Los acontecimientos sobrevenidos desde el fin de año en Irán ponen de relieve profundas contradicciones que muestran los problemas reales que afligen al país, así como los distintos relatos vertidos a propósito de sus causas y, desgraciadamente, de sus tan sangrientos efectos. Fuentes internas de oposición señalan la muerte violenta en las calles iraníes de hasta 12.000 personas, entre manifestantes y policías, en proporción de 10 a 1, desde que comenzaron los disturbios que incendiaron las calles de las principales ciudades iraníes con protestas generalizadas, inicialmente pacíficas y devenidas abruptamente en otras de una violencia inusitada. La presencia de fuego cruzado entre milicias del régimen y manifestantes es aventada oficialmente para explicar la represión, en la que se ha registrado fuego de metralleta y de armas automáticas en proporción hasta ahora desconocida. De confirmarse este hecho, el conflicto adquiere un insospechado grado de intensidad.
Lo sucedido arranca del 28 de diciembre de 2025 cuando buena parte de los bazaríes de la capital Teherán, más los de algunas importantes ciudades como Ispahan, en el centro del país, y Mashad, en la zona oriental, echan el cierre a sus comercios y se declaran objetivamente en huelga.
Reaccionaban así en protesta por el derrumbamiento de la cotización interna del rial, la moneda iraní, con una devaluación de hasta el 40º, ya que soportaban además una inflación insuperable, con cifras de porcentajes de hasta cinco ceros y un extraordinario aumento de los precios de productos básicos que retrajo el consumo a niveles ínfimos. La combinación de los efectos de los bloqueos comerciales impuestos a Irán por Estados Unidos, a propósito de la supuesta prosecución de la carrera nuclear iraní, junto a fenómenos de acaparamiento y errores garrafales en la dirección económico-financiera del país, así como las restricciones a la exportación del petróleo forzadas por las sanciones occidentales a quienes osen comerciar con Irán, agudizaron más aún el desplome económico del país mesoriental, desplome desencadenante de la protesta, que parece adquirir dimensiones insurreccionales.
Alianzas rotas
Esta actitud del Bazar, sector social emblema de la burguesía comercial y nacional iraní, hoy ampliamente islamizado, adquiere un alcance inédito habida cuenta de que este relevante segmento social, gestor de la economía y las finanzas del país, delegado por el régimen, mantuvo hasta ahora una alianza tácita y potente con otro sector social, el extenso lumpen-proletariado urbano, configurando entre ambos la base social y política del régimen. A la gestión económica del Bazar se añadía, desde hace cuatro décadas largas, la asignación de la fuerza paramilitar y policial, Guardia Islámica y Basidjs, depositada por el régimen en manos de ese lumpenproletariado integrado en la etapa del Sha por masas campesinas que accedieron a las ciudades desde el despoblado campo, del cual las crisis políticas, económicas y financieras derivadas de los procesos modernizantes del régimen monárquico, las había desalojado.
Al agrietarse la alianza entre ambos sectores sociopolíticos, lumpen y bazar, armas y gestión de la economía, la estabilidad del régimen se tambalea. Esta es la principal novedad que parece presentar este alzamiento, que ha estremecido a tiros las calles de las principales ciudades, con quema incluida de algunas mezquitas, índice, según algunos, de la apremiante secularización que demandaría la sociedad iraní, harta de la islamización impuesta obsesivamente por el régimen sobre las costumbres y los estilos de vida del pueblo llano, donde subyace ya un rechazo profundo hacia la cultura arabizante que acompañó a la islamización de Persia, confrontada por la reivindicación de un pasado cultural persa propio.
Durante sus años posteriores a la revolución de 1979, la principal tarea encomendada por el ayatollah Ruholla Jomeini al entonces dirigente del Partido y posteriormente presidente de la República islámica, Sayed Alí Jamenei, hoy Guía de la República Islámica, fue la de mantener equilibrada la relación entre el Artesh, el ejército regular iraní, heredado del régimen del destronado Sha Pahlavi, y los cuerpos paramilitar y parapolicial creados ex novo por los islamistas chiíes y formados por estudiantes y elementos del lumpen, a los que se encomendó la fuerza armada paralela, denominada Sepah Pasdarán, Guardianes de la Revolución Islámica, más la policía urbana paralela, Basidjs, empeñada en la vigilancia armada, y a menudo brutal, de la observancia de las costumbres, causa ésta de tanta indignación señaladamente entre las mujeres iraníes y desencadenante de la protesta acaecida en 2020, con 600 muertos y miles de detenidos, a propósito de la muerte en comisaría de la joven kurda Masha Amini.
Los disturbios de las semanas precedentes, que han sido reprimidos con armas de fuego contra los manifestantes y también, en algunos casos, contra los policías islámicos, acompañados por una oleada de miles de detenciones, implican un debilitamiento político más acentuado aún de Alí Jamenei, que no ha podido mantener ese equilibrio que otrora le fuera encomendado entre el ejército regular y los Guardianes. La situación política del Guía de la República Islámica es extremadamente precaria, habida cuenta, además, del descabezamiento, por asesinato, de una treintena de altos cuadros dirigentes del Sepah Pasdarán a partir de los acontecimientos del pasado mes de mayo, tras la muerte del presidente de la República, Ebrahim Raisi, y de su ministro de Exteriores, en un extraño accidente de helicóptero a su regreso del país vecino Asarbayán, así como el asesinato en Teherán, el 31 de julio con un dron, del líder de la organización islamista palestina Hamás, Ismail Haniya, durante las exequias de Raisi.
Fuentes opositoras señalan que, comoquiera que la cúpula de los Guardianes Islámicos ejercía la hegemonía y el control plenos sobre la economía y las finanzas del país, cuya gestión derivaba parcialmente al Bazar, éste, desprovisto ahora de esa supervisión y dirección, tras ser descabezada su cúpula en atentados del espionaje israelí contra al menos treinta de sus líderes, habría entrado en quiebra; por consiguiente, los precios del dinero se abatieron y la inflación trepó hasta niveles insólitos, por todo lo cual los bazaríes entraron en huelga y se han echado a la calle. La indignación registrada entre la población urbana por la policía de costumbres, Sorollah, que aplica tan drásticamente preceptos medievales sobre la indumentaria y las relaciones entre sexos, ha sido de nuevo el elemento comburente de la combustible situación sociopolítica vigente en las calles de Irán. Muy significativo resulta el hecho de que la única institución que permanece formalmente como tal en pie es el Artesh, el ejército regular, sobre la cual parece ser que las apuestas políticas occidentales, protagonizadas por Washington y Tel Aviv, pivotan previendo una transición lo más controlable y lo menos inestable posible. Las manifestaciones callejeras han exhibido decenas de miles de banderas de Irán con los emblemas de la derrocada monarquía Pahlavi, lo cual subraya un principio de organización, siquiera básico y pone de relieve la tendencia política que trata de hegemonizar a su favor las protestas, erigiéndose en alternativa política al régimen.
Trump y Nethayahu, temor compartido
El régimen de los ayatolas ha atribuido las protestas a conspiraciones alentadas por Estados Unidos y señaladamente a Israel, lo cual ha generado contramanifestaciones concurridas de apoyo al régimen islámico en algunas ciudades y sobre todo, en núcleos rurales del país. Lo más probable parece ser que ambos Gobiernos hayan aprovechado el malestar dominante por las contradicciones arriba enunciadas para meter mano y orientar los acontecimientos según sus intereses tendentes a una desestabilización controlada. Pero, lo más significativo resulta ser que ni la Casa Blanca ni Nethanyahu parecen querer -o poder- meter el acelerador a fondo y derrocar ahora al régimen, al menos por el momento, pues la precipitación de Donald Trump a la hora de decir, tan abruptamente, que las muertes de manifestantes habían cesado en las calles iraníes, para eludir su injerencia, reveló un ataque de pragmatismo, al parecer compartido con su mortal aliado israelí, al percatarse ambos de que el aparato de Estado del régimen iraní se mantiene, aparentemente, todavía firme. Asimismo, la alternativa política a la República islámica no sería considerada como viable en clave monárquica, dada su impopularidad histórica y su desarraigo del país, por lo cual la candidatura de Mohamed Reza, hijo del destronado Sha Raza Pahlavi, para protagonizar la transición solo contaría como opción desesperada con arraigo de masas si la histeria represiva del régimen se convirtiera en totalmente asfixiante. No obstante, la baza monárquica, objetivamente muy endeble, es la única que parece estar en manos de estadounidenses e israelíes, que no quieren topar con una transición que puede írseles de las manos. Otra opción que se baraja sería la de la conseguir la excarcelación de Narghes Mohamadi, intelectual laureada con el Premio Nobel de la Paz en 2023, a la que se colocaría al frente de un Gobierno de concentración, pero los mimbres de tal coalición resultan, hoy por hoy, excesivamente endebles.
En Irán, todo parece indicar que la extendida impugnación generalizada del Bazar contra el régimen, acompañada por pulsiones intensas a favor de la secularización social frente al rigorismo islámico, preludia una confrontación directa a medio plazo entre las Fuerzas Armadas Regulares, Artesh, y el Sepah Pasdar-Basidjs, entre quienes se adscribirían, por una parte, a una transición en clave monárquica y, por la otra, a un mantenimiento a sangre y fuego del régimen islamista chií, que su aparato policial-militar todavía mantiene. Lo que faltaría para consumar el conflicto en la base del régimen sería adscribir el Bazar a la causa monárquica, blindada ésta en una fórmula monárquica, dentro de las quinielas que se barajan para dirigir la transición.
El ejército regular, así como los antiguos servicios secretos, la abyecta Savak, apenas fueron depurados tras el derrocamiento del Sha Reza Pahlavi en 1979, cuyo heredero, Mohamed Reza, hace ya la antesala en la Casa Blanca para recibir instrucciones de Donald Trump. A medio-largo plazos, el candidato monárquico, que lo es también del Pentágono, se presume que conserva nexos castrenses y en los servicios de Inteligencia, Savama, y que pondría rostro a una transición incierta, dadas las dificultades existentes en Irán para vertebrar una alternativa política organizada y consistente. El aniquilamiento casi al completo en los años 80 de la oposición política más seria, Partido Comunista Tudeh, Fedayines del Pueblo, Nacionalistas hederos de Mehdi Bazargán, Sindicatos patroleros… sigue produciendo réditos incalculables al régimen islamista que los descabezó con una inusitada crueldad, lo cual retrasa la posibilidad de encauzar sensatamente una transición consensuada izquierda-derecha hacia la democracia, opción que tanto la Casa Blanca como Tel Aviv temerían y, al parecer, siguen temiendo. Al parecer, la incertidumbre de Trump y Nethanyahu obedece al temor a una salida de la crisis en clave progresista, que ponga en cuestión el sistema económico de propiedad privada, dominante en Teherán, que la denominada revolución islámica, pese a lo que se creía, nunca alteró.
Fricciones en la Casa Blanca
Estados Unidos no quiere verse entrampado de nuevo en el Medio Oriente y quiere ver despejada su atención hacia el Indo-Pacífico, pero nuevamente, las presiones de Israel – cuyos servicios de Inteligencia operan en Irán con extrema autonomía, la misma que le capacita para asesinar a su antojo a dirigentes políticos, paramilitares y científicos vinculados al programa nuclear iraní– impide a Washington aplicarse a la realización de su designio estratégico prioritario. El involucramiento estadounidense, otra vez, en Irán, siempre y cuando no supere algunas líneas rojas, favorecería por una parte a China e indirectamente a Rusia, dado que mientras Donald Trump se encuentre atrapado en Irán, dejará en paz, piensan Xi Jinpin y Vladimir Putin, a Pekín y Moscú, respectivamente.
Cabe resaltar que la vocación hemisférica de Washington, replegado inicialmente sobre el continente norte y suramericano con su mirada focalizada hoy sobre Venezuela, Panamá, México, Canadá y Groenlandia, entra en contradicción con los propósitos de Benjamín Nethanyahu, que trata de atraer a Trump hacia sus intereses regionales mesorientales para rediseñar el mapa geopolítico de la región. Además, distrae la mirada de Trump hacia el Indo-Pacífico, más precisamente sobre China, obsesión geoestratégica del complejo militar-industrial estadounidense. Tarde o temprano, confían algunas cancillerías árabes, esta contradicción erosionará los vínculos entre Washington y Tel Aviv.
Por otra parte, algunos analistas auguran fricciones intramuros del entorno de Donald Trump, cuyas pulsiones hacia el control absoluto del poder proyecta sus sospechas y celos políticos, muy propios de su personalidad disfórico-narcistista, hacia colaboradores estrechos como el Secretario de Estado Marco Rubio, por su creciente protagonismo en la crisis caribeña y James Vance, su vicepresidente, cuyo control parlamentario no ha impedido recientes críticas de congresistas republicanos y que no parece suscribir algunas de las medidas adoptadas por su superior jerárquico. Ambos discrepan de la impostura de Nethanyahu sobre la política exterior e interior de Estados Unidos, respectivamente. La lógica política les lleva a admitir que Israel y Estados Unidos tienen intereses que difieren abiertamente, cada día de forma más abrupta. Los rostros que exhiben ambos cuando comparecen públicamente flanqueándolo, como escuderos de Trump, resultan muy elocuentes por su aterrada gravedad, a la espera de escuchar algún disparate de nuevo cuño o, incluso, un diktat con el funesto Fired!. Comoquiera que el poder (se) corrompe, el poder absoluto -el que hoy exhibe Donald Trump-, (se) corromperá absolutamente, como predijo en su día el pensador y político victoriano, manque católico, lord Acton (1834-1902).