suele haber más longitud que profundidad en lo que decimos”.

El entrañable cura amigo trata de convencerme que él, la mayoría de las veces, elige callarse, porque los fanáticos abundan, descubiertos o agazapados, en nuestra cercana geografía. Y “antes de que los demás vayan a Toledo a por espadas, yo prefiero no destacar luciendo atrevimientos. Ya afinaba con acierto don Antonio Machado que el español desprecia cuanto ignora. Y aquí el desprecio es grande porque es ilimitada la ignorancia”.

El cura sigue y sigue y yo le alargo la cuerda para que continúe, pero prefiere esta mañana abrirme un libro del catalán Joan Margarit para que juntos sintamos el clamor de un poema:

Estuviste muy poco entre nosotros
pero tal vez aún puedas oír
este canto de pájaros ocultos.
Murmullos de las hojas del dolor
en mi memoria.

Al final, me atrevo a preguntarle:

-Y usted, padre, cuándo reza

-Ah, con el Señor mantengo una continua necesidad de intimidades.

…El que deja de tener con Dios intimidades, yerra en desconsuelos. La suprema equivocación del religioso es creer que se basta solo para transitar por el camino. Sea cura o pretendiente, el alma del que cree y mucho más la del que sirve, es un castillo de diamante o muy claro cristal donde Dios, en la habitación principal de la atalaya, espera con ansias las ansias inflamadas del que llega para recrearse juntos y beberse de un trago el mosto de las granadas, las sabidurías de Dios deshechas en la alcoba… Santa Teresa de Jesús no hablaba de memoria. Y repetía incansable a sus monjas: “Los ojos, en el Esposo”.

RENOVACIÓN

Los fuegos con que se inician todos los amores, si no se les añade leña a tiempo, acaban en ceniza. La decisión de “toda la vida juntos” vibra con intensidad en los principios sin hacer paralelamente acopio de madera para las soledades. Si se cierran los ojos, la luz lagrimea; si se bajan los brazos. el músculo se deshace… Las vidas se desarrollan entre continuos oleajes.

Me contaba este cura amigo del que antes les he hablado que él, cuando le acosan las tormentas, se acuerda del pasaje evangélico en el que Pedro se tira al agua nada más ver a lo lejos el perfil del Maestro. Luego dudó, pero él ya se había tirado… Así fue mi vocación, me dijo con renovado énfasis, y así actúo cuando llegan los naufragios y pienso que me ahoga la turbulencia.

Con el cansancio de los años otra vez vienen los miedos de no haber llevado a cabo lo que Dios esperaba como respuesta a su predilección. Ante su posible abatimiento, al cura de las conversaciones le recordé una frase alentadora de Möeller: “Dios se vale hasta de lo que no es para la salvación”… Por insignificantes que se reconozcan, Dios se vale de cada cura para poner en las mejillas del mundo el beso de la misericordia.

Chicos: ¡Llenen los seminarios!

Pedro Villarejo

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