Vivió sin acomodo aunque venía de familia acomodada entre abolengo y olivos. Su almazara llenaba de sabores verdes los eneros de todos los desayunos y ella, sin embargo, untaba el pan con mantequilla. La señorita Inés se levantaba tarde porque nunca tenía prisa y se asomaba pronto al balcón por si descubría un pájaro nuevo posado en los herrajes de la casa de enfrente. La señorita Inés, luego, se sentaba al piano para interpretar a Mahler, su favorito, al enterarse de que su esposa Alma reconoció en otros, y no en él, los mejores sonidos. Desde entonces sintió una infinita pena por el músico. La señorita Inés podría tener cuarenta años y no conoció varón porque, aquellos que estuvieron a punto, los descubrió más interesados que interesantes.
Iba a misa los domingos a las doce, del brazo, junto a su amiga de infancia. Luego tomaban un fino y almendras en el único bar con pretensiones que había en la plaza donde solía ir don Ramón, el cura, a saborear su caña de cerveza.
Aprovechó don Ramón la presencia de la señorita Inés para sugerirle que tocase el órgano de la iglesia mejorando así el sabor de las misas. Algo desafinado está, se lamentó el sacerdote, convencido que el desajuste era capaz la señorita Inés de solventarlo.
Y de ese modo, entre ensayos y afinamientos, la señorita Inés y el cura encontraron otros órganos que tocar (que algo también desafinaban) y dedicaron mucho tiempo a ajustar las teclas de la soledad… Al año, reconocieron su equivocación y la señorita Inés volvió a sus olivos y el señor cura puso música desde el altar con un enganche electrónico que acababa de salir al mercado. Se pidieron perdón y todos supieron comprender.