La noche de la Super Bowl vivió un momento que ya forma parte de la historia cultural del evento. Bad Bunny se convirtió en el primer solista latino de habla hispana en liderar el espectáculo del descanso de la gran final de la NFL, y lo hizo sin renunciar a su identidad, a su idioma ni a su mensaje. Apenas una semana después de lograr un hito en los Grammy con un álbum íntegramente en español, el artista puertorriqueño volvió a demostrar que su impacto va mucho más allá de la música.
El escenario del Super Bowl, disputado entre los New England Patriots y los Seattle Seahawks, se transformó durante quince minutos en un espacio de reivindicación cultural y emocional. Bad Bunny no solo cantó. Representó. Reivindicó. Conectó.
Desde el primer segundo, el show dejó claro que no sería uno más. El decorado y el vestuario evocaban los campos de caña de azúcar de Puerto Rico, una referencia directa a la tierra que vio nacer a Benito Antonio Martínez Ocasio. Lejos de optar por una estética neutra o globalizada, el artista eligió mostrar de dónde viene, poniendo la cultura caribeña en el centro del evento televisivo más visto del mundo.
La actuación estuvo acompañada por colaboraciones de alto nivel. Lady Gaga y Ricky Martin se sumaron al espectáculo, aportando diferentes generaciones y estilos a una propuesta que celebró la diversidad latina. Especialmente emotiva fue la interpretación de “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, una canción cargada de simbolismo y crítica, que resonó con fuerza en un estadio acostumbrado a espectáculos más neutros y despolitizados.
El cierre fue contundente. Bad Bunny se dirigió al público en inglés para pedir que “Dios bendiga a América”, ampliando el concepto más allá de Estados Unidos y mencionando al norte, centro y sur del continente. Mientras decenas de bailarines ondeaban banderas, el mensaje fue claro: unidad, dignidad y humanidad compartida.
Como era de esperar, el impacto del espectáculo no fue solo artístico. La actuación provocó una dura reacción del presidente estadounidense Donald Trump, quien calificó el show como “una bofetada” para el país y lo tachó de inapropiado. Sus palabras, cargadas de desprecio hacia el idioma y el mensaje del artista, evidenciaron la fractura cultural que el propio espectáculo puso sobre la mesa, según Europa Press.
Bad Bunny ya había sido crítico en otras ocasiones con las políticas migratorias y los discursos deshumanizantes. En los Grammy, su mensaje fue claro: “No somos animales, somos humanos y americanos”. La Super Bowl amplificó esa idea a una escala global.
Más allá de las críticas, el descanso dejó una certeza difícil de ignorar. Bad Bunny no buscó agradar a todos. Buscó ser fiel a sí mismo. Y en ese gesto, convirtió el mayor escaparate del deporte estadounidense en un altavoz para millones de personas que, por una vez, se vieron reflejadas en el centro del escenario.