Arooj y Aneesa viajaron engañadas hacia un destino fatal: su propia muerte

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Arooj y Aneesa y al lado, los familiares que participaron en su muerte detenidos. Foto Zona Cero

Arooj y Aneesa fueron rebeldes contra una causa común que desafiaba totalmente la autoridad del sistema patriarcal y caduco que imperaba en su cultura pakistaní. Se rebelaron contra sus propios maridos porque las casaron en contra de su voluntad —con quienes las habían casado unos años antes— y que tampoco les harían caso a su hermano, que las quería viviendo en Pakistán, informa diario El País. Ellas deseaban divorciarse de esos esposos forzados y volver a vivir y rehacer sus vidas con sus novios de Barcelona.

Las hermanas, cansadas de obedecer las órdenes de un padre intolerante, y de Shehryar el hermano con mucho carácter que no las dejaba en paz y que las vigilaba constantemente. Obligadas las chicas se fueron de Terrasa donde vivián y comenzaron una nueva vida. Pero con engaños planeados por su propia familia consiguieron que fueran a Pakistan, un viaje de ida que no tendría retorno, porque la muerte las estaba esperando a las dos.

No sobrevivieron ni un día en su tierra. Tras ponerles un pañuelo en la cabeza las asesinaron vilmente mientras dormían con un disparo en la cabeza de dos inocentes que solo clamaron por su libertad hasta el último minuto de sus vidas.

La muerte forzada de Arooj y Aneesa ha desenterrado la realidad de los matrimonios concertados, el aislamiento que sufren muchas paquistaníes en los procesos migratorios, la persistencia de los llamados “crímenes de honor”, de los que solo en Pakistán fueron víctimas casi medio millar de mujeres el año pasado, y que a menudo cometen los familiares más cercanos, informa El País.

Según las investigaciones abiertas en paralelo por la policía de Gujrat —el distrito oriental del que procede la mayoría de paquistaníes instalados en Cataluña— y por los Mossos d’Esquadra, el mayor Shehryar, fue clave en la planificación del fatídico viaje y en la consumación de un doble crimen que fue arropado por toda una familia. Seis personas están encarceladas, incluidos los dos maridos y dos hermanos de las víctimas.

“Los hermanos adoptan ese papel de guardaespaldas, a menudo por delegación del padre, y es la familia más directa de la chica la que acaba cometiendo el asesinato”, cuentan los jóvenes Komar y Rubia Naz. Ambos llegaron también desde el Gujrat a Cataluña, donde han fundado una asociación (Pakmir) para integrar a las mujeres de ese país en el tejido económico, social y cultural. Recuerdan el caso de Sana Chima, de 26 años, que conmocionó a Italia en 2018. La mujer, que tenía la nacionalidad italiana, se negó a casarse con un familiar en Pakistán y acabó asesinada a manos de su hermano, su padre y su tío, aunque todos ellos fueron absueltos.

Aisladas de todo

La biografía de dos hermanas que vivieron prácticamente aisladas sigue en la penumbra. EL PAÍS ha conversado con personas que las conocieron y con investigadores del caso en Espaa y en Pakistán para tratar de reconstruir la trayectoria de los Abbas.

La familia procede del distrito de Gujrat, en la provincia del Punjab. Ghulam Abbas, el padre, y Azra Bibi, la madre — que presenció el doble asesinato y trató de evitarlo tuvieron seis hijos. Hace 13 años, Ghulam dejo a la familia y se trasladó, como tantos compatriotas, a Cataluña, sin papeles, pero con la idea de prosperar y volver a reunir poco a poco a los suyos. La tragedia les hizo una primera visita con la muerte del primogénito, Haroon, a los 18 años, tras caer a un canal de agua durante una excursión con sus primos.

Aneesa y Shehryar fueron los primeros en llegar, como menores de edad, por reagrupación familiar: Ghulam había logrado entretanto la residencia y trabajaba en una tienda de alimentación  de Terrassa y vendiendo flores en restaurantes de Barcelona. “Los dos hermanos estaban muy unidos, él tenía una fijación por ella”, cuenta un familiar bajo condición de anonimato. Más tarde se unieron al domicilio familiar Arooj, Asfandyar (también encarcelado en Pakistán por participar en el complot) y la madre.

Arooj vino con marido de Pakistán: la familia la había casado con Hassan Aurangzaib, un primo suyo con el que convivió año y medio, que se quedó en Pakistán. No tuvieron hijos. Si aquel fue un matrimonio concertado —práctica habitual y aceptada en amplias regiones del sudeste asiático— o un matrimonio forzado —mediante coacciones—, se ignora. Tiempo después, la familia repitió el procedimiento y, cuando Aneesa cumplió los 18, la casaron con otro primo, Atiq. Del enlace queda una fotografía de las dos hermanas difundida por la policía, en la que se ve a Aneesa medio sonriente, ataviada con un vestido tradicional rojo (la lehenga) y luciendo velo y ornamentos, como un pendiente en la nariz típicamente punjabí. “No estaban muy contentas… Pero tampoco es que estuvieran amargadas con eso. Total, estaban muy lejos de los maridos”, explica la misma fuente. Desde 2015, los cuerpos policiales han detectado una treintena de matrimonios forzados, según el Ministerio del Interior; la mitad, en Cataluña.

En España, las chicas pasaron una fase inicial de cierto aislamiento. No estudiaban ni tenían relaciones sociales. Aneesa pasaba parte del día ayudando en el colmado donde trabajaba su padre, a cinco minutos a pie de casa, pero más bien perdía el tiempo con el móvil. “Estaba todo el día hablando, parecía que había puesto una emisora de radio en el local”, recuerda Ulfad R. propietario del establecimiento y jefe de Ghulam. “Yo le decía a ella, delante del padre: ‘Para ti, España es una cárcel, levantarte, trabajar, e ir a casa’. Ella decía que sí”.

Querían vivir solas, fuera del alcance e influencia familiar, y adecuarse a los modos de vida occidental

Ghulam estaba muy disgustado. El comportamiento de Aneesa era una afrenta. La situación se volvió insoportable cuando su hija, casada, empezó a salir con un chico, también paquistaní, en Barcelona. Shehryar, un amante del voleibol que cuidaba su melena hasta el extremo, fue el encargado de tratar de restablecer el orden con una iniciativa que fue un oscuro presagio del doble crimen. El hermano apuñaló al chico en plena calle en el casco antiguo, un hecho por el cual le constan antecedentes policiales. Había que cortar por lo sano o, de lo contrario —esa era la preocupación del padre— Shehryar, que también trabajaba en una tienda de alimentación, acabaría matando a alguien.

Los investigadores de los Mossos que han participado en los interrogatorios a familiares concluyen que, con el tiempo y pese a su forzado aislamiento, Arooj y Aneesa descubrieron que había otras formas de vida. Ulfad cuenta una anécdota. Una noche él y su esposa se llevaron a la más pequeña —“con permiso del padre”— a una cena con fiesta en un restaurante. “Estábamos separados por sexos. Mi mujer me llamó para decirme que Aneesa estaba dando su teléfono a todos los chicos y pidiéndoles que la llamaran”. Más tarde, empezó a escaparse de casa y una noche el jefe fue a buscarla. “Ese día, por primera vez la vi vestida de occidental. Intenté mediar para que volviera, le dije que le buscaría un trabajo lejos del padre. Me dijo: ‘No quiero vivir con mi padre ni que me pregunte a qué hora vengo o qué hago. Quiero vivir sola. Quiero libertad de todo”.

Hace más o menos un año, aseguran familiares y amigos, Aneesa se fue de casa cansada de estar sometidas a las presiones. Y hace unos seis meses, se le unió Arooj, que según las mismas fuentes también había iniciado una relación sentimental con otro chico. “Desde el momento en que se van, para mí están muertas”, declaró Ghulam ante los Mossos el martes, cuando fue interrogado, en unas palabras inequívocas de repudio.

La vida en Pakistán les quedaba cada vez más lejos y la idea de traer a sus maridos a España se les hacía intolerable. Aunque no tenían la nacionalidad española, las hermanas sí disponían de un permiso de residencia de larga duración, lo que les hubiese permitido iniciar los trámites para la reagrupación familiar. No era algo sencillo, explica la abogada de extranjería Olga Hernández, porque “deben darse una serie de requisitos”, como disponer de una vivienda adecuada o un sueldo suficiente. Para enfado de los parientes, Arooj y Aneesa no iniciaron ese lento proceso.

Ante el disgusto del padre —que mentía a sus conocidos y afirmaba que todo iba bien con sus hijas y que estaban “en casa”— y el creciente malestar de la familia política, Shehryar tomó de nuevo el mando. Y ahí empezó la cadena de sucesos que condujo al desenlace trágico.

En marzo, Shehryar se llevó a su madre y a dos hermanos (Asfandyar y el más pequeño, Fakhar, de 13 años) de viaje a Pakistán, mientras el padre se quedaba en Terrassa, trabajando como siempre. Lo habían hecho otras veces. Los familiares aislaron a la madre —que volverá a Terrassa en unos días tras una operación de rescate— para que no pudiera contactar con sus hijas, con las que sí mantenía el vínculo. Shehryar y los parientes aprovecharon esa circunstancia para lanzar el señuelo: el joven alertó a sus hermanas de que estaba gravemente enferma. Según las pruebas testificales tomadas hasta ahora, fue así como logró que compraran dos billetes y, el 19 de mayo, aterrizaran en Pakistán. Conocidos de las chicas lo ponen en duda. “Aneesa era demasiado lista para eso. Sabían, o intuían, lo que les podía pasar si viajaban”.

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