Perplejo y desolado. El mundo asiste así a acontecimientos geopolíticos que, cada hora que transcurre, estremecen abruptamente el panorama internacional. Se trata de arbitrariedades geopolíticas criminales e irresponsables, basadas en decisiones perpetradas por personajes atrabiliarios, zafios y amorales, que han logrado encaramarse a los mandos de potencias como Estados Unidos de América e Israel y se muestran incapaces de entender el alcance de sus gravísimos actos, que nos dañan y comprometen a todos.
Son, las suyas, las mismas actitudes que preludiaron las dos atroces guerras mundiales que tiñeron de sangre los campos de Europa y Asia, con decenas de millones de víctimas no solo de combatientes, sino también de civiles indefensos. El rasgo diferencial de lo que está sucediendo puede ser sintetizado así: esos tipos abyectos, voluntaria y jactanciosamente irracionales, han erradicado de la vida geopolítica el Derecho Internacional, las leyes que regulaban la convivencia entre Estados. Y lo han hecho de tal manera que sus formas de comportamiento, ya sin el obligado refrendo de las leyes, vuelven a convertir la Geopolítica en una ciencia imperial.
Adiós al Derecho Internacional
La más ruda razón de Estado, la del Estado más fuerte, claro, pasa a ocupar el centro de la escena mundial, regional y nacional. El consenso, el pacto, el acuerdo, la buena fe, la diplomacia, que tantos años costó instalar siquiera formalmente en la arena internacional desaparecen hoy a manos de estos sátrapas para dar paso a la brutal dicotomía amigo-enemigo, más la xenofobia, el supremacismo, el racismo, en definitiva, la pulsión totalitaria. La guerra, hoy con un siniestro y potencial empuje totalizante, planea ahora sobre miles de millones de cabezas en riesgo de perderlas por la arbitrariedad de quienes rigen parte del mundo.
Empero, las contradicciones muerden ya el corazón mismo del Imperio. Concretamente, en Groenlandia, el continente helado en trance de deshielo y oscuro objeto de deseo de Donald Trump. Con sus 2.166.000 kilómetros cuadrados poblados por 57.000 habitantes, allí el 47º presidente de Estados Unidos proyecta su ambición insaciable. Trata de apropiarse, por compra u ocupación militar, del territorio bañado por el Ártico, el océano más pequeño del globo pese a sus 4 millones de kilómetros cuadrados de extensión. Lo quiere tomar, por las buenas, negociando, o por las malas, militarmente. No se conforma con la importante base litoral estadounidense de Pittufik, desde donde ya controlaba y controla desde la Segunda Guerra Mundial el espacio radioléctrico oceánico, el tránsito de aeronaves y buques por la zona. No. Lo quiere dominar al completo. Y parece dispuesto a conseguirlo camuflado mediante uno de sus simulacros de negocio en clave de inesquivable trágala. Su pretensión, choca de pechos contra Dinamarca, potencia inserta en la OTAN, que administra Groenlandia, territorio que goza de cierta autonomía política, salvo la política exterior y su seguridad regidas por Copenhague, y que registra pulsiones independentistas.
Las bravuconadas de Trump parecen olvidar factores geográficos insuperables: Rusia cuenta con más de 6.000 kilómetros de litoral ártico, con la consiguiente plataforma continental asociada y soberana, frente a los 1.600 kilómetros con los que cuenta Alaska, 49º Estado integrado en el país norteamericano. Muetras de la desidia histórica estadounidense hacia el océano hoy ambicionado es que, frente a los 44 buques rompehielos con los que cuenta Rusia para surcar aquel océano, Estados Unidos solo cuenta con el USS Polar Star. Un solo rompehielos cuesta diez años de construcción y mil millones de dólares.
Pero Trump olvida, sobre todo, que uno de los poquísimos países del mundo que en su día, 1982, no suscribió el Convenio de Naciones Unidas sobre Derechos del Mar, CNUDM, fue precisamente, Estados Unidos. El convenio regula la soberanía de 200 kilómetros, extensibles a 300, de los países ribereños sobre su plataforma continental. Aquel desinterés, que pudo Washington enmendar en 1992 suscribiendo el convenio, cosa que tampoco hizo, ya mostró el propósito de la Casa Blanca de despreciar el Derecho Internacional. Ahora paga las consecuencias de su desdén, que trata de enjugar amagando con la guerra incluso ¡contra sus propios aliados europeos de la OTAN! Dinamarca, Francia, Alemania y Noruega, países árticos ribereños, ya han enviado contingentes militares a la isla helada.
El Ártico, precisamente por ese mismo convenio de Naciones Unidas, se había mantenido en paz desde mucho antes de la firma del tratado internacional hace 48 años. No obstante, el deshielo inducido por el cambio climático está liberando a marchas forzadas aquel océano de antiguas ataduras, como su propia congelación, lo cual permite ya abiertamente el paso de buques, al menos durante dos meses al año. Ello implica que la apertura de las rutas árticas permitirá al comercio de China, vital para miles de millones de sus habitantes, disponer de una alternativa más corta y ahorrativa para la exportación de sus productos e importación de los ajenos; y ello frente a los condicionantes que suponen a su comercio las obligadas limitaciones del angosto estrecho de Malaca, entre Sumatra y Malaisia, con apenas 2.6 kilómetros de anchura en su bocana occidental. Hasta hoy, por Malaca circulaba la mayor parte de las exportaciones e importaciones del gigante asiático.
Enormes tesoros en el subsuelo
Además y sobre todo, el deshielo permitirá a partir de ahora, explotar las enormes riquezas que atesora el subsuelo groenlandés, señaladamente petróleo y tierras raras, cruciales para las nuevas tecnologías, allí depositadas en proporciones milmillonarias. Y ello, para pavor del ecologismo, que teme a los efectos medioambientales que la apertura de aquellos yacimientos pueda provocar, con devastadoras consecuencias para la vida del Planeta.
Como cabe ver y no obstante, las consecuencias del deshielo ártico pueden llegar a ser extraordinariamente importantes para la navegación interoceánica por permitir la agilización y abaratamiento de fletes y portes, ya que implica una nueva conexión, septentrional, entre el Atlántico y el Pacífico, menos costosa y mucho más veloz que la que surca por el Indo-Pacífico con dirección a Suez y Europa. Pero esto es precisamente lo que el supremacismo de Washington trata de impedir, que China comercie aún mejor de lo que lo hace, que ya ha conseguido sobre todo en el campo de la producción y el comercio tecnológicos. Y para impedirlo, la Casa Blanca no duda incluso en plantearse la ocupación militar de uno de sus países aliados, en preparación de una guerra abierta y en ciernes contra China, de la que dice que amenaza aquel océano.
Trump invoca la razón de Estado norteamericana por sobre la identidad comunitaria europea, que considera obsoleta, degradada y en crisis “civilizacional”, por regular los derechos de la mujer, permitir el aborto, garantizar la libertad sexual, los derechos de las minorías y la defensa de los migrantes; en definitiva, por ser Europa respetuosa con la democracia, ese sistema de gobierno del cual él se ha olvidado. Esta política suya, antidemocrática, intramuros de Estados Unidos, está poniendo a su país, cuya sociedad civil está armada hasta los dientes, en trance de una futura guerra civil, como auguran los recientes incidentes en Minneápolis y preludió la ocupación del Congreso el 6 de enero 2021.
Lo más inquietante consiste en averiguar si el presidente del tupé anaranjado actúa por su cuenta o bien dispone del apoyo del denominado Deep State, el Estado profundo norteamericano, comprometido en salvaguardar los intereses geoestratégicos de la superpotencia. Aquí está el gran interrogante que abruma a los dirigentes europeos. Si es cosa del disfórico agente inmobiliario devenido en poncio supremo, la cosa puede desaparecer cuando se renueve el inquilino de la Casa Blanca. Si no, la confrontación entre Europa y Estados Unidos será inevitable, a mayor gloria, momentánea, de las potencias euroasiáticas, China y Federación Rusa.
Secuestro presidencial a mano armada
El secuestro a mano armada del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el pasado 3 de enero, mediante el sobrevuelo del país septentrional suramericano de hasta 150 aeronaves y la presencia inmediata de una armada de 8 grandes buques en el contiguo mar Caribe, dando así cobertura al comando terrorista que los capturó, fue una prueba más del tóxico supremacismo que exhibe Trump y su forma de pisotear el Derecho Internacional. La amenaza de arrasar Venezuela, insinuada ya por aquellas aeronaves, bombarderos y helicópteros artillados más buques de guerra, explica la aparente sumisión política a su designio mostrada por Delcy Rodríguez, vicepresidenta hoy al frente del país venezolano. O bien cabría explicarlo, por otra parte, por el temor norteamericano a ocupar Venezuela militarmente, dada la resistencia popular esperable por parte de las milicias cívicas armadas bolivarianas.
La retirada judicial del cargo de capo del cartel de los Soles que pesaba sobre Nicolás Maduro, adscripción que presuntamente justificó su secuestro, demuestra la completa falsedad de la agresión a un pueblo como el venezolano, cuyos líderes tienen derecho soberano a comerciar con el Estado que quieran. Los acuerdos comerciales de Venezuela con China fueron la causa real del secuestro de Maduro, así como las enormes riquezas que alberga el subsuelo del país, señaladamente gas y petróleo, más minerales altamente cotizados.
Trump no debe querer ver llegar al cementerio de Arlington ataúdes de oficiales envueltos en banderas de las barras y estrellas procedentes de la depresión del Orinoco o de Irán, donde el criminal de guerra Benjamín Nethanyahu, el más incómodo de sus lugartenientes, quiere arrastrarle militarmente a toda costa, distrayéndole de su designio obsesivo contra China en el Indo-Pacífico. Rehén de Nethanyahu, las costuras de esa alianza aparentemente inmutable entre Trump y él no tardarán en romperse, según los axiomas políticos esgrimidos por avezados analistas. La política exterior de Estados Unidos no puede estar en manos Israel.
Para estos expertos, todo lo sucedido en Venezuela, Groenlandia e Irán -se habla de más de 10.000 víctimas entre muertos y heridos, en disturbios por poderosas razones internas contra el opresivo régimen islámico pero, muy presumiblemente, jaleados por Israel- se resume en la palabra clave de la Estrategia de Seguridad Nacional, ESN, emitida en Washington el pasado diciembre: Hemisferio. Estados Unidos se apropia del Hemisferio occidental, al cual, por cierto, pertenece España; de tal apropiación da cuenta abiertamente la ESN, pero oculta que lo hace necesariamente para poder proponerse dominar el hemisferio oriental, donde se ubican las dos grandes potencias euroasiáticas, China y Rusia. Jugar con fuego, amigo y enemigo, parece suscitar efluvios de gozo en el inquilino de la Casa Blanca. Pero el gozo, dicen los psicoanalistas, no solo incluye pulsiones de vida: también incluye, pulsiones de muerte.