Decía la santa de mi madre que después de los ochenta años todo es gracia de Dios. Cualquier prolongación es un fastidio para las arcas del Estado pero una alegría para que puedan verse a los nietos crecer o sostenerlos en casa mientras encuentran un piso o echarles un cable para que compren un teléfono móvil. Pequeñas alegrías, al fin, que justifican la complacencia de mantener la vida con sentido, más de lo previsto. Porque, mientras estamos aquí, Dios sabe que es por algo y por alguien, como Unamuno solía justificar el prolongado sentido de la existencia.
Válgame el cielo si este consejo se malinterpreta como intención de doblegar voluntades pero, a los ochenta años, es urgente reflexionar sobre lo mal hecho, corregir enredos, acercar distancias y, sobre todo, rechazar las grandes mentiras, que pudieron ser bien pagadas por el inductor beneficiario. En una palabra, a partir de los ochenta, y siempre, hay que limpiar a fondo la bandeja de plata de las manos desde la que ofrecer a Dios lo que se ha sido. Las demás cuentas corrientes no cotizan en las bolsas del Paraíso.
Esté tranquilo el señor Tezanos que, ni mucho menos, estaba yo pensando en él.
Pedro Villarejo