Los días 17, domingo, y 18 del pasado abril se produjo una situación insólita en los juzgados de la plaza de Castilla de Madrid. Ante la fiscal y el juez que estaban de guardia el día 17 desfiló, llevado por la policía, un joven marroquí de 20 años con un historial de atracos y detenciones nada desdeñable, Houssam L. Estaba allí por su último atraco. Uno más.
Prestó declaración y el juez le dejó en libertad a petición de la fiscal adscrita a su juzgado. Les llamó la atención su juventud y su historial de chorizadas, pero como el delito por el que había sido llevado allí por la policía, otro atraco, entendieron que no eran muy grave y le pusieron en libertad.
Este es uno de esos caso en los que el delincuente entra por una puerta al juzgado y sale por la otra libre ante el cabreo de la policía.
Houssam salió de los calabozos de la plaza de Castilla y no tardó en volver a las andadas.
Sobre las 13.00 horas del día 18 de abril, la citada fiscal caminaba por la calle de José Abascal y se topó con una escena horrible.
Un joven tenía fuertemente atrapado por el cuello con una mano a un joven de Valencia que estaba de turismo en Madrid. En plena calle, al lado de un cajero automático. Y con la otra mano le daba tirones de una cadena de oro gruesa que no lograba arrancar ante los lamentos de la víctima.
La fiscal y otro transeúnte presenciaron la escena, y vieron como segundos después lograba arrancar la cadena del cuello y huía con dirección al paseo de La Castellana.
Pero antes de huir, la fiscal se fijó en la cara y se quedó petrificada: vio que el agresor era el mismo chico al que un día antes había interrogado junto al juez en el juzgado de guardia y que, gracias a ella, había quedado en libertad.
Tras oír sus alegatos de inocencia, en los calabozos de los juzgados todos los reos dicen lo mismo, que no han hecho nada, el juez le preguntó a la fiscal que qué hacía con él, con Houssam, y ella, y el abogado de oficio, pidieron que lo dejara libre. Y se fue a la calle. Pensó que no lo volvería a ver.
Pero se encontró con él cometiendo otro atraco apenas 24 horas después de haberle tenido delante, casi estrangulando a un turista de su misma edad para arrancarle una cadena. Lo reconoció al instante, y ella misma avisó a la policía. Se identificó como fiscal. En ese momento no mencionó que ella lo había dejado en libertad el día anterior.
Como había huido, hacia el paseo de la Castellana, varias dotaciones policiales hicieron batidas por la zona y le detuvieron. Llevaba la cadena de su última víctima y otras de otras.
Desde que salió de la plaza de Castilla no paró de delinquir, con la mala suerte de que la principal testigo de cargo era la misma fiscal de la vez anterior, la que convenció al juez de que no revestía peligro y que se fuese a la calle.
Tras su vuelta a los calabozos, la propia fiscal acudió al juzgado al que le había caído el atraco de la calle José Abascal y comentó a su colega que ella se ofrecía como testigo, que lo había visto todo circunstancialmente cuando caminaba al mediodía.
El chorizo esta vez sí fue a la cárcel. En el juicio, cuando llegue, la fiscal será su principal ogro.