Venezuela, rehén de Donald Trump

7 de enero de 2026
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La Casa Blanca se propone disciplinar a mano armada a aquellos regímenes que no comulguen con la arbitrariedad que emana de la caprichosa y desequilibrada conducta de su presidente y sus adláteres

El bombardeo de cuatro regiones venezolanas, incluida la ciudad de Caracas, por 150 bombarderos, helicópteros artillados y drones contra instalaciones militares y áreas urbanas de Venezuela por parte de la fuerza aérea de Estados Unidos, así como el secuestro y juicio de su presidente, Nicolás Maduro y su esposa Celia Flores, el 3 de enero de este año, es una acto de agresión bélica que lleva la guerra al continente suramericano, que había permanecido en paz durante tres décadas. En términos reales, Venezuela se convierte en rehén de Donald Trump, ya que el presidente estadounidense se arroga la dirección del país suramericano mediante la coerción militar durante la transición política que, con fecha indeterminada, comienza a partir de ahora.

Ocho buques de guerra de la flota estadounidense, desplegados desde septiembre en el mar Caribe, entre ellos el portaviones nuclear USS Gerald Ford han nuclearizado además la zona, que permanecía carente de armas nucleares y adscrita al Tratado de No Proliferación desde el origen de la carrera atómica al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Los ricos yacimientos de gas y petróleo venezolanos, se calcula en 330.000 millones de barriles las reservas allí existentes, más sus reservas hidrológicas, alimentarias y de minerales estratégicos, parecen ser el verdadero móvil de este acto de guerra. Y ello, para asegurar a los Estados Unidos garantías de reserva de suministros energéticos y agroalimentarios baratos en la víspera de un conflicto armado de mayor envergadura como el que presumiblemente se dispone a enfrentar a medio plazo contra China. Tal fue la conducta estadounidense hacia América del Sur en la víspera de las dos guerras mundiales, más las de Corea y Vietnam.

Washington invoca, para justificar su agresión bélica contra Venezuela, la lucha contra la droga, de cuyo tráfico hacía responsable a un cártel venezolano que dejó de actuar en 1992, llamado de los Soles, y cuya dirección atribuye sin pruebas consistentes a Nicolás Maduro y su círculo íntimo. Maduro y su esposa se encuentran ya en Nueva York, adonde fueron trasladados por sus secuestradores y comparecerán allí a juicio ante un tribunal neoyorquino acusados de tráfico de estupefacientes y otros delitos. Los observadores señalan la existencia de hasta 100 cárteles del narcotráfico que operan en el interior de los Estados Unidos, contra los cuales Trump no parece haber tomado medida eficaz alguna a lo largo de sus dos mandatos presidenciales. Son precisamente estos cárteles estadounidenses los que fijan la demanda y los precios de los estupefacientes ilegales, así como los causantes directos de que 45 millones de norteamericanos, de entre los 335 millones que pueblan el país, hayan recibido asistencia clínica por adicción a las drogas en los últimos años.

La masa de aeronaves desplegada sobre el país bolivariano por orden de Donald Trump ha sido empleada como aplastante coerción disuasoria e insuperable contra la población venezolana, aparentemente paralizada, para amparar extrajudicialmente un bombardeo indiscriminado e ilegal y un secuestro de tintes magnicidas que contraviene el Derecho Internacional y amenaza la convivencia hemisférica.

Lo sucedido sobre el territorio soberano de Venezuela implica un brusco salto cualitativo sobre la geopolítica mundial que preludia una mayor tensión entre las grandes potencias -Rusia y China mantienen amplios acuerdos comerciales y militares con Venezuela-, y significa que la Casa Blanca, en manos de su inquilino actual, se propone disciplinar a mano armada a aquellos regímenes que no comulguen con la arbitrariedad que emana de la caprichosa y desequilibrada conducta del presidente Donald Trump y de sus adláteres.

Irresponsabilidad geopolítica

La irresponsabilidad geopolítica de este acto de guerra, del cual no se conocen aún los muertos y heridos causados por las bombas de gran tonelaje vertidas con nocturnidad sobre el país suramericano, implica el regreso a las zonas de influencia mantenidas por las grandes potencias sobre sus entornos hemisféricos durante la pasada Guerra Fría. Por otra parte, constará en los anales de las exacciones que jalonan el intermitente comportamiento antidemocrático y totalitario de los Estados Unidos de América manu militari en las pasadas décadas, con hitos de fracasos bélicos como Vietnam, Afganistán, Irak, entre otros.

Washington, por boca de Marco Rubio, secretario de Estado, pretende describir el relato de los recientes hechos como el de una acción quirúrgica y se propone justificar el secuestro de Maduro y el masivo bombardeo con el despliegue del centenar y medio de aeronaves contra el pueblo de Venezuela como mera operación de cobertura, para proteger la captura policial del presidente constitucional venezolano, cuando se trata de un secuestro, ilegal en toda regla. Pero la treta no funciona ante los ojos del mundo, que ha contemplado en directo y con horror la salvaje y criminal agresión contra un Estado soberano, situado a 2.000 kilómetros de Estados Unidos y que, por ello, no constituía amenaza militar, ni política, ni diplomática contra el país norteamericano, la mayor superpotencia nuclear mundial.

30 millones de venezolanos son hoy rehenes de una potencia extranjera ya que, según anunció el sábado Donald Trump, Estados Unidos se hace cargo de la dirección política del país a la espera de una transición política de fecha indeterminada.

La incertidumbre envuelve los planes de Washington sobre el futuro inmediato de Venezuela. Al parecer, la Casa Blanca se avendría a que la vicepresidenta del Gobierno venezolano, Delcy Rodríguez, asuma formalmente la dirección política del país en un extraña continuidad. Rodríguez ha sido la interlocutora oficial de Venezuela con las compañías petroleras estadounidenses, por lo cual, para Donald trump parece acariciar la idea de que la dirigente venezolana se pliegue a las presiones del norteamericano al respecto de las cruciales cuestiones energéticas.

Por el momento, la viabilidad del régimen bolivariano ha de contar con la certeza de que los 900.000 kilómetros cuadrados del territorio de Venezuela y sus 2.000 kilómetros de litoral se ven hoy coactivamente sometidos a la potente flota estadounidense allí desplegada y a los 15.000 efectivos estadounidenses de infantería que, en enclaves cercanos, como el vecino micro-estado insular de Trinidad Tobago, aguardan instrucciones y van sin duda a actuar como policía militar del proceso político transitivo en curso en Venezuela.

Decepción oligárquica

En una de sus características e insólitas espantadas, el disfórico, eufórico e irritable inquilino de la Casa Blanca decepcionó abruptamente a la multimillonaria oligarquía venezolana asentada en el exilio estadounidense, europeo y español: y lo consumó al afirmar que María Corina Machado, alternativa política propuesta por la histórica clase dominante venezolana desplazada del poder en 1999 por el movimiento bolivariano, “carece del respeto necesario de su pueblo” para poder gobernar.

Ello puede implicar tres cosas: una, que Estados Unidos carece hoy de un candidato a su juicio, fiable, para pilotar la Transición política en Venezuela. Dos, que, de momento, acepta la pervivencia del régimen revolucionario bolivariano, formalmente en manos de Delcy Rodríguez, una vez descabezado de su presidente Nicolás Maduro. Y tres, que tiene serios motivos para temer inducir una guerra civil en Venezuela, habida cuenta de que el pueblo llano, las clases subalternas que la revolución bolivariana llevó a las instituciones y al poder, se encuentra armado por el régimen y con conciencia revolucionaria; ello disuadiría a Washington de emprender una ocupación militar por vía terrestre del país bolivariano. Tal vez, los mentores del derrocamiento, por vía de secuestro, de Nicolás Maduro se proponen seguir una serie de fases con miras a demoler, por etapas, el régimen bolivariano que hoy por hoy, dado el escaso crédito de la oposición, son incapaces de desmontar del todo.

En todo caso, el juicio contra Nicolás Maduro puede suponer una bomba de relojería entre los países del Sr global, que ven en Maduro lo que Donald Trump puede hacer con cada uno de ellos. Y, en base a ello, formar un frente de denuncia y rechazo generalizado contra la brutalidad de su secuestro, máxime cuando ha sido perpetrado por una superpotencia como Estados Unidos, que forma parte sustancial del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Algunas fuentes ironizan a la hora de explicar el súbito descarte por parte de Trump hacia María Corina Machado y subrayan que el presidente estadounidense no le ha perdonado el haberle arrebatado recientemente el Premio Nobel de la Paz, al que el norteamericano aspiraba. Con todo, esta sorpresa política pone de relieve la improvisación con la que Washington actúa en lo que desea considerar como su patio trasero, la vieja obsesión histórica encarnada por la Doctrina Monroe, “América, para los estadounidenses”.

Otras fuentes subrayan que, quizá, Corina Machado estableció contactos con el Partido Demócrata, que Trump considera el principal foco de sus enemigos, y que habría interpretado ese acercamiento como una traición intolerable, por el apoyo que hasta ahora le otorgaba.

Las condenas de la agresión no se han hecho esperar a escala mundial, aunque ponen a prueba el poder del multilateralismo, que la acción militar unilateral de Estados Unidos contra Venezuela pone gravemente en entredicho.

La posibilidad de conocer algunas lagunas políticas que al respecto de esta agresión subsisten, como la aparente pasividad de las Fuerzas Armadas Bolivarianas ante lo sucedido y la supuesta desmovilización de las generalmente activas milicias chavistas, no hallarán respuesta mientras no culmine la fase de desinformación que acostumbra acompañar acciones armadas como la registrada en Venezuela. Las insinuaciones de pactos previos entre sectores del chavismo y Washington carecen hasta el momento de base documental y pueden formar parte del requerido enjambre de bulos y noticias falsas para imponer relatos favorables.

Se desconoce el número de víctimas habidas tras los bombardeos, si bien se ha filtrado que el comando Fuerza Delta que secuestró a Maduro y su esposa, al frente de un cubano anticomunista, Alex Cuco Mendieta, asesinó sin miramientos a unas 40 personas que formaban parte de la seguridad y del entorno del Presidente venezolano. Así lo informó el general Padrino, máxima autoridad militar del régimen venezolano. Se desconoce también el número de víctimas civiles entre el personal no militar adscrito a los acuartelamientos de Tiuna y La Carlota, en los alrededores de Caracas, y en las instalaciones militares de la provincia de Aragua y Miranda, en el interior del país.

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