A Donald Trump, salvando muchísimo las distancias, le ocurre como a Santa Teresa de Lisieux que, siendo niña, le ofreció una de sus hermanas retales para vestir a sus muñecas y la santa, sin dudarlo, le respondió: “los quiero todos”.
El presidente de los EEUU , con tal que haya petróleo, ·tierras raras”, minas de oro u otras “cosas sin importancia”, busca la forma de apropiárselo todo. Aunque Irán se le resista y esconda en Cuba proyectos a medio plazo (según el tiempo, a él no le quedan muchos) que aún no han sido revelados, colocó en Venezuela a una chica agasajable y encubridora para que dejara abiertos los grifos de la abundancia y diera la impresión, sólo la impresión, de que pronto volvería allí la democracia; mientras, él ensancha su Mar-a-lago hasta alcanzar un mar-océano. Ahora está entrando en razones con Dinamarca para quedarse con los hielos de Groenlandia y asegurarse que nunca le falten cubitos en sus güisquis de Escocia.
Como buen amigo que parece ser del sultán nada extraño sería que, aprovechando las vacaciones intelectuales de nuestro presidente, visitara en chilaba con el moro Ceuta y Melilla, por si les viene bien montar juntos un chiringuito que les convenga.