Pastillas, religión y poemas

16 de abril de 2023
2 minutos de lectura
Antonio Machado.
El poeta sevillano Antonio Machado. / EP

Frecuentemente, por no decir casi a diario, converso con un cura amigo al coincidir en su talante religioso, en cómo él concibe la fe y su forma de comunicarla. No crean, en otros muchos temas, disentimos.

Entre bromas y veras le dije esta mañana una sentencia del cartujo Menapace:

-Lo que más espera la gente cuando habla un cura, es que termine. Porque suele haber más longitud que profundidad en lo que dicen.

Con sonrisa de picardías controladas, el cura amigo salta, como si tuviese preparada la respuesta:

-Tampoco conviene exagerar. Lo que sucede es que, en nuestro oficio, hay muchos tiempos de contemplación, horas que ayudan a sufrir y observar los disparates de alrededor. De ellos, pueden brotar dos consecuencias: o una lucha verbal o un convenido silencio. Yo elijo callarme, porque los fanáticos abundan, descubiertos o agazapados, en nuestra enrevesada geografía. Y, antes de que algunos vayan a Toledo a por espadas, yo prefiero no destacar luciendo mis atrevimientos.

El cura amigo termina de toser y continúa:

-Ya afinaba con certeza el sevillano Machado cuando escribió: “El español desprecia cuanto ignora”. Y aquí todo lo hemos aprendido a medias, según el tamiz agrietado de los que, en cada legislatura, cambian las leyes de enseñanza.

El cura sigue y sigue. Yo le alargo la cuerda para que continúe:

-Me desayuno cada día con pastillas y poemas. Una pastilla para la próstata, otra para el colesterol, varias para el azúcar… Todas de golpe en la boca. Ellas sabrán donde tienen que ir, porque de salud -de casi nada-, se desconocen los caminos. Las pastillas, sin embargo, están bien enseñadas y circulan por dentro de la sangre como mariposas hambrientas…

Los griegos esculpían en sus columnas: “Nada en demasía”. ¿No serán demasía tantas pastillas? En todo caso puede tratarse de otra exageración más en mi vida… A veces, me arrepiento de una alborotada promiscuidad con ellas: me acuesto con unas, me levanto con otras.

-Y tras los zumos y las pastillas me dirijo a los libros de poesía, abiertos sobre mi mesa solitaria. Hoy, por ejemplo, me detuve en estos versos del catalán Joan Margarit:

              Estuviste muy poco entre nosotros,

              pero tal vez aún puedas oír

              este canto de pájaros ocultos.

              Murmullos de las hojas del dolor

              en mi memoria.

Concluyendo, me atrevo a preguntarle al cura amigo:

-¿Y usted, padre, cuándo reza?

-Ah, con el Señor mantengo una continua necesidad de intimidades.

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