A lo largo del día de hoy, 26 de marzo, Noelia Castillo nos dejará. Tiene 25 años y ha decidido poner fin a su vida mediante la eutanasia, tras más de 20 meses de espera, marcados por recursos judiciales, paralizaciones y una larga incertidumbre. Pidió irse y solo le pusieron obstáculos.
Su padre ha luchado hasta el final en los tribunales para que le impidieran acercarse a la muerte. Ha perdido. Hoy se convertirá en el primer caso en España en que se acude a la eutanasia por una feroz depresión.
Noelia, esta carta llega tarde. Llega cuando ya no parece haber margen para cambiar tu decisión. Pero quizá sirva para algo más: para reconocer que, en tu historia, hubo demasiados momentos en los que fallamos como sociedad.
A los 13 años, cuando tus padres se separaron, el sistema tomó decisiones por ti. No supo protegerte.
Fuiste enviada a un albergue donde viviste una de las experiencias más traumáticas que puede sufrir una persona. Sufriste una violación grupal en un centro que estaba tutelado.
Y después, te envolvió una sensación que te ahogaba al lanzarte desde un quinto piso y quedar parapléjica. La sensación de que nadie respondía, de que no había reparación suficiente, de que estabas sola.
Y esa soledad, según cuentas, no se fue nunca.
Se hizo más grande con el tiempo. Con las depresiones que arrastrabas. Con el dolor físico tras aquel intento de suicidio que te dejó parapléjica.
Con una discapacidad elevada que condicionaba cada aspecto de tu vida diaria. Con un sufrimiento constante que no daba tregua.
Y también con ausencias que duelen de otra manera.
Duele saber que has sentido que tu padre no estaba. Que no llamaba, que no visitaba, que no acompañaba. Que, en muchos momentos, eras tú quien tenía que buscar ese vínculo que debería haber sido refugio.
Pero en medio de todo, hay una presencia que merece ser renombrada.
Tu madre.
Ella estará contigo mañana. A tu lado. Acompañándote hasta el final. Y lo hará desde un lugar profundamente humano: no comparte tu decisión, no quiere perderte, pero la respeta.
Porque te quiere. Porque entiende que el dolor que sientes es, para ti, insuperable. Porque sabe que, más allá de cualquier postura, eres su hija y no vas a estar sola en ese último momento.
Es un gesto que no borra el sufrimiento, pero sí habla de amor en medio de la pérdida.
Noelia, cuando decidiste acogerte a la eutanasia, comenzó otro camino difícil. Recursos, bloqueos, decisiones externas sobre algo tan íntimo. Veinte meses de espera. Veinte meses en los que el tiempo no alivia, sino que pesa.
Y ahora, todo llega a su final.
Pero tu historia no debería cerrarse sin preguntas.
¿Qué falló para que una niña de 13 años se sintiera sola?
¿Qué faltó después, cuando más ayuda necesitabas?
¿Qué podríamos haber hecho antes, mucho antes, para que mañana no fuera necesario?
Este no es un caso para dividir ni para simplificar. Es una historia que obliga a mirar de frente nuestras grietas: en la protección, en el acompañamiento, en la capacidad de llegar a tiempo.
Mañana se hará efectiva tu decisión.
Y con ella, nos dejas también una responsabilidad: la de no olvidar. La de no repetir. La de intentar que ninguna otra vida tenga que recorrer un camino tan marcado por el dolor y la soledad.
Perdón por no haber estado a la altura.
Eva