Son solo cuarenta y siete números para unos seres sin conciencia.
Esas cuarenta y siete sillas vacías, con los nombres de las personas que no debían haber muerto, aparecían vacías, llevadas por sus familiares, rotos de dolor, ante las puertas del Congreso de los Diputados.
Mientras, los impasibles continúan explotando sus vicios con sus múltiples acciones en contra de muchos de los ciudadanos, incluidos los que les subieron al podio del poder.
Todas estas familias lo único que piden es justicia para sus padres, hijos, hermanos, abuelos…
Todos ellos, muertos por la negligencia de quienes estaban a cargo de la seguridad de los ferrocarriles por no haber cumplido con el deber de su mantenimiento.
Todo ocurrió por unos ineptos puestos a dedo, que lo único que podían hacer era esperar órdenes por ser incapaces de tomar decisión alguna.
No sabían que era inminente lo que se les presentaba, con una terrible tragedia que estaba a punto de producirse.
Es sangrante lo que está ocurriendo desde hace años en esta España nuestra, que en los últimos años están troceando, enfrentando y dejándonos sin respuestas en múltiples leyes que nos arrastran al desasosiego, miedo, inseguridad y auténtico pavor por esas consignas que pretenden inculcar en nuestros jóvenes.
Pero como sus hechos les preceden, a más fallos, más rechazo. Y en esta España de siempre, no la que nos venden hoy, las muertes ni se olvidan ni se perdonan.
Y las negligencias ocasionadas por los ineptos que dirigen puestos de vital importancia convierten en culpables a quienes los nombraron. Ante semejantes hechos, todos sentimos una enorme desconfianza por la falta de seguridad que nos transmiten.
Y parece que todo lo hacen con una premeditación retorcida y muy hiriente, en más de la mitad de los ciudadanos que solo pretenden vivir en paz y con seguridad.
Ya está bien de jugar a la pelota con las responsabilidades de los unos y de los otros.
¡Solo existe una cabeza visible!
Las muertes claman venganza desde ese silencio que nos mata a los que quedamos esperando respuestas reales, verdaderas y comprobadas.
Todo lo enmarañan para tapar lo presente con lo anterior; son muy hábiles los zurdos en crear cismas, mentiras y patrañas. Está visto que la maldad agudiza los malos sentimientos, en una palabra: «la mala fe».
Nos demuestran día a día que lo importante es no pensar en los demás y, al lograr gobernar a costa de lo que sea, ese será el tiempo ideal para enriquecerse y poner en práctica sus sucios juegos morales, sin importarles crear más víctimas.
¿Cómo se puede juntar gente así? No tienen freno de ningún tipo y la conciencia no la conocen; ellos solitos se delatan al ir rezumando su podrida ambición.
Deben saber que ese dinero logrado con sus sucias patrañas está maldito y les devolverá con creces el daño ocasionado a todas esas personas de buena fe que confiaron mientras ellos se rieron de todos.
Lo triste es que aumentan, por desgracia, el número de muertos por sus malas gestiones, y la mayoría producidas por falta de responsabilidad entre los responsables, colocados para agradecer favores o para callar bocas.
El caso era vivir sus días de vino y rosas, sus noches, días y sobremesas sin pensar que, mientras ellos se divertían babeando, mucha gente, la nuestra, se perdía para siempre.
¿Qué ha pasado con esas leyes que se cumplían para poder vivir en paz? ¿La carta magna se cumple? ¿Vivimos en una democracia? Son muchos, demasiados, los que dudan y temen el color que está tomando nuestra actual historia.
Mientras los responsables se hacen las víctimas y viven sus días plenos de vicios y ambición, siendo ellos la representación de quienes arrastran muertes a sus espaldas sin estremecerse. Es una situación que nunca debió haber sido consentida en un país libre.
Las víctimas no les importan; ellos viven sin conciencia y los muertos, para ellos, son solo números.
Vivimos un descontrol por estos irresponsables que no nos representan; cada vez aumentan más los ciudadanos descontentos y aterrados por lo que pretenden hacer con nuestro país.
¿Queréis comunismo?
Informaros, leer, estudiar y, si no os importa vuestro futuro, mejor el de vuestros hijos; pues uniros al paquete de los pasotas y seguir esperando el Gobierno del bienestar, ese que nos prometen pero que no llega. Lo vimos, pero aquella cortina maldita en una sede nos avisó de que estaba próximo el caos.
Y dicen… Yo no quiero saber, no quiero involucrarme. Ahora sabemos cómo nuestros gobernantes abrirán sus mansiones para acoger a todos los que viven en las calles de toda España. Es que son tan magnánimos…
Es absurdo expresar nuestro malestar; vemos y sentimos que no estamos representados por tener una laxa oposición. Es tiempo de hablar claro y sin miedo.
Solo tenéis que ver las lecciones de amor que nos pretende dar un iluminado al que no le importa su país ni su gente, ni las vidas perdidas durante su mandato. No os engañéis: es solo un postureo demasiado patético para tenerlo en cuenta.
Y más llamando «cambio de opinión» a las mentiras que salen de su engolada voz.
Continuaremos contemplando sus vicios, sus mentiras, sus depravados gustos, sus amigas y sus hermanitas postizas.
¿La pobreza en España había terminado?
¿Estos pretenden resucitarla?
No esperemos que la justicia, por lenta, deje de ser justicia.
Luchemos para que todas esas verdades, tapadas y ocultas por previos pagos económicos, morales o por amenazas si hablan, salgan a la luz.
Que la justicia los desvele y los castigue con toda contundencia, obligándoles a que regresen a las arcas del Estado todo el capital extraído.
No seamos borregos guiados por un mal pastor que nos esté guiando hacia un profundo abismo.
Somos únicos, libres pensantes y creemos en lo que fuimos.
Lucharemos para renovar nuestro antiguo poder como país, como gente fiable, y poder renovar la confianza perdida por quienes nos vendieron.
¡España no tiene precio y los españoles no nos vendemos!
¡Estamos orgullosos de nuestro nacimiento en esta nuestra querida tierra!