Nunca más te llamará mamá

15 de marzo de 2026
3 minutos de lectura

Él ya no está aquí

Qué caprichosa es la muerte: cuando algunos desesperados la desean, no llega; pero cuando estás centrado en tu vida y tu familia, llega sin avisar y, como un ladrón, te la quita.

“La Muerte le preguntó a la Vida:
—¿Por qué todos te aman y a mí me odian?
La Vida le respondió:
—Porque yo soy una hermosa mentira y tú una verdad dolorosa”.

Aquella mujer mayor, entrando en la década de sus ochenta años, esperaba en esta vida su final, tras haber perdido su propio corazón con la muerte de su único hijo.

Se revolvía en su sillón y miraba el cielo azul en aquella mañana del mes de julio que se presentaba tan terriblemente calurosa como los días anteriores de aquel horrible verano.

Estaba inquieta. Había pasado una mala noche por el calor y por las noticias que recibía desde el mes anterior de su querido hijo.

Su última conversación a través del móvil, después de años de silencio, fue muy difícil y preocupante, pues él la llamó varias veces durante aquellos dos meses y le contaba cómo se sentía.

La última semana hablaron y él desnudó su alma dos días antes de “irse”. Ella, como un confesor, guardó todo aquel dolor y pesar que llevaba su hijo, con un gran peso a sus espaldas, y lo arrojó al corazón de su madre. Ella lo verbalizó meses después.

Lo que vivía le hacía sentirse desvalorizado, ninguneado y no respetado. Quería regresar a su vida anterior, después de haber volado del nido veinte años atrás. Explicaba cómo era su día a día, como un mal sueño. Estaba muy dolido y desmotivado, y sentía una enorme falta de cariño. Se sentía solo.

Esa madre, anulada en la vida de su hijo, viuda desde hacía veinticuatro años, sufría en silencio y siempre se mantenía a la expectativa, por miedo a esa depresión que él padecía y de la que, al parecer, estaba siendo tratado.

Las enfermedades mentales están creciendo y surgen en todas las edades. Son muy difíciles de entender, pero la solución es encontrar un buen psicólogo a la mínima y, en último caso, al psiquiatra. Siempre es vital pedir ayuda médica.

Esa madre, en la distancia, sin saber, sin oír, sin ver todo lo que estaba padeciendo su querido hijo, nunca fue informada de la evolución de su depresión.

No existía contacto familiar. Solo lo mantenía a través de WhatsApp con su hijo. Nunca le dieron la oportunidad de hacerla sentirse abuela ni familia; solamente era la madre de él, y sufría esa soledad con la que llegó a sentirse abandonada por quien más había querido: su único hijo, que era toda su vida desde su nacimiento.

Sabía que estaba allí con “su” familia, esa que él eligió libremente. Su madre los vio por primera vez dos días antes de que se celebrara la boda con aquella chica que él le presentó como su novia.

Él no padecía del corazón. Tenía una depresión que le producía una insatisfacción persistente que lo hacía infeliz.

El día anterior llamó a su madre para comentarle algo y le dijo:
«Mamá, mañana te lo cuento. Hoy no lo entenderías».

En ese momento escuchó las llaves en la puerta y colgó, como solía hacer siempre que la llamaba.

Por desgracia para esa madre, la llamada del día siguiente no se produjo. Fue esa noche de intranquilidad la que la hizo despertar a la terrible realidad de la muerte de su hijo, mientras miraba tras los cristales el cielo azul con una extraña pesadumbre.

Pues a su adorado hijo el destino no le dio opción y, esa madrugada del domingo, cuando todos dormían, según le contaron, algo le pasó.

Algo que surgió en su salud sin darle tiempo de pedir perdón ni de perdonar, y que le provocó la muerte, dejando constancia a las ocho horas y veinte minutos de aquel domingo del mes de julio —que resultó ser el último día de la vida de su hijo— cuando el forense certificó que su corazón había dejado de latir.

Esa madre, que no puede superar el dolor, se quedó vacía y enferma de ansiedad por saber.

Dice que, desde que se fue, lo siente más cerca de ella y sabe que ahora su hijo, por fin, es feliz. Y eso le da paz dentro de su gran dolor.

Su propia vida se fue con él, aunque su corazón sigue latiendo día tras día por su querido hijo.

Ella sabe que su voz no la volverá a escuchar jamás llamándola mamá.

Es una reflexión de esa madre. Siempre que le preguntan y se interesan por ella, esa gente buena que la arropa, suele responder lo mismo, con aceptación:

«Ya nadie me llamará mamá».

Es demasiado doloroso, triste y antinatural para una mujer que fue madre y a la que la muerte le robó la mayor riqueza que poseía: su único y querido hijo.

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