En 1936 se inició en España una guerra que llevaba años larvada ante el desamparo de no acertar “la mano con la herida”. Naturalmente yo esa guerra no la viví, pero si fue tema de conversación en casa, disculpando siempre, comprendiendo y valorando al de enfrente como un hermano equivocado al que se ha de redimir con el mejor recuerdo, nunca con el sobresalto del resentimiento.
Me dispongo a escribir para Fuentes Informadas algunos relatos escuchados de aquella larga herida que sólo debe ser recordada con el perdón del que mira la vida mucho más allá de la vida misma.
Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí.
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MARÍA
La causa de todas las guerras brillan al sol de las injusticias, se asoman al más deleznable interés de los poderosos o, simplemente, es una mecha encendida en un País que lentamente caminaba entre cartuchos de pólvora.
El caldo de cultivo de nuestra guerra civil española, sin ser yo ningún especialista, se fue alimentando con una animadversión sucesiva entre ricos y pobres que nadie supo encauzar. Como siempre, los más vulnerables terminan cediendo y, al final, son ellos los más perjudicados.
En Rosal de Avellaneda, una población de casi doce mil habitantes, levantada sobre un montecillo de desiguales arboledas, había dos Centros Recreativos que llamaban pomposamente Casinos: el Casino de los Pobres y el de los Ricos. Al primero podían entrar quienes quisieran; al segundo, sólo los socios. Uno y otro estaban muy cerca, lo suficiente para criticarse mutuamente con razones particulares.
Exceptuando clanes agazapados o zonas irreductibles fieles a la República, la mayoría de las poblaciones andaluzas, a los pocos meses del inicio bélico estaban sometidas al histriónico general Queipo de Llano. Tal consideración político-militar establecida era consciente, sin embargo, de no haberse desterrado del todo los malestares y las venganzas. En La Casa de Bernarda Alba, ya lo señala Federico García Lorca, se hace mención a los pueblos que no tienen río y han de beber en las aguas estancadas de los pozos, aguas de estrechura y venenos: Rosal de Avellaneda era un pueblo sin río y en cada casa había un pozo.
La mayoría de las llamadas derechas no consideraban desajuste ni afrenta que, a pesar de la circunstancia, en el Casino de los Señores, se pusieran de largo las diez jovencitas más destacadas en familias de máximo acomodo. María, entre ellas.
Trajeron flores de la capital que adornasen la entrada y los salones de baile. Como no se ofrecían vinos a la venta por la escasez, echaron mano las familias de botellas escondidas y cada casa ofreció albóndigas, empanadas y pastelillos. Por si acaso, todos se miraban de reojo ante una sospecha inconcreta y taimada.
María Saenz de la Peña era extremadamente hermosa. Su padre, gordo y terrateniente, sin poder abrocharse del todo la chaqueta, mostraba a su hija del brazo como una ofrenda inaccesible. Con la mano suelta, alcanzó un trozo de queso antes del desfile que llevó con disimulo a su boca entreabierta. María, de verdes ojos intensos, parecía caminar como si una brisa la empujara, igual que un sueño que se desplaza. Cuando la diezmada orquesta inició el vals, en los ojos de María un hilo verde de tristeza se escapaba sin remedio, quizá fuese la hebra que nace de cualquier injusticia. Para nadie pasó inadvertida aquella damisela, que nunca pareció ajena a las diferentes disonancias de su pueblo. Paran nadie. Y menos para Luis, aquel muchacho.
LUIS RUBIO CAPITÁN EN RETIRADA
Sabían todos en Rosal de Avellaneda que Luis Rubio de la Torre era un militar médico del bando republicano, llegado al pueblo desde Málaga para refuerzo de las tropas guarecidas en municipios cercanos. Disponía de una ambulancia con chófer para necesarios desplazamientos. Aunque en Rosal vivían dos médicos de prestigio y una especie de ambulatorio para urgencias, si don Luis era requerido ante cualquier servicio, siempre estaba disponible. De ahí que todos le respetasen, incluso los socios del casino principal, que le habían invitado a la puesta de largo de sus hijas.
Cuando a sus veintinueve años el capitán médico vio aparecer entre las gasas a María, como si anduviese en volandas perforando las cristaleras del patio, ya no tuvo ojos para nadie más. Tampoco ella se dejó tocar por otras manos que las suyas. Aquella misma noche, después de todos los bailes y, en un rincón a solas, se hicieron novios tras un beso largo, de esos que acercan a la boca el paraíso… De madrugada, ya en su casa, Luis no pudo conciliar el sueño escribiéndole una carta de despedida a Loli, una novia enfermera que aguardaba en Cártama su inminente regreso.
LA AMBULANCIA
Mientras Luis buscaba la fórmula que recompusiera su traición a Loli con la singular hermosura de María y el nuevo enfoque que habría de dar a su vida tras la tarea cumplida en la jurisdicción de Rosal de Avellaneda, don Mariano Saenz, el padre olivarero y ancho de su novia, había recibido un aviso telegráfico de un primo que trabajaba en Capitanía: “Se vengarán de ti y tu familia en unos días. Salid del pueblo mañana mejor que pasado”…
Repasando los daños que podía haber hecho y a quién, se ahogaba don Mariano en la tribulación de la urgencia. Llamó a su mujer, a su hija y a sus dos hermanas para comunicarles en secreto la fiabilidad del telegrama recibido. Lloraron todos un buen rato, menos María, que tras decir “ya vuelvo” se encaminó a la casa de Luis para buscar juntos una solución salvadora.
Los pocos trenes que por allí pasaban no terminaban en ningún sitio seguro. De los taxistas no podían fiarse porque todos venían de beber agua de pozo y sufrir la escasez que los señoritos del pueblo no tenían. Y Dios estaba lejos, según don Mariano, por haber permitido una deshonra así a ellos, tan cofrades en semana santa.
Los ojos y la compostura de María no podían fallar ante el único en condiciones de resolver. Luis Rubio, el capitán médico que aún disponía de chófer y ambulancia, no encontró otra salida que usar su prestigio y una supuesta emergencia, para intentar una escapada hacia la segura inseguridad de aquellos tiempos. El riesgo era extremo.
-Somos siete, dijo María al enamorado de su novio, que hizo un gesto de impotencia, como si ya estuviera organizando mentalmente la distribución de los sitios dentro del coche. Entre ellos, una prima de María, hija de su tía Rosa, con un bebé de cinco meses.
A las tres de la madrugada de ese mismo día, seis de diciembre de 1936, Luis Rubio, vestido de capitán médico y conduciendo su propia ambulancia, se presentó en la puerta de atrás de la casa donde la familia se había agrupado estrechándose todos en el temblor del miedo. Nadie había en las calles con aquel frío, apenas encendidos varios faroles, asustados también, en las esquinas. Hicieron sitio en las oquedades del coche para colocar en ellos algo se comida y dos latas de gasolina que don Marianao había podido conseguir entre influencias. Salieron por fin de Rosal de Avellaneda sin el menor inconveniente. Doña Isabel, la madre de María, rezaba sin ecos los misterios dolorosos del santo rosario.
ANTES DE LLEGAR
Clareando el día y muy cerca de Linares, anunciado en las señales de la carretera, un puesto de milicianos echó el alto a la ambulancia para revisar su contenido antes de dejarles libre el paso. Uno de los que estaba en la guardabarrera exclamó:
-Pero si es don Luis Rubio, un capitán de los nuestros. Déjale pasar.
-No, contestó el suboficial responsable mientras se dirigía a la portezuela posterior del coche.
Luis, ya había advertido a su comitiva que, en caso de ser interceptados y sorprendidos, morirían juntos antes de que les hiciesen prisioneros. En los bolsillos de su jaqueta llevaba el médico dos bombas de mano que haría explotar si el miliciano les descubría…
Ante el grito oportuno de que se había producido un incendio en la cercana mina de “Los Cerros”, el sargento dispuesto a investigar la intimidad de la ambulancia, abrió las barreras por entender que era más urgente hacer de cortafuegos en la desgracia.
Nadie se estremeció dentro del coche mientras negociaban el registro o la libertad. Ni siquiera la niña de pecho exhaló un susurro. Sólo doña Isabel dormitaba sujetando las cuentas del rosario.
Los incrédulos dijeron que aquello fue casualidad; Los creyentes, Providencia.
Pedro Villarejo