Geopolítica del egoísmo estatal

17 de febrero de 2026
5 minutos de lectura

Conviene no confundir la igualdad con la uniformidad, ya que se trata de otra idea, incluso antagónica de la igualdad

En los círculos mundiales aún pensantes, cunde un rampante desasosiego. La inquietud sale al paso por doquier. Para atajarla, se proponen hallar el hilo conductor, si lo hay, que explique la conexión de todas las anomalías, crueldades e irracionalidades que observamos en la dirección de la actualidad mundial.

Algunos miembros de tales círculos, muy pocos pero lúcidos, aseguran que esa clave se encuentra en la premeditada demolición de una idea que ha presidido la historia de la Humanidad a lo largo de siglos: la idea de comunidad, de sociedad, de colectividad humana. Y de su síntesis ética, la idea de igualdad, que inspiró la polis griega, la democracia, el Derecho Romano, el cristianismo, el socialismo, incluso el feminismo y el ecologismo, así como las reformas y revoluciones emprendidas por los seres humanos para hacer habitable nuestro mundo a través de la convivencia en igualdad, requisito imprescindible de la justicia y la equidad.

Conviene no confundir la igualdad con la uniformidad, ya que se trata de otra idea, incluso antagónica de la igualdad. Que hombres y mujeres, por ejemplo, compartan su derecho a ser iguales ante la ley no puede presuponer que pertenezcan al mismo sexo, porque pertenecen a sexos distintos. Una cosa no puede ser simultáneamente la misma y su contraria, alertaba ya en su día el pensador Aristóteles.

Confusión de categorías

Toda la batahola de desafueros que observamos en las decisiones políticas y geopolíticas del hoy por hoy principal líder geopolítico mundial parecen obedecer a un paralogismo, a una confusión categorial, esto es, a planteamientos que cuentan con apariencia lógica pero que carecen de fundamentación racional: tal confusión, que identifica el símbolo con lo simbolizado, el laurel con la victoria, le lleva a imponer la preminencia política absoluta del discurso del individualismo estatal hegemónico, naturalmente el estadounidense, sobre el conjunto de los Estados mundiales. No se trata del individuo, que lógicamente es y existe; concebimos el Estado, todo Estado, como un actor racional individualizado. Se trata más bien de su tóxico ismo individualista. Es éste su adjetivo excluyente que arranca del ser humano y del Estado mismo su ser social.

Trataremos de refutar tan dañina hipótesis. ¿Qué es lo que el individuo posee por sí mismo, qué es aquello que no ha recibido de los demás a través de sus progenitores, familia, alimento, cuidados, escuela, templo, contorno comunitario, desde el lenguaje hasta la Cultura, los estilos de vida, el Arte, la Ciencia, la técnica…, en definitiva, el saber colectivamente, socialmente, acuñado durante siglos? El individuo solo posee por sí y para sí la capacidad de mezclar, en proporción única, suya y propia, aquellos elementos, semejantes a los de los demás, recibidos de una sociedad en la que nace, vive y muere.

Trasladado el individualismo asocial, el egoísmo, a la escena de los Estados, el individualismo estatal resultante genera la lucha de todos contra todos, que desde el principal foco de poder mundial, hoy la Casa Blanca, ésta trata de imponernos; si prospera, el resultado obtenido será el poder absoluto, a mayor gloria del más poderoso, tras tan vergonzosa impostura. El egoísmo estatal preconizado por Donald J. Trump es pues lo que se halla detrás del nuevo y virulento expansionismo codiciosamente versado contra Canadá y Groenlandia; tambie´n se encuentra tras el intento de someter México al designio depredador que acaba de aplicar a Venezuela, secuestrando a su presidente y ambicionando los recursos ajenos; de la reapropiación del Canal de Panamá, país soberano y su dueño legítimo; del menoscabo vergonzoso de Europa a la que quiere ver genuflexa; al cabo, de los preparativos de una guerra cierta contra China y del intento de obtener para su país un prestigio, en esta ocasión a mano armada, que Estados Unidos perdió en la arena internacional tras un siglo de infausta hegemonía cuando, en tantas ocasiones, olvidó el respeto a la libertad estatal ajena, a la democracia propia y al Derecho Internacional.

Obcecación

Por consiguiente, de la obcecación de tal sistema de ideas basado en el individualismo estatal, egoísta y asocial por naturaleza, todos los demás somos víctimas, al sernos impuesto el trágala de que lo colectivo, lo comunitario y lo social, el Derecho internacional, los Derechos Humanos y la ley, ya no existen. Se trata de una tóxica y arcaica añagaza, heredada de quienes solo saben aplicar a sangre y fuego a los demás la represión y la amenaza de una uniformidad política sumisa, con la medicina del pánico como única y tóxica receta, la que envenena hoy, como envenenó ayer, todos los planos de la vida mundial.

La extensión del dicho hobbesiano “el hombre es un lobo para el hombre” a la esfera estatal “el Estado es un lobo para cualquier otro Estado” es la principal aberración causante del desasosiego mundial reinante. ¿Por qué? Porque para ese sistema, el del capitalismo financiero asentado hoy en cierta forma de anarco-imperialismo del que tal idea surge, que vive de reproducir exponencialmente la desigualdad entre los seres humanos y de enemistarlos con la Naturaleza, animales, bosques, ríos… a los que se propone saquear, la idea social de igualdad estatal, de estatalidad sociable, ha sido, es y será su peligro existencial, tal vez el único capaz de acabar con su oneroso dictado.

Desterrar la idea de comunidad, de sociedad y su correlato, la igualdad real, legal, política y económica, entre todos los seres humanos y Estados, erradicarla, será pues el objetivo prioritario de quienes con chulesca altanería e irresponsabilidad manifiesta persiguen yugular la igualdad a toda costa. Para lograrlo, disponen de medios militares y económicos inconmensurables.

Un antídoto

Se tratará pues de buscar y hallar un antídoto contra el nuevo pantocrator, el todo-fuerza, el individuo desquiciadamente individualista enfermo en sus delirios de auto-exaltación que, títere en manos de otros que no dan la cara, quiere regir el mundo imponiendo su desaforado ego, castrador y demencial. Y lo hace demoliendo y destruyendo todo aquello que costó siglos trenzar: la conciencia social generadora de humanidad, de armonía entre pueblos y Estados mediante diálogo, acuerdos, pactos y consensos; también a través de necesarias reformas y revoluciones, como la que preludió la propia independencia estadounidense, o la francesa y la rusa, que restauraron en distinta medida la sociabilidad del género humano en busca de una emancipación general.

El antídoto no es otro que la razón. La principal arma con la que ha contado la Humanidad para abrirse paso en la historia. Desde ella, todo resulta comprensible y superable. Pero desde la irracionalidad, como desde la muerte, nada resulta remontable ni comprensible.

Propósitos legítimos

Si legítimamente, Estados Unidos trata de salir de su crisis estructural y de su evidente declive, deberá plantearse salir del capitalismo en crisis, no sojuzgar a otros Estados y pueblos para eludir su responsabilidad en la mejora propia saqueando los bienes ajenos. Deberá abandonar las sanciones, los boicoteos, los aranceles onerosos, los estrangulamientos de pueblos como el de Cuba, Venezuela, Irán o el de Palestina, entre tantos otros. Habrá de olvidarse de las intervenciones militares, golpes de Estado y tantas exacciones como ha cometido contra otros pueblos. Si desea reindustrializarse, pretensión legítima, habrá de hacerlo ateniéndose a geopolíticas, políticas financieras, laborales y salariales humanas y recobrar el prestigio mundial obtenido en la lucha que libró contra el nazismo, perdido luego por la sangre derramada para imponer su designio imperial directo, a través de la OTAN o de Israel: Corea, Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Egipto, Irak, Palestina, Venezuela…

Todo ello requerirá una transformación titánica en Estados Unidos, que implicará parar los pies a la desmedida ambición privada mediante el fortalecimiento del Estado federal, desangrado premeditadamente por los halcones del ultraliberalismo; fortalecimiento no en clave militar sino en la recuperación de la legitimidad democrática perdida. Solo así Washington podrá reintegrarse al concierto de las naciones y proyectar una acción, nacional e internacional, positiva y desasosegante para la mejora de sus gentes y la convivencia internacional. ¿Quedará todavía allí talento colectivo para acometer estas tareas?

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