Cosas de la guerra que mi madre contaba (III)

10 de mayo de 2026
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Paseando por las calles de un pueblo. / Fuente: EP

En 1936 se inició en España una guerra que llevaba años larvada ante el desamparo de no acertar “la mano con la herida”. Naturalmente yo esa guerra no la viví, pero si fue tema de conversación en casa, disculpando siempre, comprendiendo y valorando al de enfrente como un hermano equivocado al que se ha de redimir con el mejor recuerdo, nunca con el sobresalto del resentimiento.

Me dispongo a escribir para Fuentes Informadas algunos relatos escuchados de aquella larga herida que sólo debe ser recordada con el perdón del que mira la vida mucho más allá de la vida misma. Los nombres, los pueblos y las fechas, naturalmente, son figurativos; los hechos, son reales.

Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí.

………………………………

DON JOSÉ LAGO

Refieren algunas crónicas que en los últimos momentos de su vida un sacerdote entró en el lecho donde Marlene Dietrich agonizaba. La diva, entornando los ojos pidió al cura que se marchase:

-No me interrumpa, padre, que estoy ocupada en ver cómo arreglo cuentas con “Su Jefe”.

Como en la viña del Señor hay de todo menos uvas, también existen pastores que, lejos de apaciguar la última salida, enrarecen la estancia adonde llegan con recomendaciones del alma y otros aspavientos que enturbian la seda del encuentro. A San Juan de la Cruz le sucedió algo parecido cuando él estaba bebiéndose en Úbeda los últimos sorbos del vino del Amado.

Don José Lago, sin embargo, era de los curas que llegaban y, como los caldos antiguos, resucitaban a los muertos o, a los que estaban despidiéndose, los reconfortaba. Por eso, en Cuevas de la Pastora casi todos lo querían. Casi todos.

Don José Lago procedía de un pueblo manchego conocido como Realejo de Calatrava. Su padre, ajustaba las herraduras en los descalzos animales que habían de llevas sacos de trigo a los molinos o acarrear las uvas de la última cosecha. La familia vivía con la moderación de entonces: algunas noches mojaban el pan en las estrellas.

Veintiséis años tenía don José cuando llegó a Cuevas el 10 de septiembre de 1935. Alto, desgarbado, con sotana de segunda mano y cierto decir tembloroso, se sabía que el nuevo cura tuvo dificultades intelectuales con aprobar la teología y a punto estuvo de que le impidieran su ordenación. Suplida la ciencia por las virtudes, don José se prodigaba con los desasistidos y era un maestro en eso de acompañar enfermos o a los dolientes en el cortejo de los entierros.

ANTONIO EL DE LA JOAQUINA

Los últimos meses de la Segunda República no fueron precisamente bálsamo para la Iglesia, clérigos y santos de devoción. Un número generoso de covacenses se la tenían jurada a los curas, a los “meapilas” y a todos aquellos que hacían responsables de su desdicha, de su ignorancia o de su miserable economía. Antonio el de la Joaquina era uno de ellos.

El 24 de diciembre de 1935 en Cuevas de la pastora se celebró la Navidad a escondidas. Todos vivían en sus casas como almas perdidas , sin eco de villancicos y sin saber dónde habían guardado las abuelas el Niño Jesús del Belén que llevaba años sin nacer, años sin que apareciera.

El 28 de diciembre, Antonio el de la Joaquina había cerrado el bar porque La Joaquina, su madre, estaba de cuerpo presente. Los pésames en los pueblos son presencias que cada uno expresa con la suficiente sabiduría de la inocencia. Casi todos los vecinos pasaron delante de la difunta que mostraba la sequedad azulada de una cara insatisfecha. Su nuera, Rosarito, Antonio y el único hijo de 24 años, recibían las condolencias vestidos de negro hasta las cejas. Joaquina había dejado dicho y escrito que quería responso y misas para su enterramiento… La familia, contraria a los asperges del agua bendita, no podía negárselo. Y don José, el cura, se mantuvo más de dos horas con los deudos viendo cómo desfilaban, mirándolo de reojo, los anarquistas.

En Cuevas de la Pastora se habían juramentado que antes de acabar el año echarían al pozo la imagen de la Dolorosa que una pía señora guardaba en su casa. Eligieron la tarde en cuya mañana había sido enterrada La Joaquina entre los sentidos sollozos de la familia. Don José Lagos, que no era precisamente Castelar, conmovió con entrañables argumentos a los pocos que quedaron en la iglesia para despedir a la Joaquina. Antonio, se llegó a la sacristía para agradecerle con un abrazo al cura sus hermosas palabras de consuelo. Pero don José Lagos sabía que estaba sentenciado.

CAVANDO TUMBAS

Los primeros meses del 36 transcurrieron con el temblor de cierta indiferencia. A fines de junio se rumoreaba en Cuevas, y por las noticias que al pueblo llegaban, que el descontento social de la República había frustrado hondamente a quienes confiaron en ella: el “ruido de sables” entorpecía el sereno crecimiento de las uvas. Viendo algunos que la indisciplina y la barbarie se les acababa propusieron:

-Sin esperar a que otra vez ganen los causantes de nuestras desgracias, vamos a matar a unos pocos, los que nos dé tiempo, antes de que acaben otra vez con nosotros.

Esa iba a ser la consigna de los que aún permanecían dueños de rencores irrenunciables, convencidos de tener la suficiente fuerza como para establecer un nuevo orden que les favoreciera.

Por ser el que más destacaría ante el pueblo como medida ejemplar, don José Lagos sería el primero en acabarlo.

Un grupo de cinco aventajados de la FAI se presentaron en la casita parroquial aneja a la iglesia, casi totalmente desvalijada, a detener al cura con el mandato preciso de subir cada mañana al cementerio a cavar las tumbas de los que iban matando por ser religiosos o capitalistas. Dos hombres se turnaban en la vigilancia del sacerdote, tanto en su domicilio como en el cementerio. Así estuvieron más de diez días. Al terminar cada fosa, el vigilante de turno gritaba a don José:

¡Ahonda, ahonda, que la de la mañana será la tuya!

Nadie es testigo, como escribe Francisco Brines, de esta sorda lucha del hombre con el miedo, del corazón con la ceniza, de un ardiente deseo con su inutilidad.

LA SOLUCIÓN FINAL

Antonio el de la Joaquina, en público, era el más corrosivo y alentador para que mataran al cura como escarmiento y a todos los que olieran a abusos o a cera de sacristía. Y como no era sospechoso de nada, le dejaron una mañana a solas con don José en el campo santo con su azada y sus fatigas. Guardándose muy bien de que nadie lo viera ni escuchara se acercó a don José para proponerle su fuga:

-En los últimos meses de su enfermedad mi madre no dormía hasta que le recetaron estas gotas que, disueltas en el café o en la leche, la dejaban tranquila hasta el amanecer.

-Esta noche, cuando note destemplanza en su vigilante, ofrézcale un refresco o un café, que seguramente aceptará, disuelva la mitad del líquido que queda en el frasquito. Una vez dormido profundamente, mi hijo vendrá con la moto Guzzi y él sabrá dónde llevarlo. Confíe.

Antonio el de la Joaquina tenía una especie de corrala a unos seis kilómetros del pueblo, oculta en un roquedal, en la criaba gallinas, patos, conejos y, si se terciaba, algún cochinillo para la matanza. El hijo iba casi a diario para recoger los huevos y llevar a los animales las sobras de las comidas. A simple vista era un corral cercado con tela metálica. Debajo de lo visible, tapada con tablas y jergones de fácil acceso, La vivienda, unos diez metros cuadrados que sirvieron de escondite a don José hasta que fuera posible la libertad que todos deseaban.

Así se hizo y así se cumplió.

A la mañana siguiente, con el cura escondido en su gallinero, a Antonio el de la Joaquina no se le ocurrió otra cosa que arengar a sus compañeros en la plaza y gritarles:

-¡A vosotros no se puede confiar ningún escarmiento. Inútiles, que habéis dejado escapar al cura y echado por tierra nuestros proyectos de conquista!

…Antes de morir en el 65, Antonio el de la Joaquina llamó a don José y le pidió que en su entierro repitiera del mismo modo y con el mismo corazón, aquellas palabras redentoras que le convencieron en el funeral de su madre.

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