Temo que el portavoz en el Congreso de Izquierda Republicana de Cataluña entre en una crisis biorítmica, le crezca el rojo de sus mejillas, se quiebren las venas de su papada y nos quedemos sin un defensor tan preclaro de la democracia desorganizada. Cuando el otro día le vimos con sofocante ira desde su alto pupitre señalar a “esta gente” de la derecha como la destructora del desorden establecido, si ganan las próximas elecciones, España entera valoró su análisis con la sensatez requerida hasta llegar a la conclusión de lo verdaderamente terrible: que él pueda quedarse sin el escaño y sus dietas correspondientes.
Le pudimos ver cómo entraba en pánico conforme iba contabilizando los votos posibles de sus adversarios, es decir, de aquellos que defienden a España frente a la desolación de su presencia y de otras tan opuestamente parecidas.
Me dicen que ha prometido adelgazar si lo proclaman todas las izquierdas españoles como su jefe supremo. Algunos sastres ya están tomando medidas para que luzca en las pasarelas del Congreso como un nuevo Petronio de los que no aportan nada, pero sí bronca en sutiles armonías, como una mariposa serenamente encendida.