El director de la revista argentina Cántico, de espiritualidad y cultura, me pidió que entrevistara al cardenal Ortega, arzobispo de La Habana, enmarcado en una catedral preciosa, llena de sal y sudores, como una lámpara desorientada. El cardenal hablaría conmigo después de que celebrara su misa de doce a la que asistí, con abanico, pañuelo y botella de agua, como el que va a los toros en tendido de sol sin toldo alguno.
El cardenal, cuando llegaba alguien conocido, interrumpía la misa, bajaba a saludarle y daba abrazos a todos los que parecían salir del altar de su pecho humedecido. Casi dos horas y luego, al preguntarle yo en su despacho sobre las relaciones de la Iglesia con el Estado, me respondió precavido que eran sinuosas, advertidas de venganza ante cualquier límite sobrepasado que Fidel no permitiera.
-Y cuando dejan pasar ayuda de Cáritas Internacional o de Cruz Roja, el Gobierno se incauta del 75 por ciento, lo marca con el sello de La Revolución y lo vende a su manera, entre sobornos y desdichas… Vivimos a ciegas, expuestos a la arbitrariedad de un destino incierto.
El cardenal se levantó para despedirse, inquieto en un porvenir de sombras.
El hotel donde me hospedaba era un tres estrellas digno, luminoso y aseado, en cuya entrada un mulato de buen porte y edad incierta, enrollaba las hojas de tabaco con sus manos hasta llevarlas a una prensa de artesanía que acababa finamente con el proceso. A la puerta del hotel gente pidiendo cualquier cosa con mucha educación, con cariño y hasta con una ingobernable y dolorosa alegría.
En mi paseo vespertino y a solas por El Malecón, dejando que las olas achicaran el fuego de mis sandalias, se acercó un señor que, por su torpeza en el andar, supuse que era ciego o a punto de serlo… comenzaba también la noche a ser oscura para todos y recordé los versos de San Juan de la Cruz que me acompañan siempre como lámparas: “Oh Noche amable más que la alborada. Oh noche que juntaste Amado con amada. Amada en el Amado transformada”…
-Disculpe que le moleste. Si es usted español le rogaría que me consiga unos cristales para mis gafas cuando llegue a su tierra. Esta es la receta de hace casi tres años que aquí no he podido conseguir… Y no veo, sabe usted, no veo.
Se llamaba, o se llama, Germán Alcaide y pude enviarle nada más llegar la luz envuelta en los cristales que le ayudarían a caminar por los paseos de La Habana con otra claridad en la mirada. Con una esperanza inconcreta.
Antes había visto en una casa semihundida el anuncio de una óptica escrito en un cartón con letra desaliñada: “Se arreglan espejuelos”, es decir, tratan de ajustarse monturas sin ajuste, patillas rotas, luces quebradas…
Como quien cierra los ojos para recordar una historia, Dulce María Loynaz reposaba en su mecedora con la ilusión perdida. Casi ciega, con sus gafas de cristales imposibles, ya sólo quería mirarse por dentro y, acaso, detener el vuelo de un pájaro que se cruzara con su pensamiento.
Me dijeron que vivía en su casona de El Vedado, cuidada por asistentas. “Allí es”, me susurró la muchacha que llevaba un ramo de flores en la mano. Llamé a la casa por donde habían desfilado muchos de nuestros mejores poetas: Alberti, Federico, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano… sus presencias danzaban todavía en el amplio jardín que Dulce María había descrito en su novela más conocida. En aquella casa sobrevivían, como musarañas descolgadas, todas las palabras que sirvieron para hilvanar la difícil costura de los sentimientos.
-“No recibe. La señora no recibe”
-Pero si es un minuto nada más, una mirada.
Y apenas si regresó de su historia nada más verme, aunque tan poco. Una sonrisa fina, de luz desentendida, cruzó su apariencia de ver con mi apetito de verla. Le recité de memoria alguno de sus versos:
Y primero era el agua: un agua ronca, sin respirar de peces, sin orillas que la apretaran… Era el agua primero, sobre un mundo naciendo de la mano de Dios… Era el agua…