La noche estrellada

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la noche estrellada
Noche estrellada

Si no atendemos a los silencios de la noche, no escucharemos la luz melodiosa de las estrellas, que abanican con su luz el aire de los amores y de las verdades

Por sus remolinos de luz, por la desilusión en sus alcobas, por el agobio de sus amarillos, Van Gogh es mi maestro preferido. Antes que ese día amaneciera, pintó su Noche Estrellada, tras aguardar el instante en que la noche más pudiera sorprenderse en su atrevimiento de sueños. Como un niño que quiere que le dejen un rato más en la cama, las volutas retorcidas en el añil de las primeras luces, evocan en el lienzo el sufrimiento agradable de todo lo nuevo que los días descubren.

Los Magos de Oriente tampoco deseaban el estallido de la aurora. Seguían a una estrella que sólo puede verse de noche. Si les llegaba de pronto la luz, perderían la referencia porque estaban convencidos de que la luz buscada era más grande que la luz de la estrella aparecida. De noche. Únicamente de noche se puede descubrir lo que el trasiego del día trata a veces de desfigurar en sus engaños.

Convengamos en que la noche enmadeja los ruidos y deja libre y sosegado el pensamiento para que se pueda discurrir, con el mar enfrente, quién está detrás de tantos oleajes para que no se escuchen lo sonidos de dentro. Recapacitar sobre quién potencia o permite una fiesta de seis días, en una finca granadina ocupada por cuatro mil jóvenes, entre drogas y excesos (La libertad es un puñado de responsabilidades no una continua borrachera). Quién destroza la cruz, en el parque Ribalta de Castellón porque la ley señala que es franquista. La noche ayuda a valorar en qué fragua afilan estos desmemoriados sus pensamientos…

Si no atendemos a los silencios de la noche, no escucharemos la luz melodiosa de las estrellas, que abanican con su luz el aire de los amores y de las verdades. Muy de acuerdo estoy con el viejo proverbio que señala: “El día tiene ojos, la noche tiene oídos”… desde ellos pueden escucharse mejor las iniquidades que traman los que gobiernan el mundo.

Dostoievski tenía claro, como los niños en la fiesta de los Reyes Magos, que mientras más oscura es la noche más brillan en ella las estrellas. Se duermen antes, por eso, esperando con ansias el amanecer de los juguetes, ajenos al juego que juegan los demás con nuestros sueños.

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