Hablando estaba Napoleón con Josefina sobre los diferentes colores del terciopelo en las almohadillas que portarían sus numerosas condecoraciones el día de su coronación. «Me falta el gran collar de Isabel la Católica», susurró entre lamentos el emperador. Pero como Carlos IV tenía espías muy avezados en la corte francesa, se enteró de la congoja bonapartista y avisó por teléfono a Godoy:
-Manuel, prepara un collar de esos que damos a la gente que nos interesa para homenajear al gran vecino que nos ha pedido audiencia.
Godoy se quejó porque los esmaltes del collar son muy caros, valen más de seis mil euros, y las arcas del reino no estaban para bromas. Ordenó que mirasen en las cajas fuertes de los socialistas para salir del apuro y no había entonces más que telarañas.
-No te quejes, Manuel, que estas condecoraciones son de quita y pon: cuando se muera el laureado volverán a nosotros.
Pero a lo que venía Napoleón no era a quedarse con el collar, sino con el País entero y, en un descuido, coronó a su hermano rey de España… ¡Qué peligro tienen estos franceses!
Pedro Villarejo