Las almas de Pessoa

19 de abril de 2026
3 minutos de lectura
Tres personajes, más bien tres almas distintas, podríamos decir que concurren en el universo íntimo de Fernando Pessoa

Estoy seguro yo también que dentro de un alma hay otras muchas que aguardan su momento para aparecer expresando sus sentires diferentes. Cuando uno son varios a la vez, una multitud, como diría Walt Whitman, es preciso darle voz y presencia a cada uno sin permitir que alguno muera  agazapado en doloroso silencio.

Almas y enseres en el museo

En un pequeño y alejado museo de Lisboa duermen los libros que el poeta leyó, sus gafas redondas de sostener tribulaciones. Los baúles de Pessoa, la pipa blanda y quemada de sus últimos fuegos, su dolor y su sombrero. En sus baúles llenos un enjambre de apuntes difíciles de descifrar, escritos en cuadernillos, en hojas de papel que el viento le acercaba. También sobreviven allí los heterónimos con que se desdobló buscando bocas para darle salida, escapatoria más bien, a tanta sensibilidad atormentada.

Tres personajes, más bien tres almas distintas, podríamos decir que concurren en el universo íntimo de Fernando Pessoa. No son seudónimos, sino otros dentro de él que tienen su propia biografía, distintas sensibilidades con miradas personales. Tres almas que poseen su propio carnet de identidad y que nos cuesta trabajo distinguir, siendo tan otros, en la inmensa variedad de sus escritos: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis.

Algunos estudiosos del poeta portugués suponen que las personalidades de sus tres principales heterónimos, de sus tres almas, están sustanciadas en las cartas astrales más llamativas con sus características definidas. Pessoa, amante y conocedor de la astrología, quizá entresacara los caracteres, símbolos y actitudes que más tarde engendraría en su pensamiento para decirse del todo. En el Libro del Desasosiego difícil es saber cuál de los tres es quien responde a las inquietudes numerosas que se desplazan por la obra dejándonos un caudal de necesarias locuras.

Las tres almas, abanderas con la suya, se toman del brazo para explicar en silencio su tristeza suave y dolerse un poco de no saber contestarse a sí mismos. Pessoa le había pedido pocas cosas a la vida: “Le he pedido tan poco a la vida, y ese mismo poco la vida me lo ha negado. Un haz luminoso de parte del sol, un campo (…), un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el conocer que existo, y no exigir nada de los demás ni exigir ellos nada de mí. Esto mismo me ha sido negado, como quien niega la sombra no por falta de buenos sentimientos, sino para no tener que desabrocharse la chaqueta”.

Almas del brazo o el engaño de haber sido

Tres, cuatro almas del brazo por las calles de Lisboa recreándose en los vaivenes del agua que se descubren desde la Plaza del Comercio o viendo, sorprendidos, el nacimiento de una hoja nueva sobre el árbol viejo. Tres almas, o más, que necesitan entrar en los cafés más solitarios para reclamarse unas a otras las anchuras de su inteligencia. Así podrá clamar una de ellas mientras las otras escuchan: “Oigo caer al tiempo, gota a gota, y ninguna gota que cae se oye caer”.

Las menudencias de lluvias, casi constantes en los inviernos de Lisboa, alumbran la consideración probablemente de Álvaro de Campos, el más poeta de los tres, repleto de una melancolía indescifrable: “Un jardín es el resumen de la civilización”. “Mirad, mirad la paz triste en la luz dura de la luna”… mientras las otras almas seguirían entrelazadas contemplando el infinito de las nubes crecidas. Pessoa se preocupa porque nunca sabe dónde dejó el paraguas ni piensa como debiera en la dignidad del alma.

El alguno de esos cafés, retorcidos en espejos del Chiado o de Alfama, se complacerían las distintas almas de Pessoa en descubrirse los resultas de sus contemplaciones. Ricardo Reis, el más filósofo quizá contestara:

“Y veo que todo cuanto he hecho, todo cuanto he pensado, todo cuanto he sido, es una especie de engaño y de locura”.

Pessoa nunca ha fingido de sí mismo, ha sido él siempre, desdibujado, melancólico, inconformista de una realidad personal y social en la que no podía encajar. Sus heterónimos son lo más parecido a aquellos que mueren y, al salir del cuerpo, el alma ve otros mundos, distintas realidades que Pessoa aplica a la extravagancia de lo que quiso haber vivido.

En el Libro del desasosiego, que trataré de encauzar en otro artículo, Fernando Pessoa resucitará en el acierto de cada frase trascendente porque él, sin pretenderlo quizá, ha sido uno de los mejores artesanos del aforismo que pudo dar la literatura portuguesa.

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