Saben mis lectores que procuro no compartir opinión sobre personas, sino por el oficio que representan y algún que otro intenta desarrollar. Oteando el panorama general y con poquísimas ganas de ser cansino y reiterativo con la mayoría de artículos que ya aportaron sus puntos de vista, sólo quiero que me acompañe el deseo, la pretensión más bien, de que el consejo de ministros se esconda debajo de la mesa del tiempo.
Cualquiera de ellos que asoma la cabeza a las calles de la vida es abucheado con frenesí de jaula. Ninguno pasaría el informe Pisa con decencia porque lo suyo es un amontonamiento de incoherencias, una soflama de descomposiciones filosóficas, que da pánico la trascendencia de su verborrea si fuera leída en otros países con miedo a que pueda ser contagiosa.
Especialmente conmueven los ministros comunistas y de un modo significativo su vicepresidenta primera, que habla excátedra como si viniera del más allá, igual que un papa extraviado. Para puntualizar con mejor detalle sus apariciones públicas, les recomendaría un sorbo diario en la Taberna Garibaldi propuesta, según me dicen, para ser cátedra de permanente sostenimiento intelectual.
Pedro Villarejo