Algunas veces ni siquiera el diablo quiere ser tu amigo. Ocurre en aquellas ocasiones en que todo esfuerzo es inútil: por mucho que sea apropiado y correcto el acto, el resultado final está decidido de antemano. Se quiebra lo emprendido con tanto empeño.
Lo peor es el gesto de la mueca paralizada que dibuja el rostro; ese asombro ridículo por inesperado y la mirada indulgente de los que te rodean, colocándote de nuevo en el lugar al que creías no pertenecer.
Su persistencia recuerda que esta es la única ubicación posible, el minúsculo montículo que llegarás a ocupar. Eres un testador que solo genera deudas, un heredero que nada obtendrá de lo ajeno. Tu valor es la medida de lo que obtienes.
Tahúres de autoayuda desvelan que es más útil aprender de lo que no ha sido y que el éxito es un espejismo que se consume en sí mismo. Toda meta perseguida es una falacia que te aparta del correcto camino; no obstante, ¿qué gloria cabe en la derrota?
Solo el optimismo forzado nos mantiene en el juego, procurando iniciar la nueva empresa con la máquina mejor engrasada. El intento de sostener el muro con piedras no adecuadas producirá el mismo resultado: deben ser alisadas solo las apropiadas.
A pesar de ello, ¿por qué insistimos en elevar eternamente la roca a la cima acompañando al viejo Sísifo? También sabemos que en el futuro moriremos, que las olas no siempre retornan, pero eso sucederá otro día.