Madrid, enero de 1977. La ciudad olía a cambio… y a pólvora. La dictadura franquista había muerto en los papeles, pero no en la calle. En bares y universidades se hablaba de democracia. En los cuarteles y en los grupos de ultras se hablaba de «traición». Durante días la violencia fue subiendo como la fiebre.
El 23 de enero, un pistolero de extrema derecha disparó por la espalda a un joven manifestante que pedía amnistía.
Al día siguiente, en otra protesta, una pelota de goma mató a una estudiante.
Madrid estaba tenso. La Transición caminaba con los nudillos apretados. Y entonces, llegó la noche del 24 de enero.
Madrid no olvida esa escalera. La del número 55 de la calle Atocha. Una escalera estrecha, con olor a tabaco y papeles, por la que subían obreros a pedir ayuda legal y bajaban con la sensación de no estar solos. Aquella noche, esa escalera se convirtió en un pasillo hacia la muerte. No fue un arrebato. Fue una ejecución a sangre fría.
Tres hombres armados entraron en el despacho laborista a las 22:30 horas y ordenaron a los presentes que se colocaran contra la pared. Nadie gritó. Nadie corrió. Pensaron que se trataba de una intimidación más, otra de tantas en aquellos meses de Transición incierta. Se equivocaron. Dispararon a quemarropa.
Murieron cinco personas: cuatro abogados y un sindicalista. Gente joven. Preparada. Comprometida. Gente que defendía a los trabajadores cuando hacerlo era peligroso. Los nombres importan porque eran vidas reales.
Francisco Javier Sauquillo, el más conocido, había renunciado a su carrera para defender derechos laborales.
Enrique Valdelvira, reservado, metódico, era el que siempre se quedaba hasta el final revisando expedientes.
Luis Javier Benavides tenía fama de conciliador. Prefería acuerdos antes que juicios eternos.
Serafín Holgado, estudiante de Derecho, había ido esa tarde al despacho solo a «echar una mano».
Y Ángel Rodríguez Leal, sindicalista, era el que hablaba claro y sin miedo.
Cuatro personas más quedaron gravemente heridas. Ninguno llevaba escolta. Ninguno se creía héroe. Solo hacían su trabajo.
Aquella noche no les buscaban a ellos. Buscaban a otro. Querían a un dirigente de Comisiones Obreras que no estaba en el despacho. Y como no lo encontraron, descargaron su frustración con quienes sí estaban. Eso convirtió la la masacre de Atocha en algo mucho más cruel: no fue solo ideología. Fue rabia, cobardía y venganza.
Los asesinos eran militantes de Falange, Fuerza Nueva y el viejo sindicalismo franquista. Gente que no aceptaba la democracia, que hablaba de «limpiar España» y que veía a los abogados laboristas como enemigos.
El comando estaba formado, entre otros, por: Carlos García Juliá, José Fernández Cerrá y Francisco Albadalejo.
Algunos huyeron después del crimen. Otros se escondieron. Pero la presión social obligó al Estado a actuar.
Al día siguiente, Madrid caminó en silencio. Cien mil personas acompañaron los féretros sin consignas, sin pancartas, sin disturbios. Solo pasos y claveles rojos.
La izquierda que llevaba décadas sin poder manifestarse libremente, decidió guardar silencio en vez de sed de venganza. Y ese silencio hizo más por la democracia que cien mil discursos y proclamas.
Pocos días después, el Gobierno de Adolfo Suárez entendió que ya no se podía frenar lo inevitable. La legalización del Partido Comunista y el avance real de la Transición llegaron empujados por ese dolor colectivo. Atocha no fue solo un crimen. Fue un punto de no retorno.
Durante semanas, en el despacho vacío siguieron llegando cartas. Obreros que no sabían que los abogados habían muerto. Gente que pedía ayuda, consejos, representación.
Las cartas se apilaban en el suelo. Nadie se atrevía a tirarlas. Porque cada sobre era una vida que había confiado en ellos.
Hoy hay un monumento en la madrileña Plaza de Antón Martín: ‘El abrazo’. Pero el verdadero homenaje está en otra parte: en cada derecho laboral, en cada huelga legal, en cada persona que entra a un juzgado son miedo.
Atocha nos recuerda que la Democracia no llegó sola. Llegó con muertos. Y por eso no se honra con discursos. Se honra con memoria.