Jubilaciones: el oficio de marcharse

28 de junio de 2026
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En un instante los años se desploman venciéndose unos sobre otros y los recuerdos diluidos, sobrepasados, fingen no darse cuenta

Llegado el momento nada se abandona. Nos retiramos sin ruido, con un cortés adiós y franca sonrisa que se extiende a todos los que nos acompañaron en ese inhóspito viaje de controvertidas querencias. Los que quedan, y los que marcharon antes que nosotros, abrieron surcos profundos de despedida. Cada vez el pavimento resuena con menos pasos.

Recogemos objetos que dormitaban sobre la mesa que pierden su sentido. Serán recolocados en algún otro lugar que no les pertenece, quedando tan extraños como un ex-nativo en los polos o en los extremos de un desierto. El sentimiento contradictorio no reconvierte la irreversibilidad del acto.

A las miradas indiferentes se sobreponen otras a las que si les importará la ausencia. De repente ya no se pertenece a ningún sitio. El tiempo se ralentiza y somos dueños al completo. Con tanta hora liberada la inutilidad puede ser considerada como un triunfo. Es buena manera de empezar a ser otro, o el que ya éramos, ocultos en la ingente tarea. No volveremos ascendiendo al lugar que nos obligó el cumplimiento para descender de nuevo aún más solitarios. Las labores se dan por finalizadas. Lo inacabado definitivamente archivado. Lo pendiente como un buen barbecho a la espera.

En un instante los años se desploman venciéndose unos sobre otros y los recuerdos diluidos, sobrepasados, fingen no darse cuenta. Queda el acto final, la celebrada huida amenizada por las tópicas, torpes palabras, pronunciadas con visos de sinceridad forzada, y tal vez el reloj o los aperos que nos entregan a fin de que no se nos ocurra en la despedida darnos la vuelta.

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