¡Porque yo me lo merezco!

5 de abril de 2025
4 minutos de lectura
Jóvenes usando el teléfono móvil. | Fuente. David Zorrakino / EP

«¡Porque yo me lo merezco!» o «¡Porque yo lo valgo!». Este es un eslogan antiguo de una marca de belleza y que algunos lo llevan tatuado en su propio ser, y es un concepto típico del egoísta pensar solo en sí mismo, sin importarle los demás. Suelen carecer de empatía y su máxima es conseguir lo que desean por encima de cualquiera y cueste lo que le cueste.

Vivimos por desgracia todos nosotros en una sociedad que da muestras de una falta total de empatía hacia todos, al carecer de la mínima cercanía hacia los demás, teniendo nula toda preocupación por ellos.

Hoy el consumismo está implantado en muchos y en grado preocupante en los jóvenes, aunque en algunos casos también son acompañados por sus padres, quienes no los han frenado ni en tiempo ni en forma, más bien todo lo contrario, han sido inductores de esas conductas, al no limitar sus impulsos para lograr conseguir todo lo que han deseado en ese momento,
luego es demasiado tarde para toda la comunidad familiar, y se convierten en víctimas de un consumismo absurdo.

Lo más preocupante en algunos casos es la frialdad hacia los demás, incluidos compañeros y «amigos», incluso sus propios padres y hermanos o familiares, sabiendo que tienen carencias vitales, pero eso no es su problema, su necesidad de poseer aquello tan deseado, eso es lo primordial.

En muchos casos es para demostrar a otros su supremacía y, en cierto modo, jactarse ante el que no tiene ese poder sin pensar que no lo necesita porque es rico en valores.

Son tan «obtusos» que no se dan cuenta de que esos sí son libres
y su auténtico premio es su vida dentro de su privacidad al no tener que demostrar nada a nadie.

Hoy esas conductas proliferan, y si no les ponemos freno irán en un aumento imparable.

La forma en la que hoy educamos a nuestros hijos no es la más apropiada, pero no disponemos de tiempo y en algunos casos el cansancio aniquila las ganas. Trabajan los padres y los chicos entre clases extraescolares, incluido deportes y estudios, están hasta arriba, muchos abuelos no dan más de sí, ellos también están cansados, pero continúan adelante, por sus hijos y nietos, siempre en silencio.

Por eso el consuelo de muchos pequeños, jóvenes, adultos y mayores es conseguir aquello que les despeje la mente de sus obligaciones por un tiempo, consiguiendo ese objeto, ropa, juego o el coche nuevo, y que quedarán obsoletos en un corto espacio de tiempo y a esperar las siguientes novedades que calmen sus enormes e imparables deseos consumistas, y así
librarse de esas catarsis familiares.

Vivir feliz solo gracias a los caprichos apaga cualquier empatía, digna solamente por esos auténticos seres humanos, que al ser capaces de amar lo intangible, al tratarse de un maravilloso sentimiento, demuestran poseer una total fuerza de voluntad para no amontonar y poseer «cosas» que terminarán guardadas en esos trasteros o baúles desechables que nadie vuelve a mirar en años.

No solo son objetos, también esos caracteres les proporcionan el no admitir negación alguna por lograr amistad y, en muchos casos, ese amor de pareja conquistada otro triunfo para su ego.

En la adolescencia es muy peligroso toparse con uno o una egoísta que se pueda encaprichar de la «parejita» de otro o de otra, muchos llegan hasta lo inimaginable por creerse que se lo merecen todo, incluidas personas y sentimientos.

No conocen la mesura, y no es cuestión de comprar lo que se les antoje, simplemente es superar al amigo, compañero, conocido o simplemente al vecino, es una pugna vergonzosa.

Debemos sacar tiempo de donde sea para poder hacerles ver a padres y a hijos que no todo es consumir y amontonar esos móviles, tabletas, ordenadores que ya no les sirven, y todo porque las innovaciones son constantes, y así están propiciando un consumismo atroz.

Ahora, con esas consignas programadas y repetidas hasta la estenuación, están arrastrando a muchos a tirar a la basura toda clase de artilugios electrónicos, muchos de ellos continúan funcionando, pero al no ser de ultima generación ya no les interesan.

Mucho cuidado, esta acción se puede extender a personas muy mayores, cuando ya no pueden ofrecer nada para fomentar ese brillo familiar, sin percatarse de que guardan en sus memorias un auténtico tesoro a extender a los «suyos».

Lo peor son los ejemplos de los propios padres, muy quemados y cansados de trabajar, llegando muy tarde a casa, también ellos sucumben a esas necesidades y así poder sentir sus vidas más compensadas y mejoradas, y todo por la querencia implantada del «¡Porque yo me lo merezco!».

Es como una recompensa en la vida que nos está tocando
vivir, y que nos está resultando cada día mucho más difícil llevar el ritmo de los que nos ilustran con sus ostentaciones descaradas.

Esta sociedad está enferma de vanidad, avaricia y falta de cordura, y así no sabremos cómo enfrentarnos a las tragedias que nos puedan venir cuando menos las esperemos.

Ser cautos y practicar la mesura, no sabemos en qué momento nos puede sorprender un cataclismo, producido por la naturaleza o por esos hombres sedientos de poder y triunfo.

Es en ese momento cuando nos tengamos que enfrentar solo con nosotros mismos, con nuestras fuerzas y con esa verdad tangible de perder todas esas cosas, nuestras propiedades, nuestras posesiones y acumulación de muchas o pocas, da igual, quedarán solo en nuestros recuerdos.

¡Estamos a tiempo desde ya! Comencemos a crear y no a destruir, a ser más condescendientes con nuestro prójimo, sea del color que sea su partido o creencia, rememos todos a una y llegaremos a crear ese mundo idílico que hoy en día solo existe en algunos libros y películas.

Vivir en paz es el mejor tributo que debemos ofrecer en nuestras vidas y así desterrar el miedo del hombre por el hombre, vivir con miedo nos hace sucumbir en el fracaso.

Que no tengamos que repetir esa frase de «Aprendamos de los animales», esos que respetando sus territorios, sin invadir el de los otros y cumpliendo con sus leyes establecidas, sobreviven en sus junglas.

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