Las Capitulaciones de cualquier compromiso real son secretas, aunque previsibles. Por encima de cualquier veleidad o desencanto debe prevalecer la Institución a la que se comprometen servir pensando en el bien de todos los españoles, en nuestro caso.
Los expertos en casas reales aseguran que un futuro rey no debe casarse con quien quiere, sino con quien puede. Yo creo más bien que debe hacer todo lo posible por conjugar el amor con la responsabilidad y coincidencia formativas de quien debe acompañarle para siempre. Porque si no coincide lo uno con lo otro, después pasa lo que pasa. Y “el después” viene en seguida… Atinar siempre es difícil.
Si bien las Capitulaciones se desconocen, bien aclaradas están en el Sacramento matrimonial de la Iglesia que, cuando uno de los contrayentes no es católico siendo agnóstico o ateo, se compromete a no impedir que la descendencia sea educada en la religión católica, cuyo rito y condiciones, ambos han aceptado.
A la vista está que la educación y orientaciones religiosas entre el Rey y la Reina de España son distorsionadamente competitivas. Y, cuando lo esencial del comportamiento tiene parámetros tan enfrentados, crisoles tan distintos, las consecuencias son desordenadas y convulsas, como si en un carro de bueyes cada uno de los animales tirase en dirección contraria (valga el ejemplo inoportuno).
En ningún momento a la Reina de España se le ha visto dócil y sumisa, tampoco tiene por qué serlo, pero en bastantes ocasiones su comportamiento dista mucho de la majestad con la que debiera ungir sus apariciones y compromisos, ya que representa la suprema dignidad ante todos los españoles. La más destacada fue el rifirrafe que mantuvo con la Reina Sofía en la catedral de Palma de Mallorca para imponer su criterio de que las princesas no debían retratarse con su abuela. Desde entonces, las veces que se le ha visto en una iglesia ha sido para acudir a funerales de puro compromiso. En estos tiempos, todavía navideños, todas las familias reales de Europa han acudido a cultos religiosos visiblemente, menos los nuestros.
Ya conocemos la sentencia de don Gregorio Marañón: “La reina de las abejas no tiene aguijón, y si lo tiene no lo usa; porque reina no por la fuerza, sino por la majestad”… Con todo respeto creo que a nuestra Reina le falta majestad , que es precisamente la que controla el aguijón.
A la Reina Victoria Eugenia, esposa sufrida de Alfonso XIII, “le obligaron” con infrecuentes modales inquisitivos a abjurar de su credo anglicano para convertirse en católica. Al menos era cristiana y su religión, al fin y al cabo fue el resultado de un capricho morboso de Enrique VIII. Antes de llegar a España, Victoria Eugenia ya se santiaguaba.
Creo sinceramente en la libertad de culto que asiste a la Reina Letizia y a cualquier ser humano, pero me crea sinsabores el hecho de que entre en una catedral o abadía como el que va de paseo por la Castellana. Si mal no recuerdo fue Luis Vives quien animó a creer en Dios y alabarlo, ya que nos dio el caballo ligero de la imaginación que nos lleva a todas partes.
Desconozco la influencia educacional que haya tenido la Reina con la Infanta Leonor, su hija y heredera. Obligación tuvo en permitir que la fe católica fuese el sello de su conducta. No obstante, viendo a doña Letizia entrar en los templos “por obligación” y con rostro de sentirse ajena, permítaseme que lo dude.
…El Rey Felipe VI ya ha tenido tiempo de darse cuenta que a los más cercanos les cuesta mucho trabajo santiguarse.