No solo están rotos esos corazones dolidos, también sus mentes, que se van perdiendo poco a poco.
Se sabe que ellos dan señales con sus comportamientos, y más si viven con sus familias, pues suelen mostrar indicios de peligro. Comienzan haciéndose cortes, para castigarse o para pedir atención. Suelen crear situaciones ilógicas para cualquier mente normal.
La solución no es solo tenerlos medicados. Llegan a estar mejor, pero al bajarles o cambiarles la medicación, en algunos casos las ideas suicidas afloran de nuevo y regresa a sus mentes enfermas la idea de irse, de desaparecer de su entorno y de esta vida, que para ellos es muy difícil afrontar día a día.
Pasan sus días con reproches mentales hacia todos. Se sienten como las víctimas propiciatorias siempre, se martirizan mentalmente y llegan a tener horror a enfrentarse a cualquier sencilla situación; todo es un mundo insuperable para ellos.
Suelen vivir muy mal. Un cambio ya pactado con su familia, como ir a descansar unos días en verano al lugar de siempre, si se modifica, les hace sentirse perdidos, solos, frustrados e incomprendidos, incluso despreciados. Sienten un miedo incontrolable ante la soledad en la que se ven con esos cambios, que sus mentes enfermas no asimilan.
Llegan a ser totalmente incapaces de enfrentarse a nada ni a nadie. Pierden completamente su autoestima y llegan a resultar irreconocibles respecto a cómo eran antes de enfermar.
En algunos casos, pierden el trato incluso con quienes se sintieron muy queridos y arropados antes de volar del nido. Las distancias y las nuevas formas de vida, con la familia elegida, los dejan solos ante sí mismos y sin apoyos exteriores, al vivir en otras ciudades lejos de quienes les brindaron cariño antes de crear sus nuevas familias.
Suele ocurrir más en el caso de los hombres. La dominación de algunas mujeres es muy negativa en ese aspecto: suelen imponer la presencia de su familia materna y dejan de lado a la paterna, mientras que a ellos solo les queda acceder para vivir en paz y sin reproches.
Las depresiones, en un principio, les hacen sentirse anulados y faltos de cariño. Son difíciles de llevar, y si tienen hijos es mucho peor si les quitan la autoridad ante ellos, haciéndoselo ver sin tacto y con falta de cariño.
Es entonces cuando pierden totalmente su verdadera identidad, esa que les dio prestigio gracias a su inteligencia, estudios demostrados con carreras superiores y formas de vida.
Pero, al verse desvalorizados y despojados de todo ante sus propias familias, se pierden en sus ensoñaciones y se apartan de su familia creada al sentir ese rechazo que los aleja, al no darles ese valor tan necesario para salvarlos.
Y viven en un infierno, con un sufrimiento atroz ante la falta palpable de respeto y amor de los suyos. Llegan a sentirse en un entorno de incomprensión, y es la espoleta de salida en la que suelen ampararse cuando se proponen terminar con ese sufrimiento, como sea.
Siempre, de alguna manera, piden socorro a sus médicos, pero las citas tienen largas esperas en la sanidad pública, mientras sus mentes se deterioran cada vez más, siendo a veces lo más lógico internarlos al no tener otra salida.
Mientras tanto, esas mujeres y sus hijos, si los tienen, son incapaces de ofrecer entendimiento, perdón o palabras de aliento. Esos enfermos suelen mostrar un sentimiento de culpabilidad y necesitan comprensión. Ya no tienen nada que ganar y, al no mostrarles otra salida sus familias, sienten que no tienen nada que perder.
Si les cierran las puertas —o mejor dicho, se las abren— para que vuelen solos, elegirán irse para siempre de una forma u otra. Es terrible cómo en esos casos dejan a esas madres con la sangre helada ante las maneras de despedirse de esos hijos a los que con tantísimo amor engendraron.
Pero decidieron irse al no ser capaces de afrontar la vida que se les presentó, sin pensar que, mientras hay vida, existe esa esperanza tan curativa para las almas atormentadas.
Tienen que acostumbrarse, por responsabilidad, a esa familia creada, aunque esa situación en muchas ocasiones supere a muchos. Existen los divorcios y las separaciones antes de llevar una vida infeliz; nadie se lo merece.
Los “toques mentales” que suelen tener hacen imposible conocer los diagnósticos que padecen, pues nunca informan a nadie, por muy próximos que sean.
Solo avisan cuando ya han dejado de existir, y lo único que pueden mostrar a sus seres más queridos es ver esos cuerpos encerrados en una caja, que cuesta demasiado abrir por quienes se erigen ahora como sus dueños.
Incluso ante esas madres que acuden junto a esos hermanos del alma que les llorarán siempre, sin comprender semejante injusticia contra lo que queda de ellos: un cuerpo martirizado por una mente que no fueron capaces de curar quienes estaban legitimados para hacerlo.
Dejándoles vivir con un miedo que les supera al verse con responsabilidades de cualquier tipo, por no saber afrontarlas. Al verse solos con sus mentes perdidas es cuando aumentan los deseos de desaparecer de este mundo tan cruel para ellos.
La praxis que emplea la sanidad pública en estas enfermedades es insuficiente; es una enfermedad invisible. Y la falta de médicos de psiquiatría es bien conocida por todas esas familias.
Comienzan casi sin darnos cuenta, destrozando sus vidas y las de quienes les quieren y sufren por ellos. Deben intentar ser tolerantes con ellos, pero sin imposiciones. El mejor tratamiento en familia es darles un lugar sin quitarles su sitio ni relegarlos; ellos lo perciben y lo verbalizan siempre a quienes no conviven con ellos.
Quien no ha sido capaz de perdonar condenará su vida a ese recuerdo trágico y doloroso del porqué de ese terrible final. Esas familias llorarán por esos seres queridos, con esa enfermedad invisible que les terminó matando.
Ellos no se matan; les mata su terrible enfermedad, que les va conduciendo poco a poco a cometer el más terrible de los actos contra uno mismo.
Es muy importante indagar en esas mentes tan alteradas por la enfermedad que padecen y poder parar de una vez esa sangría que, por desgracia, se está repitiendo demasiado.
Es muy doloroso que queden inscritos sus nombres en esas tristes estadísticas como suicidas, siendo vidas que se pierden por no haber recibido a tiempo una atención adecuada. Son vidas que se podrían haber salvado.
Hoy podrían estar vivos, tras haber vencido ese terrible momento de crisis que les estaba dominando y que fue su mayor enemigo: unas mentes enfermas que se convierten en sus más despiadados verdugos.
Es muy necesaria una buena sanidad pública, con atención y seguimiento en situaciones de riesgo, más aún en enfermedades en las que la psiquiatría, con buenos especialistas comprometidos con su profesión y con una remuneración adecuada y justa, pueda dedicarse a ellos y no a certificar muertes por suicidio.
No más suicidios: lo primero es intentar la curación de esas mentes enfermas, que con sus muertes dejan familias destrozadas, con muchas preguntas en el aire que no obtendrán jamás respuesta.
Las vidas son el regalo que recibimos al nacer. Para los católicos son sagradas desde el mismo momento de ser engendradas; por eso todos debemos respetarlas, cuidarlas y amarlas.